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Jueves, 15 de octubre de 2026
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El Carqueque: ochenta y dos kilómetros de huella para los que todavía buscan el viaje con mayúsculas

Sin asfalto ni señalización, el camino que une Malargüe con Valle Noble atraviesa castillos de erosión, nieve sorpresiva y pasos a casi 2.800 metros, y vuelve a poner sobre la mesa una forma de viaje que parece resistirse a desaparecer en el sur mendocino.

Por Tomás GaunaTurismo y esteros · · hace 2 h
El Carqueque: ochenta y dos kilómetros de huella para los que todavía buscan el viaje con mayúsculas

Les confieso algo antes de arrancar la nota: cada vez que un viaje me obliga a dejar el asfalto, a calcular la nafta en la cabeza y a confiar más en la charla con un puestero que en el Google Maps, sospecho que estoy por encontrar algo que vale la pena contar. El Camino del Carqueque, en el sur de Mendoza, entra de lleno en esa categoría: una huella de 82,8 kilómetros que sale de Malargüe y termina, si uno se anima, en la Ruta Provincial 226 a la altura de Valle Noble, sin número de ruta asignado, sin estación de servicio, sin cartelería turística, y casi sin presencia en el mapa mental del turismo argentino. Eso, en parte, es lo que lo hace interesante.

La huella figura en papeles oficiales como "Camino El Carqueque" o "circuito Castillos de Pincheira/Carqueque", y esa doble identidad ya marca el recorrido. Empieza hacia el oeste desde Malargüe y, antes de los treinta kilómetros, se topa con la primera parada fuerte del viaje: los Castillos de Pincheira, un conjunto de torres, murallas y agujas que la erosión fue labrando durante siglos sobre materiales sedimentarios y volcánicos. El sitio integra una reserva natural pensada, entre otras cosas, para cuidar la cuenca alta del río Malargüe, que pertenece a la única cuenca endorreica de Mendoza: sus aguas, en vez de irse al mar, se conectan con la laguna de Llancanelo, uno de los humedales más importantes del sur provincial.

De bandidos, pasos cordilleranos y barro sorpresivo

El nombre del lugar no es paisaje puro. Remite a los hermanos Pincheira, Antonio, Santos, Pablo y José Antonio, que comandaron una banda armada con cientos de hombres durante las guerras que siguieron a la Independencia, moviéndose entre Chile y la Argentina y usando estos territorios como zona de refugio y vigilancia. La organización fue desarticulada en 1832 por tropas chilenas al mando del general Manuel Bulnes. Caminar por esa huella, entonces, también es pisar un capítulo poco conocido de la historia regional, algo que a mí, cada vez que recorro el sur, me termina atrapando más que cualquier folleto.

Pasado el castillo de erosión, la pendiente se hace sentir. La huella trepa hasta el Portezuelo del Carqueque, donde la altura máxima ronda los 2.800 metros. Ahí arriba el clima puede cambiar de manera brutal: les puede tocar sol radiante en Malargüe y nieve en el paso, piso firme en una curva y barro profundo cien metros más adelante. No es una exageración: es la lógica de la montaña. El descenso, si completan el trazado, lleva al Puente Amarillo, donde se emboca la Ruta Provincial 226. Desde ese cruce se puede seguir hacia Valle Noble, El Azufre y el Paso Internacional Planchón-Vergara, o doblar hacia Las Loicas y retomar la Ruta Nacional 145. El Carqueque recorta unos 70 kilómetros el vínculo entre Malargüe y ese sector cordillerano respecto del circuito habitual.

  • Castillos de Pincheira: parada obligada antes de los 30 kilómetros desde Malargüe, con sus torres y agujas moldeadas por la erosión y la protección de la naciente del río Malargüe.
  • Portezuelo del Carqueque: el techo del recorrido, cerca de 2.800 metros, con clima cambiante y nieve posible incluso en temporada que no es invierno.
  • Puente Amarillo y Ruta Provincial 226: punto final de la huella, desde donde se bifurca el viaje hacia Valle Noble, El Azufre y el Paso Planchón-Vergara, o hacia Las Loicas y la Ruta Nacional 145.

Lo que más me gusta subrayar es que el Carqueque no es un paseo dominguero. Es una travesía con exigencia técnica real, donde la huella convive con puestos ganaderos, con áreas de veranada y con un paisaje que cambia a cada rato. Por eso, antes de lanzarse, vale la pena charlar con gente de Malargüe, chequear el estado del trazado y entender que acá el reloj no lo marca la ruta sino el clima y el barro. Si llegan con esa lógica, el viaje devuelve con creces. Para dormir y reponer fuerzas, yo me inclino por los alojamientos de Malargüe ciudad, que es donde empieza y termina la experiencia, y por alguna parada cálida en Las Loicas si bajan por el sur de la huella. La cocina regional, con su cordero y sus guisos de campo, hace el resto. Anímense a meter el auto en esta huella: les prometo que la cordillera se cuenta sola cuando uno deja de buscarla en la ventanilla y empieza a sentirla en los neumáticos.

TG
Tomás GaunaTurismo y esteros

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