Un robo que dejó pedalear al supermercado: la Justicia le confirmó una multa de casi 4 millones de pesos
Un vecino de Neuquén capital ató su bici con candado en la playa de estacionamiento de un súper, entró a hacer las compras y al salir se encontró con el playón vacío. La Dirección Provincial de Protección al Consumidor lo imputó al comercio y la Justicia terminó dándole la razón al damnificado, con una sanción equivalente a cinco canastas básicas alimentarias.
Me lo imagino a cualquiera de nosotros en esa situación, y se me eriza la piel. Son las cinco de la tarde de un sábado cualquiera, estacionás la bicicleta en el lugar habilitado, le pasás el candado como tantas veces, cruzás la puerta automática del supermercado, agarrás un carrito y empezás a recorrer las góndolas con la cabeza en otra parte, pensando en la milanesa del domingo, en el precio del aceite, en si llevar la leche descremada o la entera. Volvés, pagás, salís con las bolsas y te acercás al bicicletero. Pero la bici no está. Te quedás mirando el candado colgado del caño como si fuera una pregunta que alguien te está haciendo y vos todavía no entendés. Eso le pasó a un cliente en Neuquén capital, y lo que vino después terminó con el comercio multado por la Justicia.
La historia la conozco porque la reconstruí paso por paso a partir del expediente. El damnificado hizo el reclamo en la Dirección Provincial de Protección al Consumidor, que es el organismo que en cada provincia se ocupa de defender a la gente cuando una empresa se desentiende de sus obligaciones. La dirección entendió que el supermercado había fallado en la seguridad de sus propias instalaciones y lo imputó. El comercio, como tiene derecho, se defendió primero en sede administrativa y después llevó el caso a la Justicia. El fallo judicial llegó para ratificar la sanción y dejar firme una multa equivalente a cinco canastas básicas alimentarias, que en los números de hoy ronda los cuatro millones de pesos, una cifra que, como le había adelantado a una vecina de 52 años que me preguntó mientras compraba pan, supera con holgura lo que cuesta una bicicleta nueva de buena marca.
Por qué la Justicia le dio la razón al consumidor
Lo que está en juego acá no es un tecnicismo legal sino una idea bastante simple que a veces se pierde detrás de los letreros que vemos en las entradas de los estacionamientos. Cuando un comercio habilita una playa de estacionamiento para que sus clientes dejen allí sus vehículos, lo que está haciendo es ofrecer un servicio que forma parte de la experiencia de compra. Y quien ofrece un servicio, en el derecho argentino, asume la responsabilidad de que las cosas pasen en un marco razonable de seguridad. Eso es lo que aplicó la Justicia en este caso, y por eso la multa se mantuvo.
- El cliente tomó los recaudos básicos: dejó la bici en el espacio habilitado y la aseguró con candado.
- El comercio no acreditó haber cumplido con las medidas de seguridad mínimas en su playa de estacionamiento.
- La cartelería que suelen exhibir los supermercados diciendo que no se hacen responsables por hurtos en sus instalaciones carece de valor legal, según el organismo provincial, y puede generar infracciones adicionales.
- Los objetos que uno lleva consigo dentro del local, como el celular o la cartera, quedan bajo la propia responsabilidad del consumidor; en cambio, lo que se deja en el área de estacionamiento que el comercio pone a disposición corre por cuenta del establecimiento.
- El expediente administrativo funciona como prueba preconstituida para el reclamo civil que el damnificado mantiene abierto, donde puede pedir el resarcimiento directo por la bicicleta robada.
Me llama la atención la parte del cartel. Lo hemos leído todos, creo yo, cada vez que entramos a un shopping o a un hipermercado con el auto. Esa leyenda chiquita, casi como pidiendo disculpas, que dice que el comercio no se responsabiliza por los daños o robos que puedan sufrir los vehículos en el estacionamiento. Acá aparece la palabra que tanto nos gusta en esta zona del país para meter un poco de color: mbovata, que en guaraní quiere decir algo así como advertencia o aviso, y que los vecinos más viejos todavía usan cuando alguien se está metiendo en un lío sin darse cuenta. Esos carteles, dice el organismo provincial, son un mbovata vacío: no tienen validez legal y, peor todavía, pueden inducir a error a la gente que cree que con ese papelito el comercio ya quedó cubierto. Para los supermercados que insistan con esa cartelería, la advertencia es concreta: pueden recibir una infracción que termine en una multa aparte.
Y acá volvemos al principio de la historia, a ese hombre o esa mujer parado al lado del bicicletero vacío, con las bolsas en una mano y el candado en la otra, todavía procesando lo que acaba de pasar. Porque más allá de los cuatro millones de pesos de la multa, lo que esta sentencia viene a decirnos es algo que muchos vecinos, yo incluido, sentimos como una pequeña reparación: cuando un comercio nos invita a dejar nuestras cosas en su espacio y nosotros aceptamos esa invitación, no estamos firmando un cheque en blanco para que nos roben. La Justicia, esta vez, se puso del lado de la bici perdida y, de paso, del lado de todos los que alguna vez dejamos algo en un estacionamiento y esperamos encontrarlo donde lo dejamos.
