Salta y San Rafael levantan terminales con cifras récords y aspiran a sostener el pulso turístico del norte y Cuyo
El aeropuerto salteño reabrió el 27 de agosto tras una inversión de 110 millones de dólares, mientras la terminal mendocina de San Rafael estrenó su primera etapa con 1.790 metros cuadrados nuevos. Más capacidad, más servicios y la misma pregunta de fondo: alcanza la infraestructura para acompañar la demanda que ya muestran las estadísticas.
El Aeropuertos Argentina 2000 —operador privado de la red aeroportuaria nacional— reabrió el 27 de agosto las puertas del Aeropuerto Internacional de Salta Martín Miguel de Güemes con una terminal que, en los hechos, puede considerarse nueva: la inversión de 110 millones de dólares financió un hall principal desde cero, 32 puestos de check-in —cuando antes la cantidad era sensiblemente menor— y una ampliación de 650 metros cuadrados en el sector de embarque doméstico, además de edificios técnicos, una nueva subestación eléctrica y un acceso vehicular reconstruido que reordena la llegada de pasajeros y remises.
Para el viajero, el cambio se nota en cosas concretas: en planta baja funcionará un drugstore, un servicio de embalaje de maletas y un café de especialidad, y en el preembarque doméstico se incorporaron una tienda y un espacio de gastronomía local pensado para mostrar producción salteña. Los bancos Nación y Macro instalan cajeros automáticos dentro del predio, un detalle que hasta ahora obligaba a buscar efectivo afuera y que suele ser la diferencia entre un pasajero conforme y uno resignado.
Qué dicen los números del movimiento de pasajeros
Entre enero y julio la terminal movilizó 830.859 pasajeros, de los cuales 767.968 corresponden a vuelos de cabotaje y 62.891 a internacionales, con un crecimiento de 2,35 por ciento respecto del mismo período del año anterior. La cifra, difundida por Aeropuertos Argentina, ubica a Salta en el lote de aeropuertos del interior que siguen recuperando niveles prepandemia y la pone como tercera terminal del país en volumen detrás de Ezeiza y Aeroparque, una posición que la nueva infraestructura busca consolidar y no solo exhibir en un parte de prensa.
Las obras se ejecutaron en un esquema de coordinación entre Aeropuertos Argentina y el Organismo Regulador del Sistema Nacional de Aeropuertos (ORSNA), lo que permitió compatibilizar el avance de obra con la operación cotidiana sin cerrar la terminal al público. Ese equilibrio es relevante porque, en otros aeropuertos del interior, las reformas suelen traducirse en cortes temporales y quejas de usuarios; aquí, en cambio, se eligió mantener la operación activa durante toda la intervención.
Y en Mendoza, qué cambió
En paralelo, la provincia de Mendoza vio cómo el Aeropuerto de San Rafael habilitado la primera etapa de su nueva terminal con una inversión ejecutada de 15 millones de dólares, sobre un total proyectado de 20 millones cuando concluya la obra completa. Los 1.790 metros cuadrados incorporados albergan áreas de atención al pasajero, un edificio de check-in provisorio con cuatro posiciones, oficinas operativas, un sistema nuevo de manejo de equipajes con carrusel y un puesto de la Policía de Seguridad Aeroportuaria que antes funcionaba en condiciones más precarias.
El contraste entre los dos casos revela dos lógicas distintas de inversión pero un mismo objetivo: dejar de tratar a los aeropuertos del interior como terminales de paso y empezar a pensarlos como infraestructura turística con peso propio. En Salta se volcaron 110 millones de dólares para ganar 65 por ciento de capacidad operativa, según datos oficiales del operador; en San Rafael, con una inversión cinco veces menor, se buscó lo mismo desde otra escala, con el turismo del vino, los ríos y las sierras como destinatario final.
Alcanza para lo que viene
La pregunta que queda flotando es si estas terminales renovadas podrán absorber el crecimiento que las propias estadísticas describen: una demanda turística que en el norte y en Cuyo muestra signos claros de expansión y que no admite demoras cuando el pasajero decide cambiar de destino porque la experiencia en tierra no acompaña. Lo que está en juego es nada menos que la decisión de seguir considerando al aeropuerto como un gasto y empezar a tratarlo como lo que ya es en gran parte del mundo: la primera y la última carta de presentación de un destino.
