Una chica llamada serpiente sacude a una familia que solo sabe discutir de adjetivos
La nueva comedia de Andrea Garrote, "Amaru", se presenta los domingos en el Teatro Picadero con un elenco de cuatro actores que sostiene el humor y la incomodidad durante 80 minutos.
Les cuento de entrada algo que me pasó mientras miraba esta obra y que, me parece, resume bastante de qué se trata. Había una señora dos butacas adelante que, cada vez que la madre de la familia abría la boca para corregir el uso de un adjetivo, se inclinaba hacia su marido y le susurraba algo al oído. El marido asentía. La señora volvía a mirar la escena. Cuando en el escenario aparecía la chica nueva, la visitante, la que desordena todo, la señora ya no susurraba: se reía con todo el cuerpo, como liberada. Y eso que en la butaca de al lado todavía no había pasado nada dramático. Eso es lo que consigue "Amaru": que uno se reconozca en esa manera de hablar mucho sin decir nada, y que termine festejando, en silencio, que alguien se anime a romper el esquema.
Una familia que discute el idioma y evade la vida
La obra que firma Andrea Garrote, con dirección compartida junto a Carolina Stegmayer, parte de una premisa tan sencilla como filosa: una familia de clase media ilustrada, muy culta y muy verborrágica, lleva adelante discusiones semánticas que duran lo que en otros hogares dura una cena entera sobre lo que realmente les pasa. Una madre, un padre y un hijo comparten un universo donde una corrección gramatical pesa más que cualquier conversación sobre lo que sienten. Esa es la cocina donde entra Amaru, la novia que el hijo trae una noche a la casa y cuyo nombre significa, en quechua, serpiente sagrada.
Yo venía de ver el monólogo "Pundonor", que Garrote estrenó en 2018, y me encontré con una autora que se animó a dar un paso más: sumar a otros tres actores, abrir el juego, dejar que el humor se construya entre cuatro cuerpos y no sobre uno solo. Y les confieso que el salto le sale bien. La pieza nunca pierde el tono de comedia con humor sostenido, trabaja en varias capas y, en el tramo final, incorpora un elemento fantástico que no rompe el clima sino que lo corrobora, como si dijera: miren, en esta casa siempre estuvo pasando algo raro, solo que nadie lo decía en voz alta.
- La madre, Mariel, la interpreta la propia Garrote con una precisión cómica que no resigna emoción: cada gesto calculado convive con una vulnerabilidad que se cuela de a ratos, casi sin permiso.
- El padre, en plena crisis de mediana edad, queda en manos de Marcos Ferrante, que le construye a ese hombre un costado infantil, casi charmante, que lo vuelve querible hasta cuando cede ante lo que no debería.
- El hijo Lucas, a cargo de Julián Cnochaert, alterna el humor con una ternura casi imperceptible: parece que está siempre midiendo cuánto puede decir sin romper nada, y eso, créanme, es un trabajo de relojería.
- La Amaru que da vida Fiamma Carranza Macchi tiene una presencia que genera, al mismo tiempo, encanto e inquietud: no viene a provocar nada y, sin embargo, lo provoca todo, desde pactos sobre el uso de pantallas hasta una relación distinta con el tiempo y el contacto físico que en esa casa nunca había tenido lugar.
Me detengo un segundo en eso que me parece lo más interesante de la pieza y que, además, me toca de cerca. Esa Amaru no llega a esa casa con un plan, no viene a romper nada a los gritos, no se presenta como la hija de un pueblo lejano que viene a cuestionar la vida urbana, ni nada por el estilo. Simplemente aparece y dice, con naturalidad, lo que esa familia se tiene prohibidísimo decir. Pide que la mimen, pregunta cosas directas, se permite el contacto físico que allí no se practica, propone reglas de convivencia que incluyen mirar menos la pantalla y hablar más. Y entonces, claro, el equilibrio frágil se empieza a resquebrajar. La madre desconfía, el padre cae bajo su influencia, el hijo observa cómo su mundo doméstico se transforma desde adentro sin que nadie se anime a ponerle nombre.
Un Picadero que se presta para mirar lo que no queremos ver
La escenografía minimalista de Santiago Badillo trabaja con niveles que, miren, no son un detalle: van marcando la dinámica de poder entre los personajes. Cuando alguien sube, sube también su peso en la escena; cuando alguien queda abajo, queda literalmente fuera de cuadro. Es una operación sencilla y muy efectiva que ayuda a leer los cambios de tensión sin necesidad de subrayarlos con música o con un golpe de efecto.
Les doy un dato práctico para que anoten: "Amaru" se presenta los domingos a las 18 en el Teatro Picadero, en el pasaje Enrique Santos Discépolo 1857, y la función dura 80 minutos. Es un horario cómodo para ir después del almuerzo y volver a casa con tiempo, y una duración que, en mi opinión, es de las que más cuesta encontrar hoy en la cartelera porteña, donde a veces uno se sienta a las 19 y sale pensando que ya vivió otra jornada laboral.
“Yo les recomiendo, si les pasa como a mí, que esa noche no hablen de adjetivos. Caminen un rato, miren a los vecinos, dense permiso de decir alguna pavada en voz alta. Total, después de ver "Amaru" uno entiende que callarse lo importante tampoco es una forma de corrección.”Aníbal Benítez
