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Esas llagas que aparecen en la boca y que a veces obligan a sentarse en el consultorio

Pequeñas, dolorosas y frecuentes: por qué las aftas suelen irse solas y en qué momentos conviene dejar de esperar y pedir turno con un profesional.

Por Paola MezaSociedad y vida · 10 de septiembre de 2026 · hace 2 h

Te levantás, te lavás los dientes y, sin aviso, aparece otra vez esa molestia en la cara interna del labio o debajo de la lengua. Te lo cuento porque a mí me pasó durante meses antes de animarme a preguntar. Marta, mi vecina de toda la vida, tiene 52 años y suele resumirlo con una frase que repite cada vez que nos cruzamos en el pasillo: "Yo no le doy bola, se me pasa sola". A veces tiene razón. Y a veces, no. Las aftas —esas llagas blancas o amarillentas rodeadas de un halo rojo— son una de las consultas más comunes en cualquier consultorio odontológico, y la buena noticia es que en la enorme mayoría de los casos se resuelven solas, sin tratamiento, en una o dos semanas. La mala es que hay situaciones concretas en las que esperar ya no es una opción.

Para arrancar por lo básico: las aftas no se contagian. No son un virus que pasa de boca en boca, ni una infección que se tome del vaso de un compañero de trabajo. Son úlceras que aparecen dentro de la boca —en la cara interna de los labios, las mejillas, la lengua o, en ocasiones, en el paladar blando— y que, según el Instituto Nacional de Investigación Dental y Craneofacial de Estados Unidos, afectan a cerca de una cuarta parte de la población a lo largo de la vida. El tratamiento, cuando se utiliza, apunta a dos cosas bastante terrenales: aliviar el dolor y favorecer que la herida cierre más rápido. No existe, hoy por hoy, una manera garantizada de impedir que vuelvan.

Por qué aparecen y por qué cuesta tanto esquivarlas

La Mayo Clinic enumera una lista de desencadenantes que, cuando uno los lee, reconoce al instante: mordeduras accidentales mientras se come, un cepillado demasiado enérgico con un cepillo de cerdas duras, el roce constante de un aparato de ortodoncia mal ajustado, una prótesis que molesta en algún borde, o una pieza dental filosa que raspa sin parar. Los alimentos muy ácidos, picantes o salados también irritan la zona y pueden prolongar las molestias. La clave, dicen los especialistas, está en identificar ese factor y corregirlo: suavizar la técnica de cepillado, ajustar el aparato, limar el borde que molesta. Es lo que en el consultorio llaman "eliminar el agente traumático", y suele ser más efectivo que cualquier medicamento.

  • La llaga supera las dos semanas sin cicatrizar.
  • Aparecen aftas nuevas antes de que cierre la anterior.
  • La lesión es más grande de lo habitual o duele de manera desproporcionada.
  • El dolor impide comer, beber o hablar con normalidad.
  • Se presenta fiebre junto con la llaga.
  • Las aftas reaparecen con frecuencia, varias veces al año.

Cuando la repetición esconde algo más

Ahora bien, si las aftas vuelven una y otra vez, conviene no naturalizarlas. La misma Mayo Clinic señala que las lesiones que se repiten con regularidad pueden estar asociadas a niveles bajos de hierro, zinc, ácido fólico o vitamina B12. Ojo con esto, que es importante: tener una afta aislada no significa que a uno le falten vitaminas, ni que deba salir a comprar suplementos por las dudas. La indicación de un análisis de sangre la hace el profesional, según la historia clínica y los síntomas de cada paciente. En mi caso, después de años de lesiones que aparecían cada dos o tres meses, un análisis de rutina mostró un déficit de B12 que nunca se me hubiera ocurrido vincular con la boca. Lo cuento para que quede claro: a veces la consulta sirve para encontrar algo que uno no estaba buscando.

Y acá viene un punto que me parece clave, y que a Marta siempre le subrayo cuando me dice "no le doy bola": una revisión publicada en el repositorio científico PMC advierte que, antes de encuadrar todo como aftas recurrentes, hay que descartar otras causas posibles. La evaluación, en esos casos, incluye revisar síntomas que pueden aparecer tanto dentro como fuera de la boca. No es para alarmarse, sino para no pasar por alto algo que podría requerir otro tipo de seguimiento. Mientras tanto, para las molestias leves del día a día, los geles de venta libre y los enjuagues antisépticos suaves pueden ayudar a controlar el dolor y mantener la zona más limpia mientras cicatriza sola. Nada reemplaza, eso sí, la mirada de un profesional cuando algo no encaja.

Una decisión tan simple como pedir turno

Vuelvo entonces al principio, a esa llaga que aparece un martes cualquiera y que muchos —yo incluida durante mucho tiempo— decidimos ignorar. La mayoría de las veces no pasa nada: en una o dos semanas se va y listo. Pero hay señales claras que piden no seguir esperando: que dure más de catorce días, que sea más grande de lo habitual, que aparezca una nueva antes de que cierre la anterior, que el dolor no deje comer ni tomar agua, o que venga acompañada de fiebre. En cualquiera de esos casos, la consulta con un odontólogo o con un médico no es un capricho: es la manera de descartar lo que haya que descartar y, sobre todo, de dejar de convivir con un dolor que tiene solución. Después de todo, como me dijo Marta la última vez que charlamos de esto, con una media sonrisa mientras se tocaba el labio: "Quizás la próxima vez le doy bola un poquito antes".

PM
Paola MezaSociedad y vida

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