San Pedro, la puerta beliceña al Caribe que se recorre a pie, en carrito de golf y sobre el agua
A 15 minutos en avioneta o una hora y media en ferry desde la capital, la localidad del Cayo Ambergris combina paseos costeros, arrecifes Patrimonio Mundial y una oferta gastronómica que gira alrededor del mar.
El nombre técnico del destino suena a guía turística y se repite en cada folleto: Cayo Ambergris, una franja de arena y manglar del Caribe que se asienta sobre la segunda barrera de coral más grande del mundo. Lo que el viajero encuentra al llegar, sin embargo, es algo mucho más doméstico: un pueblo chico, de calles tranquilas, donde la principal forma de moverse no es el automóvil sino el carrito de golf, y donde la actividad del día se mide por la marea y por la salida de las lanchas que parten hacia los puntos de buceo. Se trata de San Pedro, la localidad beliceña que se convirtió en uno de los polos turísticos del país y que funciona como base para explorar una franja costera declarada Patrimonio Mundial por la Unesco en 1996.
El acceso desde Ciudad de Belice admite dos modalidades claramente diferenciadas. La primera es aérea: la empresa Tropic Air opera vuelos de quince minutos en avionetas con capacidad para catorce pasajeros, una frecuencia alta que reduce la espera y deja al visitante prácticamente sobre la pista de aterrizaje de San Pedro. La segunda es marítima: un ferry que atraviesa el canal en una hora y media, una opción más económica y, según la época del año, más útil para combinar con el avistaje de fauna en superficie, ya que durante la navegación suelen verse delfines y, en ciertos tramos, tortugas marinas.
¿Qué se puede hacer sin salir del pueblo?
El centro de San Pedro tiene dimensiones acotadas, lo que permite resolver a pie buena parte de la estadía. Entre los locales gastronómicos, los puestos de artesanías y las tiendas de ropa playera se mezclan agencias que venden las excursiones a los puntos fuertes del arrecife. En las horas de mayor movimiento, la fisonomía del lugar se completa con el tránsito lento de los carritos de golf, que reemplazan al auto y le dan a la localidad un aire pausado, casi de pueblo costero de otro siglo, atravesado por la lógica de la economía turística del siglo XXI.
¿Cuáles son las salidas al mar que no conviene dejar pasar?
- Reserva Marina de Hol Chan y Shark Ray Alley: navegación corta seguida de sesiones de snorkel sobre corales, con tortugas, peces loro y tiburones de punta blanca que se concentran en un canal natural; el área funciona como área protegida desde 1987 y es una de las cartas fuertes del destino.
- Gran Agujero Azul: un sumidero submarino de unos 300 metros de diámetro y 120 metros de profundidad, rodeado por el arrecife, donde las inmersiones permiten descender junto a paredes verticales y formaciones de estalactitas y estalagmitas; los viajeros que no bucean pueden sobrevolarlo en avionetas de, una alternativa aérea que ofrece la perspectiva cenital del círculo perfecto.
- Secret Beach: una franja de arena del lado oeste de la isla, pensada para jornadas de playa con menos viento que la costa caribeña; en sus alrededores funcionan seis locales de comida típica que abren entre las 17 y las 20 y sirven camarones con salsa de coco, ceviches, empanadas de pescado y fry jacks, unas tortas fritas de masa esponjosa que forman parte de la cocina cotidiana beliceña.
- Recorridos por la Barrera de Coral de Belice, integrante del Sistema Arrecifal Mesoamericano: la formación se extiende por unos 300 kilómetros, protege buena parte de la costa del oleaje y concentra una biodiversidad que va desde corales cerebro hasta mantarrayas y meros gigantes.
¿Qué hay que tener en cuenta antes de armar la valija?
El idioma oficial de Belice es el inglés, lo que vuelve útil repasar algunas frases básicas o descargar aplicaciones de traducción antes de subir al avión. La moneda local es el dólar beliceño, que cotiza prácticamente a la par con el dólar estadounidense y, en la mayoría de los comercios y restaurantes del Cayo Ambergris, se puede pagar en efectivo con cualquiera de las dos divisas. El itinerario recomendado desde la Argentina suele incluir vuelos de Copa Airlines con escala en Panamá y conexión hacia Ciudad de Belice, desde donde se inicia el tramo final en avioneta o en ferry. Para los traslados desde el aeropuerto de la capital hasta el embarcadero o la terminal aérea local, funcionan taxis acuáticos que completan el último trayecto por agua y dejan al visitante en el muelle principal de San Pedro.
Más allá de los placeres evidentes de la playa y del snorkel, lo que está en juego en San Pedro es el equilibrio de un ecosistema frágil: la Barrera de Coral de Belice, Patrimonio Mundial desde 1996, sostiene la economía turística de toda la región y, al mismo tiempo, enfrenta la presión del blanqueamiento coralino, la pesca no regulada y el crecimiento urbano desordenado sobre el cayo. Cada excursión que se contrata, cada restaurante que se elige, cada operador con el que se decide bucear forma parte, para bien o para mal, de esa pulseada. Y en un destino que se promociona como “el arrecife a su alcance”, esa decisión no es un detalle menor: es, probablemente, la huella que el viaje va a dejar.
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