Espírito Santo, la otra postal del Sudeste brasileño que no vive a la sombra de Río
Playas serenas, una mole rocosa que cambia de color según el sol y una cocina con identidad propia perfilan al estado como alternativa al litoral masivo. El agroturismo serrano y el café de especialidad completan el cuadro de un destino que se accede desde Argentina con una conexión aérea de menos de una hora desde Río de Janeiro.
Pocas veces una región brasileña queda tan relegada del imaginario turístico argentino como Espírito Santo, y sin embargo pocos estados condensan tanta variedad geográfica en tan poco trecho. Atrapado entre los gigantes Río de Janeiro y Bahía, este territorio del Sudeste ofrece costas sin multitudes, sierras frescas con olor a café recién tostado y una cocina que se empecina en llevar el apellido local antes que cualquier otro. Para el lector que todavía lo asocia apenas con puertos industriales y ciudades administrativas, la invitación es a pensarlo de nuevo.
¿Qué tiene Espírito Santo que lo distingue del resto del litoral brasileño?
La respuesta empieza por la geografía y termina en la mesa. Espírito Santo limita con Bahía, Minas Gerais y Río de Janeiro, tiene como capital a Vitória y deposita en la vecina Vila Velha la mayor parte de la oferta playera. Allí las costas suelen ser amplias, con oleaje moderado y sin la masificación que caracteriza a otros puntos del litoral, una rareza en un país acostumbrado a playas desbordadas. Quienes busquen un litoral amable, con arenas extensas y servicios a tono, encontrarán un panorama muy distinto al de Buzios o al de Arraial do Cabo, por citar dos referencias ineludibles para el viajero argentino.
¿Cómo cambia el paisaje a una hora de la costa?
A apenas sesenta minutos de la zona metropolitana, el termómetro baja y el paisaje se transforma de manera tajante. Aparecen las sierras y, con ellas, una formación rocosa que se ha vuelto emblema regional: la Pedra Azul, un monolito que muda de color a lo largo de la jornada y pasa del verde al azul intenso y de allí a un naranja encendido según la posición del sol. Se trata de un fenómeno óptico, ligado a la refracción de la luz en los minerales de la piedra, y no de una rareza meteorológica, lo que asegura que cada visita entregue una postal diferente sin importar la época del año. En la región serrana los viajeros se cruzan con lavandares, haciendas cafetaleras y productores de quesos, embutidos artesanales y palmitos frescos, y el agroturismo figura como una de las actividades más arraigadas, con recorridos que incluyen degustaciones y venta directa en finca.
¿Qué se come en Espírito Santo y por qué la gastronomía tiene identidad propia?
La cocina capixaba, como se la conoce localmente, defiende su nombre con uñas y dientes. El plato emblema es la moqueca capixaba, una preparación de pescado que se diferencia de la versión bahiana por una decisión deliberada: lleva aceite de palma, ni lleva leche de coco. El resultado, como describe Rafael Granvilla Oliveira, gerente de Promoción y Marketing Turístico del estado, es una preparación ligera y saludable a base de pescado, tomates, cebollas y hierbas naturales, cocinada en cazuela de barro. La omisión de esos dos ingredientes, tan asociados con la cocina afrobrasileña, convierte al plato en una suerte de declaración de principios: aquí se cocina a la capixaba, sin mediaciones ajenas.
¿Cómo se llega desde Argentina y por qué importa ese dato?
La conexión aérea es la ruta más razonable para salir y volver sin gastar vacaciones en el traslado. Desde Buenos Aires se vuela hasta Río de Janeiro o São Paulo y desde allí una conexión hacia el aeropuerto de Vitória: aproximadamente cuarenta y cinco minutos desde Río y algo más de una hora desde São Paulo. Para quienes prefieran la ruta terrestre, la opción es conducir unas ocho horas por la ruta costera desde Río de Janeiro, un viaje largo pero con paisajes que sirven como anticipo de lo que espera al final del camino. Esa accesibilidad relativa, sumada al tipo de cambio favorable para el turista argentino en destinos menos internacionalizados, configura una ecuación que merece una segunda mirada en un calendario de vacaciones.
Lo que está en juego, en definitiva, es la chance de conocer un Brasil que no se agota en el mar turquesa del Nordeste ni en la postal de Río. Espírito Santo no compite con esos emblemas: los complementa con otra cadencia, otra temperatura y otra mesa. Para el lector argentino que ya recorrió varias veces el circuito clásico y busca algo distinto sin sacrificar comodidad, este estado del Sudeste brasileño ofrece una combinación poco frecuente de costa tranquila, sierra fresca y cocina con apellido propio.
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