Cuando la cuna vuelve a abrirse: por qué la infancia propia reaparece en cada decisión de crianza
A veces uno está en la cocina, cortando una naranja para la merienda, y le pega un grito al nene porque dejó los zapatos en el living por tercera vez en el día. Y ahí, mientras el chico se queda callado y uno se queda callado, aparece la escena de hace treinta años: la madre o el padre, la misma cara, el mismo tono, la misma frase que uno se juró no volver a repetir. Pero ahí está, saliendo de la propia boca como si tuviera vida propia. Esa es, en buena medida, la materia invisible con la que se cría: la historia de cada uno, que se cuela en la crianza sin pedir permiso y a veces sin que nos demos cuenta.
Algo de eso conversamos a partir del trabajo del psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey, que viene pensando hace tiempo por qué insistimos en repetir con nuestros hijos lo que vivimos de chicos, aun cuando lo padecimos. La respuesta corta, dice, es que nadie empieza a criar desde cero: somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos. Y esa mochila aparece en cosas tan cotidianas como la forma de hablar en la mesa, de poner límites, de reaccionar cuando hay un conflicto, e incluso en las ideas que circulan en la cocina de casa sobre el éxito, el dinero y el afecto.
Lo que se hereda sin querer
Mercedes tiene 52 años y vive en Lanús. Cuando tuvo a su primera hija, dice, se propuso ser "la madre que ella no tuvo": paciente, presente, sin un grito. Pero a los pocos meses descubrió que se enojaba por cosas que le parecían absurdas y que el enojo le salía con un volumen que no esperaba. "No era que estuviera enojada con mi hija -cuenta-, estaba enojada con la chica que fui y a la que nadie le preguntó qué quería". Lejos de ser un caso aislado, esa escena resume algo que McCoubrey repite en sus consultas: la infancia propia no se archiva, se reactiva.
El especialista aclara que el problema no está en repetir. La repetición, dice, es humana y esperable: las huellas reaparecen al tener hijos, a veces como reproducción lisa y llana del patrón conocido y otras como reacción opuesta, casi como un volantazo. Lo que sí hace falta interrumpir, precisa, es lo que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida. En criollo: no se trata de borrar la historia, sino de dejar de transmitir lo que a uno le dejó marcado. Esa distinción, que parece sutil, es la que cambia todo.
Las marcas que más cuestan
Las huellas más difíciles de trabajar no siempre son las más visibles. Muchas están tan incorporadas que no se cuestionan durante años, o nunca. McCoubreby menciona cuatro que aparecen una y otra vez en los consultorios: las pérdidas silenciadas, las violencias naturalizadas, las vergüenzas heredadas y los mandatos que pasan de generación en generación sin que nadie los traduzca. El hilo en común suele ser la rigidez, esa dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo que uno tenía previsto.
- Pérdidas silenciadas: duelos que no se nombraron en la familia y que quedaron flotando, sin palabras, pero con peso.
- Violencias naturalizadas: gritos, castigos o humillaciones que se vivieron como "lo normal" y que cuesta registrar como violencia.
- Vergüenzas heredadas: cosas del pasado familiar que se cargan como propias, casi como una mochila prestada.
- Mandatos repetidos: frases del estilo "en esta casa se estudia", "los hombres no lloran" o "a la gente pobre no le pasan esas cosas", que se transmiten sin revisar.
“Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
Querer hacer exactamente lo contrario a lo que se vivió tampoco garantiza un resultado distinto, y acá viene uno de los puntos más finos del planteo de McCoubrey. Dice que criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del chico que uno tiene enfrente, se termina respondiendo a una pelea pendiente con los propios padres. Quien creció con una crianza muy rígida puede terminar creyendo que cualquier frustración es traumática y, por intentar evitar a toda costa el sufrimiento, deja al nene sin los límites que también necesita. La cosa, resume, no es encontrar un punto medio de manual, sino mirar al hijo concreto que se tiene enfrente, con su edad, su carácter y su momento.
“Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
Señales para leer lo que se repite
Una señal bastante clara de que la historia propia se está metiendo en la crianza es la reacción desmedida frente a una situación que, mirándola con dos dedos de frente, no la tiene. Una bronca que desborda, una preocupación extrema por cosas chicas, la necesidad de tener todo bajo control o, al revés, la de no ocuparse de nada. Son reacciones que hablan más del pasado que del presente, y que suelen aparecer sobre todo cuando el hijo hace algo que, sin saber bien por qué, a uno le toca en un lugar profundo: una desobediencia que nos recuerda a la nuestra, una tristeza que nos incomoda porque en casa no se podía estar triste, un rendimiento escolar que revive viejas exigencias.
Trabajar sobre esos patrones, aclara McCoubrey, no implica no volver a equivocarse nunca, porque eso sería otra forma de rigidez, en este caso hacia uno mismo. A veces, dice, el primer cambio no es no gritar nunca, sino poder detenerse un instante antes, pedir una pausa, volver y decir con la mayor verdad posible eso que uno siente que tiene que decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto. Esa pequeña movida -reconocer, reparar, intentar de nuevo- es la que empieza a desligar la cadena, la que va cortando el ñeembohára, esa atadura invisible que a veces heredamos sin saber y que transmitimos sin querer, hasta que alguien se anima a mirar de frente la propia historia y decide que, con esa historia a cuestas pero ya no como única brújula, se puede criar de otra manera.
