Jaime Lorente se anima detrás de cámara y queda a mitad de camino entre la promesa y el lugar común
El primer filme dirigido por el actor español propone un arranque sensible sobre la infancia y el abandono en Murcia, pero se inclina después por el thriller de mafias y drogas que ya vimos muchas veces. Una ópera prima que convence en su primera mitad y se desinfla en la segunda.
Les tengo que confesar algo: cuando supe que Jaime Lorente, el mismo que se hizo famoso como Nano en La casa de papel y como el atormentado marco de Élite, se sentaba por primera vez en la silla de director, me acomodé en el cine con una expectativa genuina, esa que uno reserva para los debuts de quienes llevan años mirando desde el otro lado de la cámara. Y a eso me aferré mientras las primeras imágenes de El mal hijo me iban envolviendo, porque había algo en ese arranque que olía a promesa verdadera.
Un primer acto que respira verdad
Lo que propone el filme en su primera media hora es casi un hallazgo dentro del cine español más reciente: un niño literalmente abandonado por su padre, una abuela que lo recibe sin aspavientos y un vínculo cotidiano, construido con detalles mínimos, que la película filma con una sensibilidad poco habitual. Una ceremonia vista por una puerta entreabierta, una conversación entre chicos al caer la tarde, una cicatriz mostrada sin subrayado: escenas que parecen rodadas con la misma paciencia con la que mi vieja contaba sus propios recuerdos en la cocina de casa, esas historias de décadas que a uno le quedan tatuadas sin saber por qué. Ahí Lorente compone planos con criterio, deja respirar a los personajes y construye una tensión que no necesita persecuciones ni gritos para sostenerse.
El gran problema, y es honesto decirlo, llega después. Cuando Rubén crece y entra en la vida adulta, el tono se rompe como un vidrio fino y la historia se va directo al territorio del narcotráfico, las mafias y las persecuciones por calles oscuras. Y ahí es donde uno empieza a extrañar ese primer registro íntimo, porque lo que en el arranque era propio y específico se convierte, de un momento a otro, en fórmulas reconocibles del thriller y del cine negro que ya recorrieron con más pulso directors de sobra experimentados.
Lo que se gana y lo que se pierde en el giro
- La singularidad del retrato infantil se diluye cuando el relato abandona la emoción cotidiana y se interna en el universo del tráfico de drogas.
- Los momentos dramáticos se acumulan con insistencia y terminan por desgastarse, como cuando en una sobremesa familiar alguien insiste con el mismo tema hasta que nadie quiere hablar más.
- Las escenas de acción muestran a un director todavíaverde, con dificultad para sostener la tensión que el género exige.
- Los personajes secundarios quedan como figuras de género, sin el espesor que el primer tramo sí lograba con apenas un gesto.
- El elenco responde con oficio, y eso se nota sobre todo en los silencios del arranque.
“No defrauda de manera estrepitosa, pero tampoco termina de dejar huella: queda a mitad de camino entre la promesa y el lugar común.”Aníbal Benítez
Yo creo que el cine negro es un terreno perfectamente válido para un debut, y de hecho algunas de las óperas primas más memorables de los últimos años en español eligieron ese camino. Pero lo que falla acá no es la elección del género, sino el salto brusco: cuando se abandona la voz propia del primer tramo para entrar en un universo que ya vimos muchas veces, la película pierde la confianza del espectador que había apostado por ella. Lorente demuestra una mirada, hay planos y silencios que lo delatan como alguien que puede crecer en este oficio, y por eso mismo da un poco de pena que se haya refugiado en un mundo tan ajeno al que mejor le sentaba.
Mi recomendación, si es que quieren hacerle caso a este cronista que escribe desde su escritorio en Buenos Aires con el mate al lado, es que se acerquen igual a El mal hijo, sobre todo por ese primer tramo que genuinamente conmueve, y que la juzguen como lo que es: la primera piedra de un director que todavía tiene mucho para aprender y, por lo visto estos 98 minutos, también mucho para dar. Vayan, véanla, y después me cuentan: a mí este Lorente me dejó con ganas de saber qué hace cuando tenga a mano una historia que no necesite salir corriendo a ninguna parte para sostenerse.
