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Lunes, 12 de octubre de 2026
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"El Castillo": los guionistas revelan por qué eligieron un final que no cierra la herida

Isabel Peña y Eduardo Villanueva, la dupla detrás de la miniserie que adapta "El proxeneta" de Mabel Lozano, cuentan cómo evitaron la romantización de la trata y por qué el último plano duele tanto como interpela.

Por Aníbal BenítezCultura y espectáculos · · hace 2 h
"El Castillo": los guionistas revelan por qué eligieron un final que no cierra la herida

Tengo que confesarles algo, amigos: cuando terminé el sexto episodio de "El Castillo" me quedé un rato largo mirando el techo, con esa sensación que deja una historia cuando uno intuye que todavía no terminó de cerrarse. Y eso, lejos de ser un reproche, me parece una de las grandes virtudes de esta miniserie que adapta el libro de no ficción de Mabel Lozano, "El proxeneta". Fui a buscar las palabras de quienes escribieron cada uno de esos planos: Isabel Peña y Eduardo Villanueva, la misma dupla que ya nos había sacudido con "Antidisturbios", y a los que muchos conocen por sus apellidos en los créditos, pero que en el rodaje los muchachos del equipo empezaron a llamar cariñosamente "Isabel y Eduardo, los que no duermen".

La conversación con ambos guionistas deja en claro que cada decisión narrativa fue una decisión ética. Como me dijo Peña en una de esas frases largas que me gusta recordarles, desde el primer borrador se propusieron evitar dos trampas que suelen caer sobre este tipo de relatos: la glamourización de las víctimas y la romantización de los victimarios. "No queríamos que las mujeres fueran una informe masa de víctimas y de cuerpos perfectos", sostuvo la guionista, una frase que a mí, que vengo siguiendo el tema desde aquellos reportajes que Mabel Lozano publicó allá por los noventa, me pareció la llave de entrada a toda la serie.

El final que incomoda y por qué lo eligieron así

Villanueva lo explicó con una claridad meridiana: "La serie habla de un sistema, y el sistema está por encima de los individuos y de las cosas concretas que sucedan". Por eso, querido lector, el cierre nos muestra al personaje al que apodan el Suizo continuando con su actividad, en una escena que evoca el comienzo de la historia. "Había una cosa de querer contar que esto ha pasado, pasa y va a seguir pasando", agregó Eduardo, a quien en el estudio cariñosamente le decimos "Edu, el que mide las frases con balanza". Me quedo pensando en aquella vieja letra de un chamamé que dice que el río sigue corriendo aunque cambien los nombres de quienes se bañan en él, y me parece que esa imagen le cabe justo a este final.

“No queríamos que las mujeres fueran una informe masa de víctimas y de cuerpos perfectos.”Isabel Peña, guionista

Qué pasa con Claudia y con los investigadores

El arco de Claudia, a quien Valentina Vidal le pone el cuerpo y la mirada en cada escena, también mereció una reflexión aparte. Peña aclaró que, aunque no hay un final feliz en sentido convencional, sí existe una salida concreta para ella: la posibilidad de permanecer legalmente en el país y ganarse la vida. "Claudia ha conseguido lo que se ha propuesto y lo que en este momento también se ha ganado", dijo Isabel, y a mí esa frase me sonó a esos pagos de deuda que uno celebra en silencio, sin champagne pero con un alivio enorme.

Los investigadores interpretados por Omar Ayuso y Laia Marull, esos dos actores a los que el público ya quiere como si fueran de la familia, también tienen un cierre que no es optimista pero sí transformador. Cada uno vuelve a su lugar habitual, pero tanto Claudia como el Suizo les cambiaron la mirada, según las propias palabras de Peña. Me permito recordarle a quien nos lee que esta dupla de guionistas viene de contar historias donde la frontera entre lo legal y lo ilegal era siempre porosa, y acá vuelven a poner el dedo en esa llaga, sin golpes bajos.

  • Porque el tema exige hablar de un sistema que sigue funcionando más allá de los individuos.
  • Porque mostrar al Suizo activo replica el círculo que se repite en cada investigación real.
  • Porque Claudia obtiene una salida concreta, no un final feliz de manual.
  • Porque los investigadores transforman su mirada aunque regresen a sus rutinas.
  • Porque el libro de Mabel Lozano ya advertía que la trata no se resuelve con un epílogo tranquilizador.

Antes de irme, quiero compartir con ustedes la recomendación de la semana, en primera persona como siempre me gusta hacer: si todavía no vieron "El Castillo", agenden una noche y dévorenla de corrido, con la misma hambre con la que uno lee las crónicas de Mabel Lozano. Y si ya la vieron, vuelvan a la primera escena después del último plano: les prometo que algo nuevo van a encontrar. Yo, mientras tanto, me quedo tarareando ese chamamé que dice que las historias grandes no se terminan cuando bajan el telón, sino cuando uno las cuenta en la mesa, y "El Castillo" ya está en la mía.

AB
Aníbal BenítezCultura y espectáculos

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