De Neuquén a Caracas con una urna bajo el brazo: la cruzada silenciosa de un voluntario de Cruz Roja
Juan Diego Lorente cumplió el último pedido de un venezolano que nunca pudo volver a su país, llevó sus cenizas hasta Perú y, sin escalas, siguió hasta Venezuela para sumarse como voluntario tras el terremoto. Lo que encontró en el camino lo conmovió hasta cambiarle la agenda.
En la cocina de cualquier casa neuquina, un mediodía de estos, alguien podría estar contando por teléfono que un conocido partió rumbo a Caracas con una urna funeraria bajo el brazo y volvió con el corazón abierto de par en par. La escena parece de película, pero le sucedió a Juan Diego Lorente, presidente de la Filial Neuquén de Cruz Roja Argentina, y arranca con una historia que empieza mucho antes, en una guardia del Hospital Provincial Neuquén.
Allí estuvo internado durante 416 días un ciudadano venezolano llamado Néstor Tovar Ibarra, que había quedado paralítico tras una caída y al que además le diagnosticaron cáncer de próstata mientras lo atendía el equipo de Traumatología. Marta, vecina del barrio y voluntaria de la colectividad venezolana en Neuquén, lo resume con una frase que repite cada vez que alguien le pregunta: «Se nos murió lejos, sin poder despedirse, y eso nos partió». Ella tenía 52 años cuando conoció a Néstor en una de esas visitas al hospital, y fue ella la que empezó a juntar voluntades para que no le faltara nada en la habitación.
Un pedido que se volvió promesa
La promesa fue concreta y la formuló el propio Néstor antes de fallecer: que sus cenizas llegaran hasta su hermano Adrián, que vivía en Perú. Lorente tomó esa palabra como propia, articuló el operativo con el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja y viajó con el recipiente hasta entregarlo en mano a la familia. Cuando la urna quedó en destino, lo que tenía que ser el cierre de una misión se transformó en el principio de otra.
Porque Lorente, en lugar de regresar, decidió seguir. Con recursos propios y el acompañamiento de su familia, atravesó Venezuela para ponerse a disposición de la Cruz Roja Venezolana como voluntario. La propia Cruz Roja Argentina aclaró que no hay una misión operativa oficial de su personal desplegada en el país caribeño, aunque la organización sí aportó apoyo material y económico y mantiene mecanismos listos para activar un eventual envío si la emergencia lo demanda.
Un gimnasio al aire libre, en una plaza caraqueña
- Recorrió zonas afectadas por el reciente terremoto: edificios dañados, estructuras colapsadas y barrios golpeados por el sismo.
- A pocos pasos de su alojamiento en Caracas descubrió una plaza con un gimnasio al aire libre, abierto hasta la medianoche, gratuito y con un profesor presente.
- Se detuvo a conversar con ese profesor, ligado al culturismo como él, y la charla derivó en confesiones inesperadas.
- El profesor le contó pérdidas familiares por el terremoto, un largo alejamiento de su madre de 73 años y un lugar al que no había podido regresar solo por el peso emocional que le generaba.
- Lorente resolvió acompañarlo cuando intente el reencuentro con la madre y cuando se anime a acercarse a ese sitio marcado por la tragedia.
Lo que empezó como una cruzada para cumplir un deseo póstumo se fue convirtiendo, en el camino, en una cadena de gestos pequeños que tienen nombre y apellido. Lorente sigue en Venezuela, no con un operativo montado ni con una misión anunciada, sino con la decisión personal de estar donde hace falta, como tantas veces le enseñó la camiseta de la Cruz Roja que lleva puesta desde hace años. Antes de volver a Neuquén, quiere estar al lado de ese profesor cuando se siente a tomar un café con su madre después de tanto tiempo y cuando, por fin, pueda pisar ese lugar al que el terremoto le cerró el paso.
La historia, claro, no termina acá. Volvemos a la cocina del principio, a la vecina Marta contando el periplo por teléfono: la imagen de un voluntario neuquino cruzando medio continente con una urna bajo el brazo, y ahora preparándose para acompañar a un desconocido hasta una plaza y hasta una mesa familiar. Es, si se quiere, una manera de entender qué significa en serio eso de hacerse cargo: primero, llevar cenizas hasta donde hay que llevarlas; después, no aflojar.
