Llegar a los 60 sintiéndose rodeado y, sin embargo, completamente solo: el laberinto invisible de los que siempre cuidaron a los demás
La psicología clínica advierte sobre un perfil paradójico y cada vez más frecuente: personas socialmente activas, queridas y competentes que descubren, entrada la madurez, que sus vínculos fueron casi siempre funcionales. Reversión, dicen los especialistas, es posible si se empieza a tiempo.
A Ana, vecina de Wilde, de 58 años, la conocí una mañana de sábado mientras hacía cola en la verdulería del barrio. Me contó, casi al pasar, que acababa de pasar una semana internada por una descompensación de presión y que, del teléfono de toda la vida, no sonó nadie. "Tengo muchos conocidos —me dijo, mientras elegía unas naranjas con esa parsimonia que tienen las personas acostumbradas a ocuparse de todo—, pero cuando me pasó esto me di cuenta de que las llamadas eran porque yo siempre las hacía primero". Ana no es una persona aislada. Tiene hijos, hermanos, amigas de la secundaria, compinches del club de barrio. Pero esa semana, según me confiesa, se sintió tan sola como si viviera en una isla. "Y eso —remata, mirándome con una media sonrisa— no se lo deseo a nadie".
La historia de Ana no es rara ni excepcional. Es, de hecho, una de las más escuchadas en los consultorios de psicología clínica de adultos en esta última década, y la que retrata con bastante precisión un fenómeno que los especialistas empezaron a describir con un nombre que todavía suena técnico pero que describe una experiencia profundamente humana: el cuidado compulsivo, una manera de habitar el mundo y a los otros desde la fortaleza, la disponibilidad y la resolución permanente de los problemas ajenos, casi siempre a costa de los propios.
Un perfil que nadie elige y que pocos detectan a tiempo
A primera vista, estas personas no tienen nada que llame la atención desde el punto de vista social. Suelen ser, por el contrario, individuos competentes, con buen humor, generosos, con extensa participación en comunidades, clubes, iglesias, vecindarios o grupos de WhatsApp que revientan de actividad. Se los ve siempre listos para resolver, para escuchar, para mediar en un conflicto familiar, para alcanzar un consejo oportuno, para tender una mano práctica cuando la situación lo requiere. Sin embargo, al cruzar la línea de los 60 —o en algunas ocasiones bastante antes, apenas se jubilan, se separan, pierden un trabajo o se mudan—, muchos descubren con estupor que gran parte de aquellos vínculos no se sostenían en el cariño o en el afecto recíproco, sino en la utilidad concreta que ellos aportaban: el contacto laboral, el favor resuelto, la palabra justa en el momento indicado, la capacidad infinita de dar sin pedir. Cuando esa utilidad deja de existir, la red de pronto se afina, se diluye, se corre como arena entre los dedos.
En términos más llanos: hay gente que toda la vida fue el motor del grupo y que, llegada la hora de su propio agotamiento, se encuentra con que los demás nunca aprendieron a preguntarles cómo estaban. Esa asimetría no es nueva, pero la psicología clínica empezó a prestarle atención porque la consulta se repite. No es un detalle menor: tiene que ver, en el fondo, con cómo se construyen los lazos y con qué lugar se ocupa dentro de ellos.
Por qué cuesta tanto pedir ayuda cuando uno fue siempre el que la daba
Hay, además, un segundo fenómeno que actúa como llave de cierre del laberinto: la enorme dificultad que estas personas tienen para pedir ayuda. Quien durante años construyó su identidad en torno a la fortaleza suele asociar el acto de pedir con una amenaza a su propia valía, con una suerte de confesión de debilidad que prefieren evitar. Mostrarse vulnerables les resulta francamente incómodo, contradictorio, casi ajeno. Y entonces, aun cuando tienen a alguien cerca, atraviesan sus crisis —enfermedades, duelos, miedos, incertidumbres— en silencio, en soledad, con esa terquedad orgullosa que muchas veces confunde el entorno, que interpreta el silencio como bienestar.
Lo que la psicología propone no es dejar de cuidar, ojo, porque sería un error grueso plantearlo así. Cuidar no es el problema, ni mucho menos la causa de la soledad. Lo que se vuelve necesario revisar es la asimetría: por un lado, qué vínculos se sostienen exclusivamente por la utilidad que uno aporta; por el otro, la propia capacidad de comunicar necesidades sin esperar que los demás las adivinen, como si fuera una adivinanza obligada. Comunicar, insistir, repetir, mostrar sin miedo. Es un trabajo de hormiga, paciente, que da mejores resultados cuanto antes se empieza.
“Los vínculos construidos casi exclusivamente sobre la función colapsan cuando el contexto cambia. La reciprocidad, en cambio, genera lazos que sobreviven a esas transiciones.”Investigaciones sobre dinámica de grupos humanos, entre ellas las del MIT
- Identificar los vínculos que sobreviven más allá de la utilidad concreta: ¿quiénes siguen cerca cuando uno no puede resolver nada?
- Practicar la reciprocidad en los gestos pequeños: devolver llamados, ofrecer escucha, aceptar invitaciones y no solo ser anfitrión.
- Pedir ayuda como un acto de entrenamiento: empezar por lo cotidiano, antes de que llegue una crisis que obligue a hacerlo sin red.
- Revisar el propio relato interno: pedir no es perder estatus ni volverse una carga; es, en realidad, el primer paso para tejer lazos más sólidos.
- Acompañar el proceso con un profesional cuando el silencio propio se volvió costumbre: no hace falta estar roto para hacer terapia, a veces alcanza con sentir que es hora de mirarse.
Vuelvo a Ana, que es como empecé, porque me parece la mejor manera de cerrar esta nota. Aquella mañana, en la verdulería, después de contarme su semana en blanco, me dijo algo que me quedó dando vueltas: "Toda la vida pensé que tener gente era lo mismo que tener vínculos. Y resulta que no". Hay una palabra en guaraní, jeporeka, que se usa mucho en el litoral para nombrar a quien se las arregla solo, sin molestar. Por ahí, durante décadas, Ana —y muchos como ella— fueron jeporeka perfectos. Aprendieron a ser fuertes para los demás, a no pedir, a no mostrar fisuras. Lo que la psicología clínica viene a decir, con evidencia y con la escucha de miles de consultorios, es que a los 60 todavía hay tiempo de aprender la otra parte: pedir, recibir, dejarse querer. Que la soledad no es destino, sino un patrón, y que los patrones —con trabajo, con tiempo, con voluntad— se pueden desarmar. Como me dijo ella al despedirse, ya en la vereda, con la bolsa de naranjas en la mano y una sonrisa más entera que la del principio: "Ahora que lo pienso, lo más urgente que tengo no es la jubilación, es aprender a llamar y a que me llamen". Una verdad enorme, contenida en una bolsa de mandados. Como casi siempre.
