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Domingo, 11 de octubre de 2026
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Decir que no cuesta, pero callarse también

Cuando aprender a poner límites no se completa en la infancia, la factura la paga el cuerpo y los vínculos. Ansiedad, insomnio y relaciones que se vacían: las dos caras de un mismo problema y por qué, según los especialistas, se puede revertir.

Por Paola MezaSociedad y vida · · hace 1 h
Decir que no cuesta, pero callarse también

Lo veo seguido en la verdulería del barrio, en la cola del banco, en la mesa familiar de los domingos. A Marta, de 58 años, le cuesta horrores decirle que no a su hijo adulto cada vez que le pide plata prestada. No es que le sobre, ni siquiera llega a fin de mes con lo justo, pero la palabra se le traba en la garganta. Es una escena mínima, casi doméstica, que sin embargo esconde un mecanismo que la psicología conoce bien: el de quienes aprendieron muy temprano que el propio deseo molesta, y que prefieren tragarse el disgusto antes que arriesgar un vínculo.

Lo que Marta todavía no sabe, o quizá intuye pero no termina de poner en palabras, es que ese silencio que repite desde hace años no es gratis. Tiene un costo que se cobra en el cuerpo antes que en otro lado: ansiedad que no se va, un cansancio que ningún descanso resuelve porque es psíquico y no físico, y noches en blanco mirando el techo. La médica le hizo estudios y no le encuentra nada. Y es probable que no haya nada que encontrar, porque el síntoma aparece justo donde la palabra no llegó.

Cuando el cuerpo pone los límites que la persona no puso

El límite empieza a formarse mucho antes de lo que uno imagina. Apenas el bebé empieza a entender que existe un afuera, necesita que alguien le marque elástico lo que se puede y lo que no. Esa primera frustración, que parece tan chiquita, es la que después permite decir yo y decir no, dos operaciones básicas de cualquier vida adulta. Cuando ese proceso no se completa, aparecen dos modos opuestos de vincularse con los demás.

  • Quien no puede poner límites: aprendió que su deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. Acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. A la larga, suma ansiedad, resentimiento acumulado y síntomas físicos como dolores sin causa clara e insomnio.
  • Quien no tolera los límites ajenos: cualquier no se vive como una ofensa personal o un desafío. Lo que parece fortaleza suele ser una imagen frágil de sí mismo que necesita confirmarse venciendo al otro. Las relaciones se organizan alrededor de su voluntad y, a mediano plazo, se vacían.

La buena noticia es que se puede trabajar

A Marta, mientras le iban sirviendo el café la otra tarde en la cocina de su casa, le conté lo que había leído: que no se trata de un rasgo de carácter fijo, que se construyó en la infancia y que, cuando no se construyó bien, se puede revisar. La palabra en guaraní que más se le acercó a lo que sintió es ñemity, ese ánimo con el que uno aguanta por dentro algo que le pesa. Le dije también que entre la sumisión y la imposición hay un punto intermedio, que es la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como una amenaza. Llegar hasta ahí tiene un costo real, claro, porque a veces implica arriesgar un vínculo con alguien de quien uno depende, afectiva o económicamente. Pero ese costo suele ser menor que el de seguir pagando, en salud y en cansancio, la cuenta de los que se callan.

Me quedé pensando en Marta cuando cerré la nota. Sigue yendo a la verdulería del barrio, sigue atendiendo el teléfono cuando la llaman, sigue diciendo que sí cuando querría decir que no. Pero algo cambió desde aquella conversación: ahora, al menos, se pregunta por qué le cuesta. Y esa pregunta, me parece, es el primer límite de verdad.

PM
Paola MezaSociedad y vida

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