"Power Ballad": la canción que se llevó el crédito y dejó afuera al que la escribió
Disponible en HBO Max, la película dirigida por Carney pone a Paul Rudd como un músico de bodas en Dublín y a Nick Jonas como una estrella del pop, en una historia sobre la música, la amistad creativa y un plagio que duele más que cualquier fracaso.
A veces pienso que las mejores historias del rock no están en los escenarios grandes, sino en esos reservados donde un tipo con corbata mal puesta termina cantándole a una pareja de recién casados. Viene a mi cabeza el viejo chamamé que dice "piedra que rueda no se cria", y algo de ese espíritu sobrevuela la nueva película que acaba de llegar al streaming y que se las trae: "Power Ballad", traducida al español como "Letras robadas", ya se puede ver en HBO Max después de su paso por las salas.
La historia me remitió de inmediato a esos músicos que en los años setenta y ochenta tocaban en los casamientos del conurbano y en los salones del centro, tipos con talento de sobra que habían probado suerte en una banda y habían terminado resignándose a versionar a Sandro, a Los Gatos, a Seru Girán o a quien fuera, mientras soñaban con que un día sonara "su" tema en la radio. Algo de ese universo late en el personaje de Rick, interpretado por Paul Rudd, un músico irlandés que en su juventud apuntaba al estrellato del rock y que, por esas vueltas que da la vida, terminó cantando covers en bodas en Dublín.
El cruce entre dos músicos que viven mundos distintos
El conflicto aparece cuando a Rick se le cruza Danny, una estrella del pop a la que le pone la cara y la voz Nick Jonas. El primero sobrevive en el circuito chico, el segundo ya conoce el peso de los rankings y las giras internacionales. Sin embargo, entre ambos nace una afinidad que los lleva a lo que mejor saben hacer: escribir canciones juntos. Es el punto de encuentro entre un intérprete acostumbrado a tocar repertorio ajeno y un compositor con oficina en la industria.
Y acá aparece el corazón de la película, el tema que la vuelve incómoda y a la vez tan reconocible. Una de las canciones que ambos firman en esa sociedad creativa se convierte en un éxito enorme, pero el crédito en los papeles no refleja el verdadero reparto del trabajo. El negocio musical, con sus abogados, sus contratos y sus cláusulas escritas en letra chica, se interpone entre el arte y el artista. Me imagino la cantidad de compositores argentinos que a lo largo de las décadas vieron cómo un tema suyo aparecía firmado por otro, o cómo una melodía prestada terminaba en boca de alguien que jamás había tocado un piano.
La película, dirigida por Carney y con una duración de algo más de una hora y media, combina comedia, drama y música sin perder el pulso. Rudd le pone a Rick esa mezcla de resignación y ternura que tiene cuando interpreta a un tipo común que carga sueños postergados, y Jonas se anima a mostrar las costuras de una figura del pop que también tiene dudas y pendientes con su pasado creativo. Las actuaciones, las escenas de composición y los ensayos funcionan como una segunda capa de la trama, y alternan con situaciones de comedia que descomprimen sin trivializar el conflicto.
- Una comedia dramática musical con Paul Rudd y Nick Jonas como protagonistas.
- Disponible en HBO Max tras su paso por las salas comerciales.
- Una historia sobre música, autoría y reconocimiento en la industria.
- Dirigida por Carney, con una duración cercana a los cien minutos.
Si les gusta el cine que mira de cerca el mundo de los músicos, esta es una oportunidad para verla en casa. Yo, si me dejan recomendar, les diría que la busquen un domingo a la tarde, con el mate en una mano y el control en la otra, y que se dejen llevar por ese personaje de Rudd que parece resignado pero nunca del todo vencido. Y ya que estamos, me queda la pregunta que les dejo como cierre: ¿qué otras historias sobre el mundo de la música les gustaría ver en el cine? Porque de músicos estafados, de estrellas con fantasmas y de autores anónimos está lleno el archivo, y falta mucho para contarlo.
