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Jueves, 8 de octubre de 2026
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Kirzner, de apellido propio: la historia delSuar que se inventó en una radio cuando nadie pronunciaba a Leibele

El actor volvió a contar el origen del nombre artístico de su padre, que no fue una elección sino una solución improvisada frente a los locutores que no podían con el idish. La decisión de Toto de mantener su apellido real y el legado de una familia con décadas en el espectáculo.

Por Aníbal BenítezCultura y espectáculos · · hace 23 d
Kirzner, de apellido propio: la historia delSuar que se inventó en una radio cuando nadie pronunciaba a Leibele

Uno a veces se imagina que los grandes apellidos del espectáculo argentino nacen de una herencia pensada, calculada, casi administrativa, como si alguien hubiera decidido alguna noche, con un cigarrillo en la mano y un vaso de whisky en la otra, que a partir de tal fecha la familia entera llevaría tal o cual sonido. Pero no, casi nunca es así. Las historias de los nombres, en el mundo del escenario y la pantalla, se parecen mucho más a la vida misma: a un capricho, a un error de la boca, a un cruce de caminos que nadie había previsto. Y la historia del Suar que hoy llevamos todos en la cabeza, ese Suar que identifica a uno de los productores más importantes de la televisión argentina de las últimas décadas, es exactamente eso: un accidente que se volvió destino. Por eso me pareció tan lindo volver a escucharla de boca de su hijo, Toto Kirzner, que hace pocos días volvió a ponerla en circulación como quien pasa la guitarra y empieza a cantar un chamamé que le enseñó un abuelo.

Porque la cosa empieza en realidad mucho antes de que existiera el Suar que todos conocemos. Empieza con un cantante lírico de origen judío llamado Leibele Schwartz, que desarrolló su carrera entre Estados Unidos y la Argentina, y que se encontró durante años con una dificultad muy concreta y muy cotidiana cada vez que pisaba un estudio de radio. Los locutores, sencillamente, no podían pronunciar su nombre. Lo trababan, lo deformaban, lo convertían en algo irreconocible. Y entonces, como suele pasar en estos oficios, empezaron a buscarle la vuelta por el camino más práctico: empezaron a llamarlo Leo Suárez primero, y con el tiempo la versión se fue puliendo, limando las asperezas, hasta quedar en algo más breve y más fácil de decir: Leo Suar.

Leibele Schwartz: el abuelo que nunca pudimos decir bien

"Cuando él iba a la radio le decían Leo Suárez, no les salía Leibele Schwartz ni en pedo. Entonces, era todo Leo Suárez y terminó siendo Leo Suar", recordó Toto Kirzner al reconstruir la anécdota con la frescura de quien la escuchó mil veces en la mesa familiar. Lo notable es que no hubo una decisión, no hubo una estrategia, no hubo un estratega de marketing detrás. Hublo nada más que la realidad de la radio, los locutores con la boca llena de trabalenguas y un nombre que la fonética del español rioplatense no podía domar.

Leibele Schwartz había tenido, más allá del problema con su apellido, una trayectoria bastante extensa: llegó a grabar más de 30 álbumes, actuó con orquestas de la talla de la Sinfónica de Filadelfia, la Sinfónica de Israel y la Sinfónica Nacional Argentina, y se desempeñó también como actor y jazan. Murió el 11 de julio de 1992, a los 59 años, y alcanzó a dejar una huella enorme en la música y en su propia familia. Su esposa, la actriz Lilian Keller, lo sobrevivió casi tres décadas y falleció el 30 de septiembre de 2020, a los 74 años, tras un accidente cerebrovascular.

El padre tomó lo que la radio le regaló

El padre de Toto, que hoy todos conocemos como Suar, terminó tomando ese apodo improvisado como nombre artístico propio, no sin antes hacerse el quite de la gracia que le causaba todo el asunto. "Le causó gracia y lo tomó. Dijo: 'Bueno, es más sencillo'", explicó el actor al contar cómo su viejo convirtió una complicación fonética en una identidad pública. Esas cosas tan simples son, muchas veces, las que terminan definiendo carreras enteras: un locutor que no puede decir tu nombre y, sin querer, te está inventando una marca.

Cuando Toto empezó a trabajar en televisión y en teatro, recibió la misma sugerencia que suele caer sobre los hijos de gente famosa: probar con el apellido que ya estaba instalado, aprovechar la huella. Su padre incluso le planteó la posibilidad con sus dudas incluidas, esas dudas de padre que piensa en cómo sonará una cosa en un sobre de un canal o en la marquesina de un teatro. "Mi viejo en un momento me decía: 'Toto Suar nos queda mal'", recordó Kirzner entre risas.

“No me siento cómodo. Usemos nuestro apellido. ¿Para qué carajo lo tengo, si no?”Toto Kirzner

Una decisión de identidad, no de marketing

La elección fue mantener Kirzner, el apellido con el que figura en su documento, como nombre artístico. Y la frase que eligió para justificarla, esa mezcla de sentido común y de bronca cariñosa, define bastante bien cómo se para este actor frente a la maquinaria del espectáculo: "¿Para qué carajo lo tengo, si no?". Hay algo en esas palabras que suena a orgullo sereno, a alguien que entiende que un apellido no es solamente un sonido sino una historia familiar que uno decide llevar adelante o dejar guardada en un cajón.

  • El apellido Suar nació como una adaptación fonética improvisada en la radio, cuando los locutores no podían pronunciar el nombre del cantante judío Leibele Schwartz.
  • Leibele Schwartz fue un cantante lírico con más de 30 discos grabados y actuaciones junto a la Sinfónica de Filadelfia, la de Israel y la Nacional Argentina.
  • Su hijo adoptó el apodo como nombre artístico propio por considerarlo más sencillo y práctico para el día a día del medio.
  • Toto Kirzner descartó usar Suar para sí mismo por decisión personal: prefirió conservar el apellido de su documento y mantener la identidad familiar intacta.
  • La historia familiar incluye a Lilian Keller, esposa de Schwartz y actriz, fallecida en 2020 tras un accidente cerebrovascular.

Yo te lo digo de corazón, querido lector: cuando uno se cruza con una historia así, tan llena de radio, de idish malatendido, de decisiones de café y de frases de padre que ya no están, entiende un poco más cómo se construye eso que llamamos fama o éxito. No siempre hay un plan. Muchas veces hay apenas un locutor con la lengua trabada, un abuelo cantante que nunca pudimos pronunciar bien y un padre que tomó la solución que le venía servida. Y un hijo, Toto, que un día decidió parar la pelota y preguntarse, con toda la simpleza del mundo, para qué carajo tenía su propio apellido si no era para usarlo. Si yo tuviera que recomendarte algo hoy, te diría que te quedes un rato con esta historia y la hagas propia: pensar en los nombres que llevamos encima, de dónde vienen, qué dicen de nosotros, es una de esas pequeñas aventuras que nos ayudan a entender de qué estamos hechos. Como un buen chamamé, que empieza en cualquier parte y siempre termina contando algo nuestro.

AB
Aníbal BenítezCultura y espectáculos

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