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Jueves, 22 de octubre de 2026
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BTS en La Plata: tres noches sold out y un ejército de fans que escribió su propio reglamento

El septeto surcoreano desembarcó en Ezeiza y desató una movilización pocas veces vista. Antes de los shows, las fanbases difundieron un decálogo de convivencia, higiene y respeto que se volvió tendencia.

Por Aníbal BenítezCultura y espectáculos · · hace 2 h
BTS en La Plata: tres noches sold out y un ejército de fans que escribió su propio reglamento

Quiero empezar esta nota como me enseñaron los viejos del litoral, con una zamba que me acompaña desde la primera vez que escuché nombrar a un grupo que cantaba en un idioma que yo no entendía, pero que me entraba igual por el pecho. La letra decía algo así como que cuando la música es buena, no hay frontera que la frene, y vaya si tenía razón. Porque en la madrugada del lunes 19 de octubre, en un aeropuerto de Ezeiza convertido en vigilia, miles de seguidores argentinos del septeto surcoreano BTS confirmaron con sus propios ojos que aquello que coreaban en sus habitaciones, a todo volumen, durante los últimos quince años, finalmente estaba a tres horas y monedas de subirse a un escenario de la ciudad de La Plata.

El grupo aterrizó en el país en el marco de la gira mundial ARIRANG, y desde ese instante las cuentas oficiales y los grupos de Telegram entraron en ebullición. La cita está marcada para el 21, el 23 y el 24 de octubre en el Estadio Único Diego Armando Maradona, con tres funciones que, como era de esperarse para un fenómeno de estas dimensiones, colgaron el cartel de agotadas mucho antes de que los siete músicos bajaran del avión. Lo que se vio en Ezeiza, según me contaron colegas que cubren espectáculos y que no durmieron en toda la noche, fue una mezcla de vigilia militante y fiesta popular: familias con reposeras, chicas con buzos oversized de la agrupación, chicos con cartelitos escritos a mano y un murmullo constante que iba creciendo cada vez que una puerta automática se abría en el sector de arribos internacionales.

Una comunidad que se da sus propias reglas

Pero a mí, que llevo más de dos décadas cubriendo estos temas, lo que más me llamó la atención no fue la multitud ni los celulares en alto, sino algo que considero profundamente argentino en el mejor sentido de la palabra: la capacidad de organizarse por abajo, de generar normas comunitarias sin esperar que nadie las imponga desde arriba. Me refiero al detallado manual de convivencia que distintas fanbases de BTS, nucleadas en lo que se conoce como ARMY, fueron difundiendo en las semanas previas a los shows, y que se volvió, a fuerza de retuits y de cadenas de WhatsApp, en una suerte de reglamento no escrito del buen fan en territorio argentino.

  • Concurrir bañados, tanto al estadio como a los puntos de acampe previos, para sostener condiciones de higiene razonables durante esperas que pueden prolongarse más de veinticuatro horas.
  • No congregarse en los hoteles donde se aloja el grupo, no seguir los vehículos que trasladan a los integrantes y no difundir ubicaciones ni movimientos en tiempo real, como una forma de marcar distancia con las prácticas invasivas que se conocen como sasaeng.
  • No arrojar objetos al escenario, mantener los ARMY Bomb a una altura que no tape la visión del resto del público y respetar el espacio personal en el campo.
  • Evitar el uso indebido de las pulseras de identificación de fanbase, una herramienta pensada para reconocer a los miembros más activos de la comunidad y que, mal utilizada, puede derivar en situaciones confusas o incluso riesgosas en la vía pública.

Ahora bien, sería injusto de mi parte presentar todo esto como una postal color de rosa, porque también hubo ruido, y bastante. En las últimas semanas circularon en redes mensajes cargados de cuestionamientos hacia ciertas figuras públicas que, según la mirada más purista del fandom, habrían conseguido ubicaciones privilegiadas sin pertenecer a la comunidad ni compartir sus códigos. La discusión se instaló con fuerza, sobre todo a partir de declaraciones cruzadas entre influencers y voceros informales de las fanbases más antiguas. Lo que me parece valioso destacar, y lo digo con el oficio de haber cubierto polémicas que se apagaron solas y polémicas que terminaron en Tribunales, es que el acceso a un show de estas características depende, en última instancia, de la entrada que cada uno haya podido comprar y de las disposiciones logísticas que la producción determine, más allá de los merecimientos afectivos que cada uno pueda sentir. Sentir no es lo mismo que tener derecho a.

A esto se sumó la cuestión de las pulseras identificatorias, un recurso clásico de las comunidades de fans para distinguir a los miembros más comprometidos, pero que en los últimos días quedó en el centro de la escena por reportes de suplantaciones y ventas no autorizadas en redes sociales. Las propias fanbases salieron a advertir que esas pulseras no son vouchers de ingreso ni garantías de diferenciado en la fila, y recomendaron a quienes las lleven que estén atentos a posibles usos indebidos. Es, si se quiere, la parte menos glamorosa de un fenómeno que, mirado desde lejos, se parece mucho a los viejos recitales de estadio de los años noventa, cuando los fans acampaban en la puerta del Obras o de Vélez y la organización terminaba siendo una tarea colectiva donde cada uno ponía su granito de arena.

Hay algo que me emociona particularmente de este fenómeno, y se los confieso en primera persona, como me gusta hacer en estas columnas que escribo casi como si les estuviera contando a ustedes alrededor de una mesa, con un mate de por medio. Me emociona ver a una comunidad tan joven, tan atravesada por la cultura digital, reaccionar con reglas que en el fondo son las mismas que nos enseñaron nuestros padres y abuelos en las peñas y en los bailantas del Litoral: respetá al otro, no grites en el hotel, no ensucies el lugar, no molestes al que está al lado, no difundas lo que no te corresponde. La tecnología cambió los modos, el idioma cambió los matices, pero el fondo, el ADN comunitario, es el mismo de siempre. Por eso, y porque a esta altura de la nota me siento casi como un tío que despide a los pibes antes del viaje, me permito cerrar con una recomendación que les dejo a corazón abierto: si están entre los que van a ir, disfruten pero cuiden. Si están entre los que no consiguen entrada, no se amarguen, porque seguro alguna amiga tiene un vivo guardado o aparece la oportunidad a último momento. Y si están leyendo esto sin tener idea de quién es BTS, les sugiero que se sienten un rato con unos auriculares, le den play a ARIRANG, y se preparen para entender por qué miles de personas se pasaron la noche en un aeropuerto de Ezeiza cantando en coreano bajo la llovizna. A veces, las revoluciones más silenciosas empiezan con un tema que se repite en un par de auriculares y termina en un estadio lleno. Y eso, para mí, vale la pena ser contado.

AB
Aníbal BenítezCultura y espectáculos

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