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Jueves, 15 de octubre de 2026
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El largo brazo de la desesperanza: el caso Kiritsis revive en la pantalla chica de la mano de Van Sant

El thriller basado en un secuestro real que sacudió a los Estados Unidos a fines de los setenta llega al streaming argentino con la interpretación protagónica de Bill Skarsgård y la mirada crítica de un director que volvió a poner el ojo sobre los perdedores del sistema

Por Aníbal BenítezCultura y espectáculos · · hace 2 h
El largo brazo de la desesperanza: el caso Kiritsis revive en la pantalla chica de la mano de Van Sant

Permítanme contarles de qué se trata esta película que acaba de caer en el catálogo de Movistar Plus y que, sinceramente, me dejó pensando bastante más de lo que esperaba. Se llama "Prime Crime: A True Story", aunque en algunos mercados se la conoce como "Dead Man's Wire", y detrás de cámara está nada menos que Gus Van Sant, el cineasta de Portland que hace décadas nos viene mostrando las costuras de ese sueño americano que tantas veces se nos presenta como inalcanzable. Van Sant, el mismo de "Todo por un sueño" y de aquel retrato luminoso y trágico de la vida en los márgenes, vuelve aquí a su zona de confort más oscura: la de los hombres comunes que un día chocan contra una pared y deciden, literalmente, tomarse la justicia por mano propia.

Un caso real que parece inventado

La historia que vertebra el film ocurrió de verdad y merece que nos detengamos en ella, porque ayuda a entender por qué sigue vigente medio siglo después. Tony Kiritsis era un hombre de clase media de Indianápolis que había solicitado un crédito a un banco para comprar un terreno. Cuando la entidad se lo negó, él empezó a sospechar, con argumentos no tan descabellados, que lo que buscaban en realidad era quedarse con su propiedad para especular con ella. La respuesta de este hombre desesperado fue tan extrema como insólita: se presentó en la sede del banco con un dispositivo rudimentario pero potencialmente letal atado al cuello del hijo del dueño de la entidad, y desde allí formuló un pedido que mezclaba lo material con lo simbólico. Por un lado, pidió una indemnización económica que reparara el daño que decía haber sufrido. Por el otro, y esto es lo más llamativo, exigió que lo dejaran hablar en vivo por televisión nacional para contar su versión de los hechos. El hombre quería su minuto de fama, sí, pero sobre todo quería que alguien lo escuchara.

Skarsgård carga con el peso de la historia

El papel de Kiritsis recae en Bill Skarsgård, un actor sueco al que el público masivo conoce sobre todo por su trabajo en el género de terror, aunque su trayectoria incluye registros mucho más amplios y dramáticos. Acá lo vemos componiendo a un hombre que no es un villano de ni un héroe trágico a la antigua, sino algo más incómodo y más: alguien que tomó una decisión desesperada porque el sistema no le dejó otra salida visible. La película construye sobre ese personaje una atmósfera de tensión sostenida que recuerda, y acá viene uno de los grandes aciertos del film, al thriller urbano norteamericano de los años setenta, esa mezcla irrepetible de presión policial, cámaras de televisión transmitiendo en vivo y un secuestrador que se convierte, paradójicamente, en el centro de una escena mediática que él mismo orquestó.

  • Caso real: Tony Kiritsis secuestró al hijo de un banquero en Indianápolis a fines de los setenta y pidió hablar en vivo por televisión nacional.
  • Protagonista: Bill Skarsgård interpreta a Kiritsis con una composición que huye del villano clásico y se interna en zonas más ambiguas.
  • Dirección: Gus Van Sant vuelve a explorar personajes que chocan contra las reglas del sistema y buscan salidas desesperadas.
  • Estética: el film trabaja con referencias formales al cine de género norteamericano de los años setenta, especialmente al thriller urbano con cobertura mediática en tiempo real.
  • Música: el cierre incorpora un tema de Gil Scott-Heron, un guiño que carga de sentido político el desenlace sin abandonar el registro del thriller.
  • Taquilla: la película recaudó apenas 3,8 millones de dólares en su paso por las salas, con un presupuesto estimado por debajo de los 15 millones.
  • Streaming: tras esos números discretos en cines, el film encontró en las plataformas su segunda oportunidad de llegar al público masivo.

Hay un detalle musical en el desenlace que a mí, personalmente, me pareció de lo más elocuente: el film incorpora un tema de Gil Scott-Heron, esa voz imprescindible que supo cantarle a las revoluciones imposibles y a los sueños truncados del movimiento por los derechos civiles. El guiño no es caprichoso ni decorativo, sino que carga de sentido político el final sin que la película abandone ni un segundo el registro del thriller que viene sosteniendo desde el arranque. El resultado es una obra que no termina de resolver del todo sus propias contradicciones internas, y creo que eso juega a su favor: no nos entrega respuestas fáciles ni morales de manual, sino que nos propone una lectura incómoda sobre los límites reales de quien intenta montar una protesta individual contra estructuras que lo superan largamente en poder.

“La película no termina de resolver del todo sus propias contradicciones, y me parece que eso juega a su favor: no nos entrega respuestas de manual, sino una lectura incómoda sobre los límites de quien intenta protestar en soledad contra estructuras que lo superan.”Aníbal Benítez

Me quedo pensando, mientras escribo estas palabras, en aquella vieja canción de Hamlet Grunhold que repetíamos de chicos en Corrientes y que decía algo así como que la pobreza es un crimen cuando no hay quien la explique. El caso Kiritsis tiene mucho de eso: un hombre que cometió un delito grave, sí, pero que lo cometió porque sentía que ya no le quedaban canales legítimos para que su historia fuera escuchada. La película de Van Sant nos pone frente a ese espejo sin ponerse nunca del lado del personaje ni del lado del sistema, y esa equidistancia incómoda es, a mi entender, su mayor logro. Si les gustan los thrillers con carnet de identidad, con peso específico, con algo para decir más allá del suspense, déjenme recomendarles que le dediquen una noche a esta película. Y si son de los que todavía creen que el cine de género con vocación crítica tiene futuro, mucho me temo que el streaming es, tristemente, su nueva y única sala de proyección.

AB
Aníbal BenítezCultura y espectáculos

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