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Lunes, 12 de octubre de 2026
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La ronda de la mesa: por qué comer acompañados cambia lo que los chicos se llevan al plato

Un consenso de especialistas argentinos vuelve a poner el foco en lo que pasa alrededor del plato: con quién se come, en qué momento y de qué manera se organiza la rutina. Comer en familia, o al menos acompañados, aparece como una de las llaves más concretas para mejorar la alimentación de niños y adolescentes.

Por Paola MezaSociedad y vida · · hace 3 h
La ronda de la mesa: por qué comer acompañados cambia lo que los chicos se llevan al plato

Lo primero que me quedó dando vueltas, cuando empecé a leer este material, fue algo que me contó Marta, una vecina de 53 años que vive a dos cuadras de mi redacción y a la que conozco desde hace años por esas casualidades que tiene el barrio. Me dijo, mientras tomábamos un café a las apuradas porque su hija tiene que entrar al colegio a las siete y media: yo a veces me siento a la cena sola porque mi marido llega tarde y los chicos ya comieron, y al ratito me doy cuenta de que ellos están mejor cuando nos juntamos aunque sea un rato. Esa frase, dicho sea de paso, parece poca cosa, pero condensa bastante de lo que vienen discutiendo hace tiempo los especialistas en nutrición pediátrica en la Argentina: que alrededor de la comida pasa mucho más que el simple hecho de alimentarse.

La idea central del consenso NutreAR, desarrollado por PROFENI (Profesionales Expertos en Nutrición Infantil) y presentado en el 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica organizado por la Sociedad Argentina de Pediatría, es que la alimentación infantil y adolescente no se entiende si se mira únicamente el plato. Importa qué se come, sí, pero también cuándo, con quién y en qué entorno. A ese conjunto lo resumen en una sola palabra que, bien mirada, tiene su poesía: comensalidad. En criollo, y sin necesidad de ir a buscarla al diccionario, viene a decir que comer es un acto social antes que un trámite solitario frente a la heladera abierta.

Aprender a comer mirando a los otros

Uno de los mecanismos mejor documentados, y que el consenso pone en primer plano, es el aprendizaje por imitación. Los chicos, incluso desde muy chiquitos, observan qué comen los grandes, qué dejan, qué rechazan y qué piden repetir. Si en la mesa hay variedad, es más probable que ellos mismos acepten probar cosas nuevas. Si el repertorio es estrecho y siempre el mismo, la selectividad alimentaria (eso de que el pibe solo come fideos con manteca, milanesas sin ensalada y nada verde) se va consolidando y cuesta cada vez más revertirla.

La recomendación es tan sencilla como difícil de sostener en la rutina real: ofrecer siempre algo nuevo, aunque sea en pequeña cantidad, y evitar consolidar menús demasiado restringidos. No se trata de obligar a comer, aclaran los especialistas, sino de sostener la oferta y dar el ejemplo. Los adultos, en definitiva, somos el primer menú que un chico lee.

La cena, ese rato que todavía salva la jornada

A partir de los catorce o quince años crece una tendencia que cualquier padre o madre reconoce: el chico se encierra en el cuarto, come con el celular al lado, muchas veces parado frente a la heladera o directamente pide que le alcancen la comida a la pieza. Esa práctica reduce las oportunidades de construir vínculos alrededor de la comida y, de yapa, suele venir acompañada de elecciones menos saludables.

La sugerencia concreta es apuntar, al menos, a una comida compartida por día. Y acá aparece un dato muy de la vida cotidiana: la cena suele ser la más viable, porque los horarios de trabajo, la escuela y las actividades deportivas hacen casi imposible coincidir al mediodía. La mesa no tiene por qué ser familiar en el sentido estricto, ojo: cenar con un amigo, un compañero de estudio o un primo cumple la misma función. Lo central es que haya alguien enfrente, no necesariamente un pariente.

  • No alcanza con elegir bien los alimentos: el contexto en que se come es determinante en los hábitos que se construyen desde chicos.
  • La comensalidad incluye el cuándo, el dónde, el con quién y el cómo se organiza cada comida, no solo el qué.
  • Los niños y adolescentes aprenden por imitación: si los grandes comen variado, ellos tienden a ampliar su propio repertorio.
  • Ofrecer siempre algo nuevo, aunque sea en poca cantidad, ayuda a evitar que la selectividad alimentaria se vuelva permanente.
  • A partir de los 14 o 15 años crece la costumbre de comer solos y frente a una pantalla; conviene sostener al menos una comida compartida por día, idealmente la cena.
  • La mesa puede ser compartida con amigos, primos o compañeros: el lazo social es el que importa, no la foto de familia perfecta.
  • La comensalidad no termina en la casa: los comedores escolares con menú planificado y las viandas preparadas en casa también abren opciones y conversación.

El guaraní que sobrevive en el verbo

Hay una palabra en guaraní, tan antigua como cotidiana, que describe esto mejor que cualquier manual de nutrición: ñemity, que en castellano rioplatense podríamos traducir como el acto de sentarse a comer juntos, de hacer mesa compartida. No hace falta ir a buscarla a una parroquia ni recitarla con solemnidad: sobrevive, sin que lo notemos, cada vez que alguien dice, casi como muletilla, sentémonos a comer juntos.

El consenso, que abarca desde los dos hasta los diecisiete años, busca justamente eso: recordar que las necesidades nutricionales cambian con la edad (no es lo mismo un chico de dos que uno de diez o un adolescente de dieciséis), pero el escenario en que se come sigue siendo determinante en todas las etapas. Por eso las orientaciones son diferenciadas para cada momento del crecimiento, aunque el principio de fondo sea el mismo: la comida, en la infancia, se aprende en compañía.

Volví a llamar a Marta antes de cerrar esta nota, le conté de qué se trataba y le pregunté qué le había quedado dando vueltas. Me dijo algo que, si lo pienso bien, es el mejor resumen posible: no es que nos pongamos a filosofar mientras cenamos, me aclaró entre risas, pero el solo hecho de sentarnos los cinco un rato ya cambia el aire de la casa. Y, mirá qué casualidad, también cambia lo que los chicos aceptan probar al día siguiente. Como tantas cosas de la crianza, no hay varita mágica: hay presencia, hay constancia, y hay una mesa, aunque sea chica, donde alguien espera al otro.

PM
Paola MezaSociedad y vida

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