"Érase una vez en Anatolia": la noche en que el ritmo del cine se detuvo en medio de la estepa
Nuri Bilge Ceylan convirtió una búsqueda policial casi rutinaria en una de las películas más hipnóticas del siglo XXI, disponible ahora en Filmin. Un recorrido por una obra que prefiere la lentitud al impacto y que, desde su estreno en Cannes, cambió la forma de entender el suspenso.
Voy caminando por esta nota como quien cruza un camino de tierra de noche, con las luces bajas y la paciencia como única linterna. Hace ya varios años, cuando todavía creía que una buena película era solamente aquella que no te dejaba parpadear, me topé con un filme turco que me enseñó todo lo contrario. Se trata de "Érase una vez en Anatolia", una de esas obras que el tiempo no apura y que, justamente por eso, se vuelve inolvidable. La tengo presente cada vez que un director decide confiar en el silencio.
La película arranca con una premisa que cualquier guionista de Hollywood hubiera resuelto en veinte minutos: una comitiva integrada por un fiscal, un médico forense y varios policías sale de noche por las estepas con el asesino y su cómplice, ambos bastante pasados de vino, para encontrar el cuerpo que ambos enterraron sin recordar el lugar exacto. Hasta ahí, el planteo suena a thriller clásico. Pero Nuri Bilge Ceylan, el director, decide no correr. Prefiere mirar. Y ese cambio de velocidad es lo que vuelve a la película una experiencia.
Una búsqueda que se vuelve ensayo sobre la condición humana
El Nuri, como lo llaman los que siguen su filmografía, ya venía avisando con sus películas anteriores que su cine era otra cosa. Aquí lleva esa observación rigurosa de lo cotidiano hasta un punto que parece extremo: dos horas y media para contar algo que, en otra mano, daría para un telefilm de sobremesa. Pero el tiempo no se justifica por una trama compleja, sino por una mirada que se detiene en lo que otros filmes cortan: una pausa antes de hablar, una luz que aparece a lo lejos, el cansancio acumulado en una cara después de varias horas de marcha.
Mientras la camioneta avanza por el campo turco, los personajes van contando historias que parecen intrascendentes. Hablan de sus vidas, se distraen, discuten por nada. Pero esas conversaciones triviales en la superficie van acumulando peso a medida que avanza la noche. La oscuridad del paisaje no funciona como decorado de suspenso, sino como un estado de ánimo: el de personas que conviven a diario con el crimen y la muerte y que, sin darse cuenta, van perdiendo la capacidad de mirarse entre sí.
“La angustia que construye esta película no es la del suspenso clásico, sino algo más parecido al cansancio de vivir: el de quienes trabajan todos los días con la muerte y terminan por no poder mirarse a los ojos.”Aníbal Benítez, Cultura y espectáculos
Si me permiten el consejo de siempre, me quedo con esta película como una de esas que vale la pena ver cuando uno tiene tiempo y ganas de entregarse. Yo la recomendaría para una noche de sábado, con el teléfono en silencio y la predisposición de quien acepta que el cine también puede ser una forma de la espera. Acomódense, ténganle paciencia al Nuri, y van a salir de la función pensando en esa luz que aparece a lo lejos, en medio de la estepa, más fuerte de lo que llegó cualquier otro giro de guion.
