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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando el gris se instala: qué pasa con la vitamina D en los días sin sol y por qué no todo el mundo necesita un suplemento

Las jornadas con cielo cubierto bajan la radiación, pero el cuerpo guarda reservas que amortiguan esos cambios. Un especialista en medicina interna repasó quiénes sí deben controlar sus niveles y por qué consumirla sin indicación médica puede salir caro, sobre todo para los riñones.

Por Paola MezaSociedad y vida · · hace 1 h
Cuando el gris se instala: qué pasa con la vitamina D en los días sin sol y por qué no todo el mundo necesita un suplemento

A mí me agarra siempre el primer lunes de semana larga y lluviosa en Buenos Aires con la misma imagen: la señora Teresa, que tiene 67 años y vive en el tercer piso del edificio de enfrente, saca la silla a la galería para tomar algo de aire y me cuenta, mientras mira las baldosas mojadas, que la doctora le dijo que tenía la vitamina D por el piso y que ahora toma unas gotas todas las mañanas. Yo la escucho, le ofrezco un mate cocido caliente y me quedo pensando en cuántos de nosotros, los que estamos entre los 40 y los 60, nos cruzamos con un análisis de rutina que dice vitamina D baja y salimos corriendo a la farmacia a comprar un frasco sin pedir más explicaciones. La escena se repite en casi cualquier barrio porteño cuando el cielo se pone gris durante varios días seguidos, y por eso vale la pena repasar qué dice la medicina sobre este tema tan popular como, en muchos casos, mal entendido.

Cómo se fabrica la vitamina D y por qué las nubes no la borran

La fuente principal de vitamina D no es un suplemento ni un yogur fortificado, sino la piel. Cuando los rayos ultravioleta B del sol la golpean, el organismo la sintetiza de manera casi automática. También se la puede incorporar a través de algunos alimentos, como los huevos, los pescados grasos -salmón, caballa-, y los lácteos enriquecidos, pero esa vía suele ser complementaria para la mayoría de las personas. Ahora bien, las jornadas con el cielo tapado filtran parte de esa radiación, aunque no la borran del todo, así que varios días de lluvia o de nubosidad persistente no implican por sí solos una caída significativa en los niveles.

El cuerpo guarda reservas que le permiten bancar períodos de menor exposición, por eso la posibilidad de desarrollar una deficiencia depende más del punto de partida de cada uno, de sus antecedentes y de su salud general que de que haya salido o no el sol la semana pasada. El médico especialista en medicina interna Ramiro Heredia, de la Universidad de Buenos Aires, fue muy claro al marcar los grupos que sí deben mirar este tema con atención: adultos mayores, personas con obesidad, pacientes con enfermedad celíaca, quienes pasaron por cirugías bariátricas, quienes atravesaron internaciones o cuadros críticos, y quienes tienen antecedentes de osteoporosis o fracturas. Para todos ellos la decisión de pedir un estudio y, eventualmente, definir un tratamiento depende de una evaluación médica concreta, no de una recomendación de la vecina ni de la última nota que apareció en el celular.

Adultos sanos: el mensaje del especialista es no tomar por las dudas

Para los adultos sanos que no entran en esos grupos, Heredia fue tajante: no existe una recomendación general de suplementación sin una deficiencia documentada con análisis. Y un detalle que muchas veces se pasa por alto es que pasarse de rosca tampoco es gratis: el exceso de vitamina D puede provocar toxicidad, elevar el calcio en sangre y comprometer la función renal. En criollo, más no siempre es mejor, y en este punto un suplemento mal tomado puede terminar haciendo más lío del que venía a arreglar.

Para qué sirve la vitamina D y cuándo la dieta no alcanza

La vitamina D cumple un papel central en la absorción de calcio y fósforo, dos minerales clave para la salud de los huesos. Cuando falta durante mucho tiempo pueden aparecer cuadros serios: en adultos, osteomalacia y mayor fragilidad ósea con riesgo de fracturas; en chicos, raquitismo. También interviene en el funcionamiento muscular y en la regulación del sistema inmunitario, lo que ayuda a explicar por qué tantos profesionales la tienen en la mira cuando un paciente empieza con malestares difusos. Ahora, la alimentación puede aportar algo, sobre todo con huevos, pescados grasos y yogur fortificado, pero cuando ya existe una deficiencia instalada, comer más de esos alimentos rara vez alcanza para corregirla por sí sola.

Antes de cerrar vuelvo a la galería del edificio de enfrente, donde la señora Teresa sigue mirando el cielo plomizo con las gotas de vitamina D ya tomadas y el mate cocido tibio al lado. Le pregunto, casi para despedirme, si alguien le explicó por qué justamente ella, con 67 años, era candidata a controlar sus niveles. Me mira seria y me dice que sí, que se lo dijo la médica porque tiene osteoporosis y porque, además, le cuesta salir a la calle todo lo que debería. Entonces uno entiende: detrás de cada frasquito de vitamina D hay una historia clínica, y por eso la mejor recomendación, cuando el termómetro social sube con cada cambio de estación, es no automedicarse y consultar con el profesional de cabecera. Hasta que vuelva a salir el sol, pero sobre todo más allá de que vuelva o no a salir.

PM
Paola MezaSociedad y vida

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