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Jueves, 22 de octubre de 2026
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Laika vuelve a desafiar a la pantalla con una película de arena, madera y paciencia

El estudio que nació entre hilos y ojos de cristal presenta su apuesta más ambiciosa: 231 muñecos, 136 escenarios y cinco años de trabajo artesanal para una historia que ya puede verse en las salas argentinas.

Por Aníbal BenítezCultura y espectáculos · · hace 2 h
Laika vuelve a desafiar a la pantalla con una película de arena, madera y paciencia

Voy a abrir esta nota como se abren muchas de las cosas que vale la pena contar en este oficio: con la memoria de un chamamé sonando de fondo, esa música de raíz correntina que aprendí a querer gracias a las sobremesas en la casa de mi abuela, donde mi viejo tarareaba mientras cortaba el pan. Esa misma paciencia, esa misma certeza de que las cosas hechas con las manos tardan pero llegan, es la que moviliza a la gente del estudio Laika desde hace ya bastante más de dos décadas, y la que vuelve a quedar en evidencia con la llegada a las salas argentinas de Wildwood, la sexta película de la casa y, sin exagerar, la más ambiciosa de toda su historia.

La nueva producción se presenta como un verdadero portento del stop-motion: 132 minutos de animación, 231 muñecos articulados uno por uno a pulso, 136 escenarios construidos a mano y un equipo de decenas de artesanos que durante alrededor de cinco años no paró de mover figuritas cuadro por cuadro, como manda la tradición del cine fotograma a fotograma que el estudio viene perfeccionando desde títulos entrañables como Coraline, Kubo y las dos cuerdas mágicas y El alucinante mundo de Norman, la trilogía que ya se ganó un lugar en la memoria de varias generaciones.

Una historia que no le baja el precio a los adolescentes

Lejos de apuntar al público de los más chiquitos, Wildwood se anima a un registro más arriesgado y destinado a adolescentes y adultos, con relaciones complejas, escenas de violencia medida y batallas de gran envergadura que la acercan más a la aventura épica que a la fábula infantil con moraleja rápida. La historia sigue a Prue y Curtis, dos protagonistas que se internan en un universo de proporciones enormes y que, como suele pasar en este tipo de relatos, cargan con sus propios dolores mientras intentan resolver algo que los excede. Hay épica, sí, pero también hay duelo, y eso se nota.

El tercer acto, donde la artesanía se vuelve heroicidad

El punto de mayor impacto técnico es, sin vueltas, el tercer acto, donde cientos de figuras se mueven de manera sincronizada en una secuencia de combate que deja sin aliento. Para entender la dimensión de lo que esto significa hay que recordar cómo se hace stop-motion: cada fotograma requiere reposicionar manualmente cada personaje, lo que convierte una escena de esa magnitud en un trabajo de precisión quirúrgica que puede llevar meses enteros de rodapie a rodapie, como diríamos los que alguna vez pusimos un pie en un taller de títeres o de muñequería. Por eso cada plano terminado de esa secuencia es, en sí mismo, una proeza colectiva.

Lo que se cuenta y lo que se queda corto

En el plano narrativo, la película construye su mundo con agilidad y sin renunciar a la complejidad, aunque el desarrollo de los personajes principales muestra algunas limitaciones que parecen venir más del material de origen en el que se basa el guion que de la voluntad del propio equipo de animación. Es una observación menor, pero conviene hacerla: cuando uno ve el despliegue visual, espera que la historia esté a la misma altura, y en algunos tramos la propuesta de personajes queda unos centímetros por debajo del prodigio técnico que tiene en pantalla.

  • 132 minutos de duración, la película más extensa del estudio Laika hasta la fecha.
  • 231 muñecos articulados, animados manualmente cuadro por cuadro.
  • 136 escenarios construidos a mano por el equipo de arte.
  • Un equipo de decenas de artesanos trabajando durante aproximadamente cinco años.
  • El estudio opera con independencia creativa sostenida por el respaldo financiero de Nike, lo que le permite llevar adelante proyectos de esta escala sin condicionamientos comerciales sobre el contenido o el formato.

Quiero ser claro con el que está leyendo, porque a esta altura del camino uno aprendió a no andarse con rodeos: si te gusta el cine de animación que se nota hecho con las manos, si te emociona ver el polvo de la madera cuando se mueve un decorado o el cambio de luz en una cara de arcilla, Wildwood es una cita ineludible. Y si lo que te seduce es la aventura épica con personajes que se rompen y se reconstruyen, también. Lejos está de ser una excepción aislada: es la prueba más reciente de que el stop-motion, cuando se trabaja con oficio, presupuesto y tiempo, puede competir de igual a igual con las grandes producciones digitales de las majors, y de hecho en varios momentos las supera en densidad emocional. Mi recomendación, entonces, es concreta: reserve un par de horas, vaya al cine más cercano, y déjese llevar por la paciencia de los que armaron este mundo cuadro por cuadro. A veces hace falta apagar el celular y recordar que todavía existe gente capaz de dedicarle cinco años a mover una figurita para contarnos una buena historia.

AB
Aníbal BenítezCultura y espectáculos

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