El espejo que nadie te obliga a mirar: dos preguntas que separan lo propio de lo heredado
Un filósofo de la Universidad de Emory propone interrogar la propia vida con una simpleza incómoda. Lo que se descubre suele cambiar decisiones cotidianas y no el rumbo completo de un día para otro.
A sus 38 años, Carolina —vecina del barrio de Once, tal como se presentó en una ronda de mate el domingo— me contaba con una risa nerviosa que lleva casi una década trabajando en una escribanía que jamás eligió. "Mi viejo decía que tener el título de escribano era tener el futuro atado", repitió, mientras revolvía el azúcar del café con una cucharita que daba vueltas y más vueltas. Cuando le pregunté qué iba a hacer de acá en adelante, se quedó callada unos segundos y después reconoció: "Ni sé de quién es la vida que estoy viviendo". Esa frase, pronunciada sin saberlo, es exactamente el punto de partida de un ejercicio que propone Ira Bedzow, doctor en Filosofía y profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Emory, en Estados Unidos.
Dos preguntas que incomodan más de lo que parecen
Bedzow, que además dirige el Emory Purpose Project, sugiere interrogar la propia existencia con dos preguntas concretas: "¿De quién es la vida que estás viviendo?" y, sobre todo, "¿Quién debería determinar cómo vivís?". La primera casi siempre recibe una respuesta rápida, casi mecánica: uno mismo, se dice. La segunda es la que raspa, la que obliga a reconocer que el rumbo de cada uno no está escrito en ningún lugar y que muchas veces ni siquiera fue elegido de manera consciente.
“Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo.”Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project
Lo que el filósofo estadounidense describe como un ejercicio sencillo tiene, sin embargo, una complejidad enorme: cuesta horrores distinguir qué parte de lo que uno hace cada mañana responde a una convicción genuina y qué parte es el eco de lo que la familia, los amigos, el barrio y hasta la cultura entera fueron instalando con el correr de los años. Bedzow lo dice de un modo que vale la pena repetir: el punto no es aislarse del mundo ni desoír a los demás, sino aprender a recibir perspectivas externas sin entregarles el control.
- Consultar a un colega sobre una oferta de trabajo puede abrir los ojos, pero la decisión final debe tomar de una sola persona y desde los propios criterios.
- Escuchar a un amigo que cuestione una suposición sobre una relación puede revelar algo que no se había considerado, siempre que uno elija qué hacer con lo escuchado.
- Aceptar la presión de los padres para estudiar cierta carrera sin interrogar jamás esa elección suele dejar, a la larga, la sensación de vivir un guión ajeno.
- Pursuir metas alineadas con los propios valores, según un metanálisis de Sezer y colaboradores, se asocia con mayor esfuerzo, más avance y un bienestar más sostenido.
El ñeheñói de vivir en piloto automático
En guaraní, ñeheñói significa algo así como "pensar por uno mismo, hacerse cargo del propio razonamiento". Es justo lo que Bedzow propone cultivar, aunque él no lo diga con esa palabra. La filósofa Susan Wolf aporta otra mirada al debate: el sentido de la existencia no brota solo de los deseos individuales, sino de comprometerse con aquello que, además de deseado, resulta genuinamente valioso. Es un segundo filtro, un paso más profundo, que obliga a preguntarse no solo qué quiero sino si lo que quiero merece ser buscado.
La práctica de esa autorreflexión no requiere grandes retiros espirituales ni sesiones interminables de introspección. "No significa mirarse el ombligo —aclaró Bedzow—, sino examinar las razones por las que elegimos lo que elegimos, considerar alternativas y aprender de los resultados". Empezar por decisiones chicas, de bajo riesgo, fortalece el criterio para cuando lleguen las grandes. Carolina, mi vecina de Once, me despidió en la puerta del edificio con una frase que me quedó dando vueltas: "Capaz que este año, en vez de firmar escrituras ajenas, me dedique a ver qué hubiera querido firmar yo". No sé si lo hará. Pero al menos, y eso ya es mucho, empezó a preguntárselo. Y a responder sola, sin el eco del viejo diciéndole qué era lo correcto.
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