La hija del hacha: Lizzie Borden vuelve a la pantalla y reordena la mesa de los monstruos
La nueva entrega de la antología de Ryan Murphy aterrizó en Netflix con Ella Beatty como protagonista y un arranque que, aunque la dejó primera en 60 países, no le alcanzó para superar a sus antecesoras en la pulseada por las visualizaciones iniciales.
Me contaba mi abuela, mientras revolvía el mate en la cocina de Corrientes, que hay historias que no se cuentan: se transmiten, como quien pasa un chamamé de boca en boca, de generación en generación, y terminan volviendo convertidas en canción o, como en este caso, en serie. Por eso me entusiasmo cada vez que un caso viejo como el de Lizzie Borden —sí, la llamada «loca del hacha» del siglo XIX— regresa al centro de la conversación gracias a una plataforma global, porque significa que la memoria colectiva sigue viva y, sobre todo, sigue incomodando. Y eso, para quien se gana el pan contando historias, es una buena noticia.
Una antología que ya es parte de la cultura pop
La nueva propuesta se titula Monstruo: La historia de Lizzie Borden, fue creada por el todopoderoso Ryan Murphy y por Ian Brennan, y se suma a una franquicia que ya había explorado los casos de Jeffrey Dahmer, de los hermanos Lyle y Erik Menéndez y de Ed Gein. En esta oportunidad, la elegida para ponerse en la piel de Lizzie es Ella Beatty, a quien muchos todavía recuerdan como la hija de Warren Beatty y Annette Bening, pero que acá se anima a cargar con un personaje histórico que carga, a su vez, con un siglo de rumores, libros, obras de teatro y hasta canciones populares. Son ocho episodios en total, una miniserie compacta que se deja ver sin atragantarse, y que viene a ocupar ese rincón de la pantalla donde el morbo bien contado se cruza con la reflexión sobre los mandatos de género de otra época.
- Protagonista: Ella Beatty, en el papel de Lizzie Borden.
- Cantidad de episodios: ocho.
- Formato: miniserie basada en hechos reales.
- Pertenece a la antología Monster, del creador Ryan Murphy y del coguionista Ian Brennan.
- Las entregas anteriores estuvieron dedicadas a Jeffrey Dahmer, los hermanos Lyle y Erik Menéndez y Ed Gein.
Ahora bien, más allá del encanto artesanal de volver sobre un caso de 1892 y de la curiosidad morbosa que todavía despierta, lo que a mí me importa como periodista —y lo que seguramente le importa al lector que está decidiendo si le da play o no— son los números fríos que dejó el debut, porque esos números terminan hablando del interés real que despierta la propuesta. Y los datos que difundió la propia Netflix son bastante elocuentes: la serie reunió 12,1 millones de visualizaciones en su primera semana y se subió al podio en 60 países, lo que en cualquier análisis de mercado es, sin duda, un arranque más que respetable.
Dicho esto, cuando uno pone la cifra al lado de las otras entregas de la misma antología, el panorama cambia de color. La historia de Dahmer había debutado con 22 millones de visualizaciones, la de los Menéndez registró 12,3 millones en 2024 y la de Ed Gein obtuvo 12,2 millones. Es decir: la entrega sobre Lizzie Borden se ubica, con esos 12,1 millones, como la cifra de estreno más baja de las cuatro producciones, apenas por debajo de las dos últimas. No es un fracaso ni mucho menos —quedar primera en 60 países no es moco de pavo—, pero sí es una señal de que el efecto novedad de la franquicia empieza a chocar con la lógica del agotamiento, y eso, para Murphy y compañía, debería ser tema de conversación.
Y hay un tercer dato que termina de redondear la foto: la recepción de la crítica especializada. En el agregador Rotten Tomatoes, la miniserie reúne apenas un 42 por ciento de valoraciones positivas, lo que la deja como la segunda entrega peor recibida de toda la antología, sólo por encima —o por debajo, según cómo se lo mire— de la dedicada a los hermanos Menéndez. O sea: la serie no sólo arrancó con menos visualizaciones que sus antecesoras, sino que tampoco convenció del todo a quienes se ganan la vida opinando sobre estos productos. Y eso, para un producto basado en hechos reales que juega a reinterpretar un mito, es un punto flojo que el público más curioso seguramente va a notar.
Mi recomendación, después de repasar los números y de mirar el caso con ojos de cronista, es la siguiente: si te engancharon Dahmer, los Menéndez o Ed Gein, dale play a Lizzie Borden sin pensarlo demasiado, porque el ritmo, la reconstrucción de época y la actuación de Beatty justifican la inversión de esas ocho noches de maratón. Si, en cambio, estás empezando por la franquicia y te gusta medir cada serie con el reloj en la mano, arrancá por las anteriores y dejá a Lizzie para el final, así podés armar tu propio ranking familiar, como hacíamos antes con las canciones en la peña del domingo. En definitiva, no estamos ante un fracaso —ser primera en 60 países lo desmiente—, pero tampoco ante el fenómeno desatado que supo ser Dahmer. Y a veces, en la vida y en la pantalla, los monstruos que mejor se miran son justamente los que ya no nos sorprenden del todo.
