Cuando el cuerpo dice basta: cinco claves cotidianas para empezar a desarmar el agotamiento
La nutricionista naturópata Jessica Shand advierte que el burnout no es solo una cuestión de voluntad: altera el cortisol, desordena el sueño y vacía la energía. Sus recomendaciones apuntan a horarios de comida, rutinas nocturnas y autoconocimiento hormonal, siempre sin reemplazar la consulta médica.
Lo veo todas las semanas en la puerta del edificio: Marta, 52 años, administrativa en una empresa de seguros del centro, vuelve a casa a las ocho de la noche con la cara lavada de tanto contener el cansancio. «Estoy cansada de estar cansada», me dice mientras revuelve la llavecita del portero eléctrico, y la frase me queda sonando en el pasillo porque resume algo que escucho cada vez más seguido entre vecinos y conocidos: la sensación de que el cuerpo ya no se recupera ni con un domingo entero en la cama. Algo de eso explica Jessica Shand, nutricionista naturópata y autora de The Hormone Balance Handbook, cuando describe lo que ocurre cuando el estrés laboral se vuelve crónico y empieza a corroer desde adentro. «No es flojera, es un desorden hormonal», resume la especialista para entender por qué tantas personas sienten que viven arrastrándose.
Por qué el burnout se siente de pies a cabeza
Shand sostiene que la exposición prolongada al estrés activa de manera sostenida la producción de cortisol, la hormona que nos prepara para la alerta. Cuando ese nivel se mantiene alto durante semanas o meses, el organismo entra en lo que podríamos llamar modo emergencia permanente: prioriza sobrevivir y deja en segundo plano la digestión, el descanso profundo y el equilibrio reproductivo. La traducción en la vida diaria es bastante reconocible: cansancio que no se va con dormir, dificultad para conciliar el sueño aun estando rendidos, cambios de humor que sorprenden a los propios allegados, irritabilidad a flor de piel y esa niebla mental que vuelve imposible concentrarse más de veinte minutos seguidos en una planilla. La especialista aclara que ninguno de estos síntomas aparece porque sí, y que reconocerlos es el primer paso para empezar a revertirlos.
Cinco hábitos para empezar a reparar el cuerpo
- Sostener una alimentación regular combinando proteínas completas, grasas saludables y carbohidratos complejos. Saltarse comidas o vivir a base de ultraprocesados amplifica los picos de glucosa, y en un cuerpo ya fatigado eso se traduce en más irritabilidad y más falta de foco.
- Proteger la calidad del sueño con una rutina previa a la cama. Shand sugiere un baño con sales de magnesio, una infusión sin cafeína o unos minutos de escritura: pequeños rituales que le avisan al cuerpo que la jornada terminó y empieza el momento de descanso.
- Sumar plantas asociadas a la relajación, como manzanilla, lavanda, toronjil y pasiflora, integradas a la noche. La especialista aclara que nunca está de más tener a mano un buen mate cocido con esas hierbas, una costumbre bien nuestra, y que estas plantas pueden ayudar a bajar la ansiedad del final del día.
- Considerar el uso de adaptógenos como la albahaca sagrada o la ashwagandha, sustancias que la tradición herbal emplea para mejorar la tolerancia al estrés. Shand insiste en un punto no menor: no conviene automedicarse con estos compuestos sin hablar antes con un profesional, sobre todo durante el embarazo, la lactancia o si se están tomando otros medicamentos.
- Reconocer los propios ciclos de energía a lo largo del mes, ya que la vitalidad no es estable: varía según el ciclo menstrual, las horas del día y hasta la estación del año, y aprender a leer esos altibajos ayuda a planificar tareas pesadas y descansos sin pelearse contra el propio cuerpo.
La propia Shand reconoce que no hay fórmula mágica ni atajo exprés: estos cinco puntos son, en sus palabras, un piso desde el cual empezar a rearmar la rutina. Y aquí viene el llamado de atención que la nutricionista repite hasta el cansancio: si los síntomas persisten, si la fatiga no cede con vacaciones ni con fines de semana largos, o si aparecen problemas de sueño que se vuelven crónicos, lo correcto es consultar a un profesional de la salud y no seguir sumando consejos de redes sociales. «El burnout es una señal del cuerpo, y atenderlo a tiempo evita que se transforme en algo más serio», advierte. Pienso en Marta, en su frase en el pasillo, y en la cantidad de gente que conozco que está funcionando con el cuerpo en piloto automático mientras posterga ese llamado al médico. Quizás la mejor manera de cuidarse no sea esperar a caer, sino empezar esta misma semana por alguno de estos cinco hábitos, con la misma seriedad con la que uno cumple un turno de trabajo. Después de todo, el cuerpo no nos pide heroicidades: nos pide regularidad, descanso y, sobre todo, que dejemos de tratarlo como si fuera una máquina que nunca se rompe.
