Cuando el autor se queda solo con la maqueta: el regreso fallido de Sorkin al universo Zuckerberg
La esperada secuela de La red social llega con un Sorkin que escribe y dirige su propio guión, y la fórmula muestra las grietas que otros realizadores solían tapar: diálogos que se aplauden a sí mismos, interiores mal iluminados y un idealismo que pesa más de lo que sostiene.
Tengo que confesarlo de entrada, antes de ponerme el sombrero de crítico y sacarme la galera del oficio: cada vez que se anuncia una película con la marca de Aaron Sorkin siento esa mezcla de expectativa y desconfianza que se siente cuando un amigo querido te dice que esta vez cocinó él solo el asado. A veces sale un milagro, otras veces el fuego se le va de las manos, y esta nueva vuelta al universo de Mark Zuckerberg parece caer, justamente, en la segunda rama del dilema. El precio de la red llega con la pesada mochila de ser la secuela espiritual de La red social, aquella película de 2010 que David Fincher transformó en una de las mejores radiografías del siglo veintiuno, y lo primero que uno nota al verla es cuánto pesa esa mochila sobre los hombros del propio Sorkin, que esta vez no solo firma el guión sino que se puso detrás de la cámara.
Porque ese es, me parece, el corazón de la discusión: el problema no está en la página escrita, está en la silla del director. Sorkin tiene una historia despareja como realizador, y basta mirar la lista para entender por qué. Molly's Game fue recibida con cierta benevolencia, casi como una excepción que confirmaba la regla, y después vinieron otros títulos donde sus textos necesitaron, sin excepción, de una mano externa que los tradujera a imágenes con urgencia y con ritmo. David Fincher en La red social, Danny Boyle en Steve Jobs, Rob Reiner en Algunos hombres buenos: cada uno, a su manera, supo contener los excesos del escritor, podar los soliloquios, decidir qué plano se queda y qué escena se va al tacho. Lo que tenemos en El precio de la red es, justamente, lo que pasa cuando esas tijeras externas no aparecen: un guión que se lee muy bien en papel pero que, traducido a escena por su propio autor, se vuelve un objeto raro y algo tieso.
Los síntomas de un director que no se corrige a sí mismo
La crítica especializada señala tres males que el filme repite con obstinación, y al verla uno los reconoce con esa familiaridad triste de los errores que ya vimos antes. El primero son las larguísimas secuencias de diálogo que existen, sobre todo, porque suenan bien leídas en voz alta, porque tienen esa música verbal que a Sorkin le encanta y que en la pantalla, sin montaje, sin corte, sin respiro, se vuelven autoplagios. El segundo es un problema técnico llamativo, incluso para una producción de este porte: las escenas de interiores están mal iluminadas, algo que sorprende porque el director de fotografía es el mismo que trabajó en La red social, lo cual sugiere que la decisión no fue del equipo de cámara sino de quien dijo corte y dijo luz. El tercero es la ausencia de urgencia en el montaje: no hay una imagen que trascienda lo funcional, no hay un plano que se quede en la memoria al salir del cine, y eso, en una película que quiere polemizar sobre el poder de las pantallas, es casi una ironía involuntaria.
“Sorkin es, según esa línea, un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo.”Bill Burr, personaje de la película
Y acá viene un detalle que me pareció lo más honesto del filme, casi un acto de autoconciencia involuntaria: el propio guión se hace cargo de la crítica en una frase pronunciada por el personaje que interpreta Bill Burr, ya presente en los tráileres. Decir que el guionista es un guardia de tránsito con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo es, leído con mala leche, un diagnóstico perfecto del problema que la película no puede resolver, porque el paciente y el médico son la misma persona. Es como si Sorkin se mirara al espejo y, en lugar de pedir ayuda, decidiera documentar la caída con una sonrisa incómoda.
- Sorkin vuelve al universo de Mark Zuckerberg tras La red social, pero esta vez también dirige su propio guión.
- El filme reune ecos de The Newsroom y de un proyecto sobre el 6 de enero que Sorkin arrastra hace tiempo.
- La crítica señala soliloquios extensos, interiores mal iluminados y montaje sin urgencia como males repetidos.
- Los grandes resultados de sus textos llegaron cuando otros directores los pusieron en escena: Fincher, Boyle y Reiner.
¿Coincido con la lectura de que Sorkin funciona mejor cuando otro dirige sus guiones? Sí, con el matiz de que coincido porque la evidencia lo confirma y porque uno, como espectador, lo viene sospechando desde hace rato. Pero también creo, y ahí aparece mi costado más conciliador, que hay algo valioso en este ejercicio de control total, aunque ese algo termine funcionando más como declaración de principios que como película lograda. El precio de la red no es un desastre: es un manual de los errores que el autor comete cuando nadie lo frena, y a veces esos manuales sirven, aunque no sean la película que uno esperaba. Si tienen ganas de verla, vayan con paciencia y con cariño por el oficio ajeno, porque se nota que Sorkin puso el alma; lo que le faltó, otra vez, fue alguien que le dijera que no a tiempo. A mí, mientras esperaba el colectivo de vuelta a casa, me quedó dando vueltas esa frase del personaje de Burr, que termina siendo el epitafio perfecto: los autos ya derraparon, y ahora todos miramos cómo se acomodan los vidrios rotos.
