Una década de pistas silenciosas en la sangre: lo que la ciencia empieza a descubrir sobre el intestino que se enferma antes de avisar
Un equipo internacional detectó anticuerpos anómalos en personas que años después desarrollarían Crohn o colitis ulcerosa. La investigación todavía no permite anticipar quién va a enfermarse, pero cambia el mapa de lo que sabíamos hasta hoy.
Me lo contó una vecina del quinto, Olga, de 52 años, mientras esperábamos el ascensor y ella se acomodaba la bufanda con una mano y con la otra sostenía el tubo de omeprazol como si fuera un termómetro. Hace siete años que convive con la colitis ulcerosa y todavía recuerda, casi con culpa, todas las veces que fue al médico por cansancio, por digestiones raras, por un dolor bajo que aparecía y se iba, hasta que un día, sin aviso, el método llegó con el diagnóstico. Yo le dije que no se culpara: si hasta ahora la medicina tampoco había podido ver lo que pasaba adentro mucho antes, cómo le iban a exigir a ella que lo hubiera adivinado. La noticia que voy a tomar hoy, justamente, va de eso, de un mapa nuevo que la ciencia empieza a dibujar sobre lo que pasa en la sangre hasta una década antes de que el cuerpo avise.
La enfermedad inflamatoria intestinal, esa sigla enorme que los médicos escriben como EII y que engloba sobre todo a la enfermedad de Crohn y a la colitis ulcerosa, es una de esas dolencias que llegan cuando la inflamación ya está instalada y el aparato digestivo lleva tiempo soportando un incendio silencioso. Produce dolor abdominal, diarrea, fatiga, pérdida de peso, y a veces complicaciones que obligan a cirugías o a convivir durante años con tratamientos pesados. En la práctica, el diagnóstico suele caer cuando la pared del intestino ya viene sufriendo hace rato, y esa demora es una de las quejas más frecuentes de los pacientes: uno, esa otra sede, la del cuerpo, llega tarde a la consulta.
Una biblioteca de 357 mil fragmentos para leer la sangre
Lo que acaban de publicar en la revista Gut y presentaron en la reunión de la Sociedad Europea Unida de Gastroenterología es, en criollo, un trabajo de paciencia. Los investigadores juntaron dos mil muestras de suero tomadas a lo largo de varios años a 500 personas, todas sanas al momento de la extracción. Con el correr del tiempo, doscientos participantes desarrollaron enfermedad de Crohn, otros doscientos fueron diagnosticados con colitis ulcerosa y cien permanecieron sanos como grupo de comparación. Para leer cada muestra usaron un método llamado PhIP-Seq, que funciona como un detector de anticuerpos capaz de rastrear respuestas contra 357.000 fragmentos de proteínas de bacterias, virus, alimentos y hasta componentes del propio organismo. Una biblioteca inmensa para una pregunta enorme: qué estaba haciendo el sistema inmunitario años antes de que el intestino empezara a gritar.
- En quienes después desarrollaron Crohn detectaron más anticuerpos contra el virus de Epstein-Barr hasta diez años antes del diagnóstico.
- También aparecieron anticuerpos elevados contra flagelinas, moléculas que tienen algunos microbios, sobre todo en quienes después tuvieron formas complicadas o con compromiso del final del intestino delgado.
- En quienes después desarrollaron colitis ulcerosa, el perfil fue distinto: hubo respuestas contra microorganismos y virus, sumadas a autoanticuerpos, entre ellos uno dirigido contra la proteína MADD, ligada a procesos inflamatorios.
- En ambos grupos se vio que la variabilidad de anticuerpos empezó a crecer unos cuatro años antes del diagnóstico, como si el sistema inmune empezara a reorganizarse en silencio.
Qué quiere decir esto para Olga y para todos los que todavía no lo saben
Acá viene la aclaración que los propios investigadores se encargan de hacer y que a mí me parece la más honesta: los datos no prueban que una infección cause la enfermedad. Lo que dicen es que ciertos cambios inmunitarios están presentes mucho antes de que aparezca el primer síntoma. Dicho en lenguaje de la esquina, es como si el cuerpo, en su idioma de anticuerpos, viniera dejando pistas en la sangre desde mucho antes de que la panza empiece a doler. Todavía no alcanza para predecir quién se va a enfermar, pero abre una línea de investigación hacia la detección temprana, que es la llave que durante décadas estuvo faltando en el consultorio clínico de la gastroenterología.
Lo que a Olga más le importó cuando le conté el estudio, mientras subíamos juntos en el ascensor que otra vez se que frenó, que frenó, fue otra cosa. Me dijo, mientras se acomodaba el pelo detrás de la oreja y me miraba como se mira a alguien que entiende, que ojalá la próxima generación no tenga que esperar años para tener un nombre y un tratamiento. Yo le creí. Le dije que por ahí esa generación es la de sus hijos, y que por primera vez la medicina está mirando para atrás en el tiempo, no solo para adelante. Y mientras las puertas se abrieron en el quinto piso, pensé que a veces las buenas noticias no llegan con bombos, sino con un paper leído despacio, un ascensor que se detiene y una vecina de 52 años que por fin siente que su historia no fue culpa de nadie, sino de un cuerpo que durante años estuvo hablando en un idioma que recién ahora empezamos a traducir. Podes contarme más sobre lo que el paper encontró en la colitis ulcerosa.
