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Jueves, 8 de octubre de 2026
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Una película cubana que se atreve a mirar la Revolución desde un sillón

A medio siglo de su estreno, la obra de Tomás Gutiérrez Alea sigue incomodando por su retrato de un intelectual que se queda en La Habana sin una causa clara que justifique su elección.

Por Aníbal BenítezCultura y espectáculos · · hace 4 d
Una película cubana que se atreve a mirar la Revolución desde un sillón

Ay, camperaíta, no llores, que el chamamé lo canta uno cuando el alma se pone melancólica y el tiempo pasa sin permiso, y eso es exactamente lo que me pasa cada vez que vuelvo sobre esta película del ochino que Tomás Gutiérrez Alea filmó en La Habana, porque la historia de Sergio, ese escritor al que le da lo mismo quedarse que irse, se repite en cada esquina de este país que también se quedó muchas veces sin saber bien por qué. Les confieso, querido lector, que en este rincón de la pantalla me siento como en casa cada vez que un film se atreve a mostrar a un protagonista sin épica, sin bandera, sin discurso grandilocuente, y por eso hoy quiero convidarlos con esta vieja y querida película que, créanme, tiene más para dar de lo que aparenta.

La trama arranca con una decisión aparentemente simple y sin embargo decisiva: Sergio, el personaje central, un hombre habituado a los hoteles, a los trajes bien cortados y a las mujeres que se dejan moldear, decide quedarse en Cuba cuando su familia se sube al avión rumbo a Miami. Y ojo, no lo mueve una idea política ni un compromiso con la Revolución, lo mueve algo más parecido al aburrimiento, a esa pereza del alma que también conozco yo cuando el domingo a la tarde no me dan ganas de moverme del sillón. Esa elección, casi por descarte, es la que organiza todo el relato, porque lo que vemos después es a un testigo incómodo de los cambios sociales que atraviesa el país, un tipo que mira más de lo que actúa y que registra, con una mezcla de distancia y de curiosidad, cómo la Revolución le cambia la vereda de su casa sin pedirle permiso.

Un personaje que se queda sin causa aparente

Lo más interesante del film, a mi modo de ver, es que Alea no condena a Sergio ni lo convierte en héroe. Lo observa. Lo deja caminar por La Habana, asistir a reuniones, mirar escaparates, seducir a una joven, conversar con su vecina, y mientras tanto, en off, va soltando reflexiones sobre el subdesarrollo, sobre la dependencia cultural, sobre las cosas que lo unen y lo separan del pueblo que lo rodea. Esa voz interior, que funciona casi como un diario íntimo leído en voz alta, es la que le pone nombre a lo que el personaje no se anima a decir en voz alta, y por eso uno, acá del otro lado de la pantalla, termina entendiendo a ese hombre aunque no lo comparta, que ya es mucho entender.

Y hay algo que me sigue conmoviendo cada vez que la reviso, y es en esa escena que busca aclarar el vínculo de Sergio con las mujeres que pasan por su vida. No es un galán de película clásica, ojo, es un tipo que quiere reformar a sus parejas, quiere cambiarles el peinado, quiere recomendarles libros, quiere ajustar su manera de hablar, y todo eso, claro está, termina revelando tanto las diferencias que también se daban en la sociedad cubana de la época como las que se dan en cualquier pareja que se cruza en cualquier tiempo. Me parece, estimado lector, que en ese detalle íntimo Alea esconde, sin sospechar, una de las claves más lúcidas del film.

Ficción y archivo: cuando el noticiero entra al relato

Lo que vuelve revolucionaria a esta película, y sin comillas porque estamos hablando de un film de la Revolución, es el uso que el Gordo Alea hace del material de archivo. La historia de Sergio no avanza de manera lineal, no, avanza a los saltos, con idas y vueltas al pasado, con recuerdos que se mezclan con el presente, y en el medio, como quien no quiere la cosa, se cuelan imágenes de noticieros que registran hechos reales, entre ellos la Crisis de los Misiles, que en ochinte sesenta mil setecientos dos puso al mundo al borde del abismo. Esa decisión, la de cruzar ficción con documental dentro del mismo plano, le da al relato una dimensión colectiva que excede por completo la vida privada del protagonista y le pone al espectador, que en este caso somos nosotros, el peso de la historia grande.

  • Decisión personal: quedarse en Cuba cuando la familia se va a Miami, sin una causa política clara.
  • Estructura narrativa: saltos al pasado y recuerdos que se cruzan con el presente del personaje.
  • Material de archivo: imágenes de noticieros que registran hechos reales, como la Crisis de los Misiles.
  • Vínculos íntimos: relaciones sentimentales en las que Sergio busca adaptar a sus parejas a sus propios gustos.
  • Contexto cinematográfico: la película se inscribe en el Tercer Cine, una corriente que vinculó la experimentación con los temas sociales y políticos de América Latina.

Y acá viene la pregunta que me dejó pensando varios días, y que les dejo a ustedes para que la charlemos mientras tomamos unos mates: ¿qué le aporta a una ficción sumar imágenes de hechos reales? Les tiro mi opinión, que es solo eso, una opinión de este periodista que firma Aníbal Benítez, en la sección de Cultura y espectáculos. Me parece que le aporta contexto, le aporta peso histórico, le suma una verosimilitud que no se consigue solo con actores, y al mismo tiempo le recuerda al espectador que la vida privada de cualquier personaje, por más ensimismado que esté, está atravesada por procesos que lo exceden. Esa es, para mí, la lección más vigente que nos deja este film de Tomás Gutiérrez Alea, y por eso se los recomiendo con el mismo cariño con que recomendaría un chamamé de los viejos, de los de antes, de los que todavía se bancan.

AB
Aníbal BenítezCultura y espectáculos

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