La cena que Wilde se animó a reescribir: otra vez "Sentimental", pero esta vez con sus propias reglas
Les tengo que confesar algo antes de arrancar: soy de los que todavía se sientan a la mesa y se quedan hasta que se corta la última rodaja de pan, así que cuando me cuentan de una película que pasa entera en una cena, ya me tienen a mitad de camino. Y si encima la cena termina mal, peor (o mejor, depende desde dónde se mire). "La invitación", la versión que Olivia Wilde firma sobre el libreto de "Sentimental" que Cesc Gay escribió hace casi un cuarto de siglo, arranca exactamente igual que su antecesora: una pareja acepta una invitación a cenar con vecinos que apenas conoce y, mientras los platos se suceden y el vino baja, las facturas pendientes del matrimonio empiezan a caer sobre el mantel. La diferencia es que esta vez, la directora no se conforma con reproducir el convite: lo cocina de nuevo, lo deja reposar más tiempo y le cambia el condimento final.
El material reconoce algo que vale la pena repetir: la estructura argumental se respeta al pie de la letra. Aparece el músico frustrado que se entera tarde de los planes, aparece la vecina que se planta desnuda frente a la ventana como si nada, aparece la sesión improvisada con la psicóloga, aparece hasta el timbre del departamento que suena en el momento menos pensado. Quien haya visto la original va a reconocer cada uno de esos mojones como si fueran mojones de una misma ruta. Lo que cambia es el vehículo: la cámara de Wilde se mueve con una libertad que el original, más teatral y contenido, ni siquiera intentaba. Los actores tienen espacio físico para deambular, cruzarse, esquivarse, y eso, que parece un detalle, termina siendo la primera pista de que acá se está contando otra cosa.
Personajes con biografía, no sólo con ocurrencias
Porque el verdadero trabajo de Wilde está en los personajes y no en la trama. Su propio papel, el de la mujer de la pareja protagonista, gana una historia que el libreto original apenas sugería: hay referencias a una carrera artística que se abandonó, hay gestos cotidianos —la manera en que acomoda una silla, en que mira el teléfono que no suena, en que sirve el vino con más cuidado del necesario— que terminan de dibujar un carácter completo. Edward Norton, que en la versión de Gay quedaba casi como un partenaire simpático, recibe acá un pasado que explica por qué se muestra tan despreocupado frente a todo, y eso cambia la manera en que uno lo mira cuando reaparece en la escena siguiente. No son retoques cosméticos: son decisiones que le dan a cada uno un espesor que antes no tenía.
Y acá viene el primer quiebre fuerte, el que el propio material señala como el más significativo. Cuando se revela que la pareja que forman Norton y Penélope Cruz lleva adelante una relación poliamorosa, el personaje que interpreta Seth Rogen no reacciona con el rechazo casi airado que mostraba el filme original. Reacciona con curiosidad mezclada con una inseguridad que se le nota en los ojos antes que en las palabras. Es un cambio chico en la forma y enorme en el fondo: la fractura del matrimonio protagonista deja de ser un escándalo ajeno y se vuelve una pregunta íntima que el espectador se lleva puesta a la salida del cine.
El cierre que ya no cierra
- La comedia cede el lugar a un drama más reflexivo en el tramo final, sin pedir permiso.
- El sexo aparentemente reconciliador del original se reemplaza por una imagen más discreta y más elocuente.
- Rogen retoma el piano que había dejado abandonado y Wilde se sienta a tocar junto a él.
- La escena es emocionalmente más cargada y, al mismo tiempo, deliberadamente ambigua sobre lo que significa para los dos.
- El final deja al espectador con la sensación de haber asistido a algo íntimo, más que a un remate ingenioso.
Yo de ustedes me quedo con esa última imagen, porque es justo donde se nota la firma de Wilde. Donde Cesc Gay cerraba con un guiño casi de astracán, un encuentro carnal que parecía arreglarlo todo, la directora elige un piano, una melodía compartida y un silencio que dice más que cualquier diálogo. Es un final más cargado, sí, pero también más honesto: no les resuelve la noche a los protagonistas y, por eso mismo, no se la resuelve al espectador. Les deja la duda como quien deja servida una última copa, esperando que uno la tome o no, según le salga. Y a mí, que soy de los que se quedan hasta que se corta el pan, esa manera de cerrar la mesa me parece un hallazgo. Si todavía no la vieron, dense el gusto: pasen por el cine, pidan la mejor butaca y déjense llevar por esta cena que termina, como debe ser, cuando uno decide levantarse.
