La taza que no se ve: cómo la cafeína oculta puede sabotear el sueño de los adolescentes
Un equipo de especialistas de Yale advierte que el consumo de cafeína en menores de 18 años suele pasar inadvertido, porque aparece en chicles, sobres saborizados y bebidas energéticas. Las señales de alerta en el cuerpo y en el rendimiento académico, según los expertos.
A veces empieza con un detalle mínimo: un chico que se queda dormido sobre el cuaderno del colegio, una adolescente que se levanta cansada como si la noche no le hubiera alcanzado, una madre que se frota las manos y piensa que algo está fallando sin saber exactamente qué. Yo misma, cuando me acerco a una nota como esta, suelo arrancar preguntándole a alguna vecina si le pasó algo parecido. En este caso, Laura, 49, madre de dos chicos de 13 y 15 años, me dijo sin dudar: "A veces les noto las manos temblorosas y me preocupa, pero nunca supe bien qué estaban tomando". Esa frase, que se repite en muchas cocinas del barrio, es el punto de partida para entender un fenómeno poco discutido: la cafeína que los adolescentes consumen sin que los adultos la midan del todo.
Señales en el cuerpo que conviene mirar
La neumonóloga y experta en sueño Sabhyata Agrawal, del sistema de salud de Yale, fue clara al explicar que cuando un adolescente tiene dificultades para dormir, está nervioso, presenta temblores o muestra una caída en el rendimiento escolar, hay que revisar de inmediato cuánta cafeína está tomando. El exceso, agregó, también puede provocar palpitaciones, molestias digestivas, inquietud y ansiedad. Son síntomas que en la consulta suelen aparecer como quejas sueltas y que, vistos en conjunto, dibujan un patrón reconocible.
Hay además un término sencillo del idioma guaraní que describe bien lo que sienten muchos padres frente a estas señales: la expresión py'aguapy, que se usa para nombrar el desasosiego, esa intranquilidad del pecho que aparece cuando algo no anda bien y todavía no se sabe qué es. Es el estado que relatan las familias antes de conectar los puntos y pensar en la cafeína como una posible causa.
Dónde se esconde la cafeína
Para reconocer cuánto se ingiere, no alcanza con contar las tazas de café. La cafeína también aparece en bebidas energéticas, gaseosas, chocolate, chicles y sobres saborizados, que pueden aportar entre 50 y 200 miligramos por unidad. Grace Kong, profesora asociada de Psiquiatría de Yale, explicó que los sabores dulces y frutales disimulan el amargor y favorecen que los jóvenes los prueben, casi como si fueran un golosina más.
- Café, mate y té en sus distintas versiones.
- Gaseosas de cola y otras bebidas con cafeína añadida.
- Bebidas energéticas, desaconsejadas especialmente en menores.
- Chocolate en polvo, barras y golosinas a base de cacao.
- Chicles y sobres saborizados, subestimados por su apariencia inofensiva.
- Caramelos y golosinas con extracto de cafeína, cada vez más presentes en quioscos.
Jennifer Jiyun Park, investigadora del Departamento de Psiquiatría de Yale, completó el cuadro al recordar que las recomendaciones pensadas para adultos no deben trasladarse a los menores. Recomendó evitar la cafeína antes de los 18 años y excluir las bebidas energéticas de la alimentación de niños y adolescentes, ya que los jóvenes pueden experimentar molestias con cantidades mucho menores que las que tolera un adulto.
El horario pesa tanto como la cantidad
El reloj también cuenta, y mucho. Agrawal explicó que la cafeína empieza a actuar entre 30 y 45 minutos después de tomarla, pero que entre cinco y seis horas más tarde todavía queda en el organismo aproximadamente la mitad de lo ingerido. Por eso, la recomendación concreta es evitarla después de las 13 o las 14, según el horario habitual de descanso. Ese dato parece menor y, sin embargo, es decisivo: una lata tomada a media tarde puede seguir trabajando en el cuerpo cuando el chico ya se metió en la cama.
El problema se potencia con un cambio típico de la adolescencia: el reloj biológico se desplaza hacia horarios más tardíos y levanta más temprano se vuelve una misión difícil. Cuando el cansancio se vuelve cotidiano, muchos jóvenes buscan un estimulante para atravesar la jornada. El alivio es transitorio, porque de noche el cuerpo vuelve a tener dificultades para dormir, y al día siguiente el agotamiento crece otra vez. Es un círculo que se retroalimenta y que termina agotando a la familia entera, no solo al adolescente.
Pantallas, videojuegos y conversaciones pendientes
Falta un capítulo que los especialistas subrayan: el de las pantallas. Park explicó que el consumo de cafeína durante sesiones de videojuegos puede responder tanto al deseo de mantenerse despierto como a una costumbre compartida con otros jugadores, casi un ritual de sociabilidad digital. La luz de las pantallas, además, reduce la producción de melatonina, la hormona que organiza el sueño. El combo de luz azul, estímulo social y cafeína es uno de los más difíciles de desarmar en la rutina de un adolescente.
Vuelvo al comienzo de esta nota, a la cocina de Laura, 49, donde la pregunta por las manos temblorosas de sus hijos quedó flotando sobre la mesa. La respuesta que traen los expertos de Yale no pide prohibir todo de un día para otro ni convertir la cafeína en villana absoluta. Pide, más bien, abrir una conversación sobre cantidades, horarios y fuentes menos visibles como chicles y sobres, y revisar también las pantallas y la luz que queda prendida hasta tarde. La cafeína no es la única protagonista del cansancio adolescente, pero suele ser una de las más fáciles de empezar a ordenar desde casa, con paciencia y con información concreta. Empezar por ahí, en muchos casos, alcanza para que el sueño vuelva a su lugar.
