Dos escapadas con aroma a Malbec a menos de una hora de Buenos Aires: viñedos, bodegas y mesa larga sobre la Ruta 9
Finca Gamboa, fundada por Eduardo Tuite, y Estancia Vigil, la apuesta del enólogo Alejandro Vigil, ofrecen experiencias de enoturismo bien distintas en pleno corredor norte del Gran Buenos Aires. Bodega con gravedad, cava bajo tierra, menús de pasos y caminatas entre vides frente a la Reserva Otamendi.
En las últimas décadas, el mapa del vino argentino se corrió de la Cordillera hacia el Atlántico, y Buenos Aires —provincia inmensa, ignorada por el consumidor— empezó a hacer ruido propio. Hoy, a la altura del kilómetro 65 de la Panamericana, en plena Ruta 9, aparecen dos proyectos que toman ese ruido y lo convierten en propuesta: Finca Gamboa, en Campana, y Estancia Vigil, en Los Cardales. Ambos comparten el gesto de plantar vides donde antes no las había y de abrir las puertas al visitante, pero la diferencia está en el resto: cómo se hace el vino, qué se come y, sobre todo, qué historia se cuenta al probarlo.
¿Qué se hace en Finca Gamboa y por qué no es una bodega más?
El emprendimiento nació por iniciativa de Eduardo Tuite, un productor que decidió apostar a la vitivinicultura en un terreno con pendientes, ubicado a metros de la Reserva Natural Otamendi y del Parque Nacional Ciervo de los Pantanos, dos áreas protegidas que le ponen al paisaje un marco de álamos, lagunas y vegetación nativa difícil de igualar. La finca cultiva uvas en el lugar y, al mismo tiempo, trabaja con uvas de otras procedencias, un esquema habitual en proyectos chicos que buscan completar su línea de vinos.
La bodega propiamente dicho es un edificio que trabaja por gravedad —un sistema que evita bombeos y cuida la integridad de la uva— con capacidad para más de 25.000 litros. Bajo tierra funciona una cava, y encima de la superficie se despliegan una glorieta entre las parras, un salón dedicado al vino de 350 metros cuadrados y una agenda que incluye cursos de viticultura, degustaciones guiadas, picnics entre las vides y la ya clásica recolección nocturna de uvas, una experiencia que permite ver de cerca la vendimia desde otro ángulo.
- Recorridos por bodega y al viñedo con guía.
- Degustaciones de vinos propios en la cava o en el salón de 350 metros cuadrados.
- Almuerzo en Casa Gamboa con el Menú Terruño, maridado con etiquetas de la casa.
- Caminatas y picnics entre las vides, con el paisaje de la Reserva Otamendi como fondo.
- Experiencias de temporada: vendimia y cosecha nocturna.
¿Qué aporta Estancia Vigil al corredor?
A pocos kilómetros, en Los Cardales, el enólogo Alejandro Vigil —referente ineludible del vino argentino contemporáneo— trasladó el concepto de Casa Vigil, su restaurante insignia en Chachingo, Mendoza, a un complejo de arquitectura inspirada en viviendas de inmigrantes europeos, con paredes de piedra, canales de agua, senderos arbolados y viñedos jóvenes que aún están dando sus primeros frutos. La propuesta combina la gastronomía de autor que lo hizo conocido con una lectura del enoturismo más cercana a la de un lodge que a la de una bodega tradicional.
La diferencia con Finca Gamboa no es menor: mientras allí el acento está puesto en entender el proceso —de la uva a la botella, pasando por la gravedad y la cava—, en Estancia Vigil el centro de gravedad se desplaza hacia la mesa. Es una invitación a sentarse, probar y dejarse llevar por un menú que funciona como una declaración de principios sobre cómo se come y se bebe en la Argentina que Vigil quiere empujar hacia adelante.
¿Qué está en juego cuando el vino se acerca a la ciudad?
Que dos proyectos de este calibre se instalen a menos de una hora de la Ciudad de Buenos Aires no es un dato menor: reconfigura la idea de que para tomar un buen vino hay que manejar mil kilómetros hasta Mendoza. Le disputa al consumidor porteño la excusa de la distancia y, de paso, obliga a repensar el potencial productivo de la provincia de Buenos Aires, históricamente subestimada. La pregunta que queda abierta es si detrás de estos viñedos de cercanía habrá, con el tiempo, una cadena productiva capaz de sostenerse —volumen, inversión, mano de obra calificada— o si we'll end up frente a vitrinas turísticas sostenidas con uva de afuera. Por ahora, lo concreto es que quien quiera vivir el ritual completo —probar, comer, caminar entre vides, mirar una laguna— lo tiene mucho más cerca de lo que cree.
