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Jueves, 8 de octubre de 2026
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Una visita al médico, un número clave y la salud que se cuida antes de que duela

En la Argentina, más de un tercio de los adultos convive con la presión arterial elevada y, en buena parte de los casos, lo hace sin saberlo. Medirse, controlar y sostener hábitos simples marcan la diferencia entre un hallazgo a tiempo y una complicación evitable.

Por Paola MezaSociedad y vida · · hace 5 d
Una visita al médico, un número clave y la salud que se cuida antes de que duela

Me lo contaba la semana pasada Marta, mi vecina de toda la vida, una señora de cincuenta y seis años que atiende un kiosco en la esquina y que siempre tiene a mano un termo de mate y un consejo: «Paola, el martes fui al médico por otra pavada y cuando me tomó la presión casi se le cae el tensiómetro al piso». Ella no sentía nada, ni un dolor de cabeza, ni un mareo, ni ese zumbido en los oídos que muchas veces asociamos con la presión alta. Sin embargo, le diagnosticaron hipertensión y hoy cuenta, casi sin creérselo, que empezó un tratamiento que, según le explicó el cardiólogo, le va a cambiar el día a día. La palabra que más repite ahora, como un conjuro nuevo, es pyhare (que en guaraní quiere decir «noche», y que ella pronuncia cada vez que se acuerda de que la sal, de golpe, le empezó a sobrar en la comida).

La historia de Marta no es un caso aislado ni mucho menos una excepción caprichosa del barrio. En la Argentina, según el Registro Nacional de Hipertensión Arterial, el 36,3% de los adultos mayores de dieciocho años tiene la presión elevada. Si la cifra se traduce a personas de carne y hueso, estamos hablando de cerca de doce millones de compatriotas, y entre ellos casi cuatro de cada diez no saben que conviven con esa condición porque, justamente, la hipertensión suele avanzar en silencio y sin dar señales claras hasta que el cuerpo empieza a pasarla factura.

Por qué medirse la presión no es un trámite menor

El procedimiento es de esos que no invitan a la novela: lleva pocos minutos, no necesita ayuno, no produce dolor y se puede hacer en cualquier centro de salud o farmacia bien equipada. Su verdadero valor está en lo que muestra, porque la ausencia de malestar nunca alcanza como garantía de que todo esté en orden. Para saber cómo están los valores, hay que medirlos, y conviene hacerlo con regularidad en vez de esperar a que aparezca un síntoma que, cuando llega, muchas veces ya avisa que algo se complicó.

El panorama, mirado con un poco más de distancia, preocupa: apenas alrededor del 44% de quienes ya están en tratamiento consigue mantener la presión dentro de los valores recomendados, lo que muestra que diagnosticar no alcanza, y que hace falta acompañar a los pacientes para que el tratamiento se cumpla de verdad. La Organización Mundial de la Salud, en su segundo informe mundial sobre hipertensión arterial publicado este año, estima que mil cuatrocientos millones de adultos en el mundo tienen la presión elevada y que solo uno de cada cinco la tiene controlada, una fotografía global que golpea fuerte y que muestra, a las claras, que el desafío no es argentino pero tampoco nos es ajeno.

Con el paso de los años, la hipertensión puede ir deteriorando las arterias y afectar órganos vitales, con consecuencias tan serias como un infarto o un accidente cerebrovascular, dos eventos que muchas veces se presentan sin aviso y que cambian la vida entera de una familia en cuestión de minutos. Por eso los controles periódicos son, en los papeles y en la práctica, una herramienta de prevención que no reemplaza al médico sino que le abre la puerta antes de que la urgencia toque el timbre. Y por eso, cuando me cruzo a Marta en la esquina y le pregunto cómo sigue, ella levanta la taza de mate como si fuera una copa y me dice, con una sonrisa que todavía le cuesta terminar de creer: «Menos sal y más caminata, Paola, menos sal y más caminata», que viene a ser la mejor manera de cerrar esta nota volviendo, otra vez, al principio de la conversación.

PM
Paola MezaSociedad y vida

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