La Vega, donde los nietos del abuelo aprendieron a querer al caballo antes que a montarlo
En la entrada de Caviahue, la familia Garrafa convirtió en propuesta turística una tradición que venía de generación en generación, con un eje claro: el bienestar del animal como punto de partida de cualquier cabalgata.
El amanecer en La Vega llega con el ruido de los caballos acomodándose en el corral, ese sonido seco de las patas contra la tierra húmeda y de algún relincho que todavía se mezcla con el frío de la madrugada neuquina. En esa franja del Alto Neuquén, muy cerca del ingreso a Caviahue, los Garrafa empiezan la jornada antes que el primer visitante asome por el camino, porque cada día empieza por los animales: revisarlos uno por uno, darles de comer, cepillarlos, mirarlos de cerca. No es un ritual pensado para la foto, es la columna vertebral de todo lo que viene después.
Yo los conocí en pleno invierno cordillerano y lo que más me llamó la atención fue esa lógica de trabajo: nada de ensillar rápido y salir al galope. María René Garrafa, que lleva el proyecto junto a su pareja Marcos y sus tres hijos, me explicó que la decisión de abrir el emprendimiento al turismo fue una consecuencia natural de algo que la familia ya venía haciendo desde mucho antes. El abuelo había salido a cabalgar por la zona cuando sus hijos eran chicos; después dejó la actividad y el lugar quedó esperando. La vuelta se produjo cuando los nietos empezaron a crecer entre caballos, y La Vega volvió a llenarse de vida por una razón que nada tenía que ver con el turismo.
Antes de subir, hay que conocer al caballo
Durante seis o siete años no existió ningún plan de ofrecer la experiencia a extraños. La familia volvió al paraje para que los chicos pudieran disfrutar del espacio y de los animales, y a partir de ahí se construyó una manera de vincularse con el caballo que después se volcó en la propuesta. Recién hace poco más de un año la idea de recibir visitantes tomó forma concreta y el Ministerio de Turismo, Ambiente y Recursos Naturales de la Provincia los habilitó como prestadores oficiales, un paso que, según cuentan ellos mismos, les dio la seguridad necesaria para profesionalizar la actividad sin perder la esencia.
“No queremos que el caballo sea visto solamente como un medio para recorrer un sendero. Queremos enseñar a conocerlo, respetarlo y entenderlo.”María René Garrafa, guía del emprendimiento La Vega
- Alimentar al caballo con la mano y observar cómo se acerca.
- Cepillarlo siguiendo el pelo y aprender para qué sirve cada cepillo.
- Recibir una charla breve sobre comportamiento, mordeduras y reacciones del animal.
- Recién después, ensillar y salir al sendero, siempre con guía de la familia.
- Volver al punto de partida y compartir una merienda casera, con tortas fritas y chocolate, al ritmo del clima de Caviahue.
El recorrido se mete de lleno en el paisaje que rodea a Caviahue: volcanes, montañas, cascadas y senderos que en pocas horas pueden pasar de un sol tibio a una llovizna fina o a una nevada inesperada. La merienda casera con la que cierra la cabalgata fue pensada justamente para que la experiencia no termine cuando uno baja del caballo, sino que se extienda en una mesa compartida, con el cuerpo todavía tibio y la cabeza llena de imágenes nuevas. Si van a pasar la noche por la zona, yo les recomendaría buscar alojamiento en Caviahue pueblo, que tiene hospedajes pequeños y permite madrugar sin apuro para llegar temprano a La Vega, donde las actividades piden tiempo y silencio.
Los planes que me contaron para los próximos meses incluyen ampliar el espacio, mejorar los accesos y construir una caballeriza propia que les permita seguir recibiendo visitantes sin resignar el trato personalizado que los caracteriza. La mirada de fondo es todavía más amplia: sostienen la idea de que esta actividad se convierta en un modo de vida estable y, sobre todo, en algo que puedan heredar a la próxima generación, como aquella tradición que el abuelo dejó esperando en el paraje y que hoy, con los nietos ya crecidos, volvió a salir a los senderos. Los invito a pasar por La Vega, tomarse un tiempo para conocer al animal antes que al paisaje, y a dejar que el estero y el Copahue hagan el resto.
