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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Dos pueblos vacíos de Burgos se convierten en el escenario roto de una memoria que todavía duele

Por Aníbal BenítezCultura y espectáculos · · hace 2 h
Dos pueblos vacíos de Burgos se convierten en el escenario roto de una memoria que todavía duele

Yo he visto muchas veces cómo el tiempo termina su trabajo en los pueblos del norte de España, y cada vez que vuelvo a pisar uno de esos lugares abandonados me pasa lo mismo: siento que estoy caminando adentro de una canción de Chamamé, esa música del Litoral argentino que habla de la distancia, del pago lejano y de las cosas que se quedan esperando a alguien que ya no va a volver, porque el chamamé, como esos caseríos, está hecho de espera y de polvo levantado por el viento.

La búsqueda de un decorado que ya existía

Para rodar las escenas de la Guerra Civil en La bola negra, los directores Javier Calvo y Javier Ambrossi, a los que la crítica ya llama los Javis, y su equipo de localizaciones encabezado por Clara Salvador necesitaban algo muy concreto: edificios medio derrumbados, con el abandono pegado a las paredes, donde la vida se hubiera interrumpido sin que nadie terminara de ordenar lo que dejó. Nada de construir decorados en un estudio para después romperlos, ni de fabricar ruinas falsas con yeso y pintura; lo que querían era ruina verdadera, ruina con historia, ruina con peso, y la encontraron, después de recorrer buena parte de la provincia de Burgos, en dos aldeas deshabitadas que el éxodo rural fue vaciando durante el siglo XX hasta dejarlas convertidas en fantasmas de piedra y de silencio.

Castil de Carrias, el pueblo que se quedó sin último vecino

A unos diez kilómetros de Belorado se levanta Castil de Carrias, un núcleo rural con historia documentada desde por lo menos el siglo XII, que llegó a tener más de 240 habitantes a mediados del siglo XIX y que fue perdiendo gente de a poco, como se pierde la sangre de una herida que no se cierra: en 1950 todavía vivían allí 178 personas, en 1970 apenas quedaban 59, y en 1994, cuando murió Florentino González Sáez, al que todos recuerdan como el último vecino, el pueblo terminó de callarse para siempre. Hoy siguen en pie, dejados a su suerte, una antigua escuela, una taberna con las botellas todavía visibles en los estantes, utensilios domésticos dispersos por lo que alguna vez fue una cocina, vehículos oxidados y la iglesia de Santa María, con sus huellas de deterioro y de expolio a la vista, y el rodaje de la película, que arrancó el 25 de agosto de 2025, usó todo ese escenario tal cual estaba, sin retoques, porque la dirección quería justamente esa sensación de vida interrumpida que ningún decorado puede inventar.

Loranquillo, Quintanilla y los 22 kilómetros de memoria

A pocos kilómetros de Castil de Carrias aparece Loranquillo, otra aldea despoblada que fue anexada al municipio de Belorado durante los años setenta y cuyos últimos habitantes se marcharon en la década de 1990, y junto con Quintanilla integra una ruta de senderismo de 22 kilómetros que atraviesa este paisaje de la Castilla profunda donde la historia se lee en las paredes caídas y en los caminos que ya no pisa nadie. Durante el rodaje, los dos pueblos permanecieron cerrados al público, porque la producción necesitaba controlar cada plano, cada luz, cada silencio, y porque rodar en un lugar así, donde las piedras todavía parecen guardar el eco de quienes se fueron, exige un cuidado que va mucho más allá de lo técnico y se parece bastante a una forma de respeto.

Al final, lo que los directores estaban buscando, y lo que terminaron encontrando en estos pueblos vacíos de Burgos, no era solamente la imagen de las ruinas sino la sensación exacta de una vida que se cortó de golpe, como se corta un chamamé en la mitad de un acorde, porque para contar una historia centrada en la memoria, en la violencia y en todo lo que el tiempo termina borrando no alcanza con fabricar escenarios: hace falta pisar el escenario verdadero, ese donde todavía están las botellas en la estantería, las herramientas en el galpón y la última puerta que alguien cerró sin saber que no iba a volver a abrirla nunca más. Por eso, si alguna vez tienen la chance de recorrer esa ruta de los 22 kilómetros entre Castil de Carrias, Loranquillo y Quintanilla, les recomiendo que se den el tiempo de caminarla despacio, en silencio, con los ojos bien abiertos, porque van a entender mejor que con cualquier libro qué significa esa palabra tan repetida que es la memoria, y van a sentir, como yo sentí al recorrer estos pueblos leyendo la nota, que ahí adentro todavía vive alguien que se fue hace mucho pero que no terminó de irse del todo.

AB
Aníbal BenítezCultura y espectáculos

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