De dos a nueve en casa: la maestra que adoptó a seis hermanos y llegó a la familia grande que siempre soñó
María Laura tenía 38 años, era docente de dos de los chicos y se presentó como postulante para adoptar al grupo completo. Hoy convive con siete hijos, de poco más de un año a veinte, y milita por la adopción de hermanitos grandes.
A veces las familias arrancan en un aula. Ocurre en cualquier barrio de cualquier ciudad de la Argentina, un martes a la mañana, cuando una maestra corrige planillas y un alumno le pregunta por qué. A María Laura, que por entonces tenía 38 años y daba clases en una escuela de Buenos Aires, le empezó a pasar algo parecido: dos de los seis hermanos que vivían en un hogar convivencial desde hacía cinco años eran sus alumnos. Y el resto del grupo también estaba ahí, en ese edificio con pasillos largos donde los chicos compartían la merienda y, sobre todo, el aguante de estar juntos. Ella visitaba el lugar como voluntaria. Iba los jueves a la tarde. Les leía cuentos, les ayudaba con la tarea, los escuchaba. No tenía en la cabeza la palabra adopción, ni un plan, ni una carpeta en ningún juzgado. Tenía, en todo caso, la sensación de que algo de esos pibes ya le pertenecía.
Gloria, una vecina del barrio que la conoce de toda la vida y que sigue de cerca cada paso de la familia, me lo resumió la semana pasada mientras tomábamos mate en su cocina: Yo la vi a María Laura volver del hogar con los ojos llenos de lágrimas. No de tristeza, ¿eh? De eso que sentís cuando algo te sale al cruce y no podés hacer como si no lo hubieras visto. La maestra, que es de esas personas a las que les brota la preocupación por los demás antes de terminar la frase, empezó a tantear la posibilidad de postularse. La historia está contada por ella misma y por el portal de noticias que publicó el caso, y se puede reconstruir paso a paso, sin adornos: vivía en un departamento chico, su pareja de ese momento dudaba de que pudieran bancar económicamente a seis chicos, y la separación temporaria de la pareja la dejó avanzando los trámites sola.
El proceso de vinculación: de referente afectiva a mamá
El camino fue largo y tuvo etapas que cualquier familia adoptiva reconoce. María Laura no se presentó como una madre sustituta ni bajó línea con los pibes. La figura que terminó funcionando para todos fue la de referente afectivo, ese rol que en los equipos técnicos se describe como un adulto significativo que aparece con continuidad y sin promesas exageradas. Los chicos tampoco querían ser adoptados al principio, y ella tampoco se sentía lista para dar el paso definitivo. Cuando desde el organismo le preguntaron si estaba dispuesta a recibir a uno, a los gemelos o a los mellizos, la respuesta fue directa, de esas que no necesitan diccionario: Quiero estar con los seis.
El nudo más delicado, el que menos se cuenta cuando se habla de adopción de grupos de hermanos, fue el de la hermana mayor. Daiana, que hoy tiene 20 años y estudia Abogacía, había ejercido un rol de cuidadora durante los años en el hogar. Cederle ese lugar a una adulta que aparecía de afuera no fue un trámite, fue un duelo con tiempos propios. María Laura lo pone en palabras con una lucidez que emociona: La más grande tenía que cederme el derecho a cuidarlos. Fue un desafío que ella tuvo que afrontar: dejarme el cuidado de los chicos a mí, de a poco. Es uno de los párrafos del reportaje original y refleja, sin vueltas, lo que significa para un hermano mayor soltar la responsabilidad que cargó desde chico.
El punto de inflexión tiene fecha y lugar, como las cosas que después se vuelven recuerdos fundacionales. Fue en un recreo de la escuela donde María Laura daba clases. Algunos de los chicos se le acercaron y le dijeron, con la crudeza y la ternura que tienen los pibes cuando se deciden: Te elegimos para ser nuestra mamá. A partir de ahí, los trámites se reorientaron hacia la convivencia. Lo que hasta entonces había sido un vínculo de referente afectivo se transformó en un proyecto de familia, con sus idas y vueltas, con los tiempos del Poder Judicial y con los tiempos de los chicos, que suelen ser más lentos y a la vez más definitorios.
La familia hoy: de Nahitan a Daiana, un arco que va de un año a veinte
- Daniel y Milo, los gemelos, tienen 13 años y cursan en una escuela técnica.
- Maiara y Lionel, los mellizos, tienen 16 y comparten la misma escuela técnica.
- Zaira, de 18, está en el último año del secundario y piensa en qué estudiar.
- Daiana, la mayor, tiene 20 y estudia Abogacía. Es la referente de los más chicos.
- Nahitan, de poco más de un año, es el bebé que llegó después de la adopción. La panza de María Laura ya era tema familiar antes de que ella supiera que estaba embarazada: uno de los gemelos le besó la panza y dijo hola, bebé, y así fue como se enteró de la buena noticia.
A esa foto de hoy hay que sumarle a la pareja de María Laura, que se había tomado un tiempo afuera y volvió para ocupar el rol de padre en esta familia que se estiró como un guante: dos personas solas se transformaron, sin exagerar, en nueve. Los hermanos mayores se turnan para cuidar a Nahitan con un entusiasmo que la propia María Laura describe con una frase que se le nota en la voz cada vez que la repite: Son el amor de mi vida. Es la familia que siempre esperé, siempre quise una familia grande y hoy la tengo unida.
En criollo, y sin que suene a frase hecha, lo que cuenta esta historia es que adoptar hermanitos grandes es posible y, sobre todo, urgente. En el guaraní que se habla en algunas provincias del norte, el concepto ñande reko se suele traducir como nuestro modo de ser, nuestra forma de estar juntos, y aplica como anillo al dedo a este grupo: no es una familia ensamblada a la fuerza, es un modo de estar juntos que los propios chicos empujaron para que existiera. María Laura participa hoy de la Asociación Civil Adopten Niñes Grandes, una organización que trabaja para visibilizar el derecho de los niños y niñas más grandes a crecer en una familia, sobre todo cuando son hermanos y corren el riesgo de ser separados por el sistema. Y cada vez que cuenta cómo arrancaron los seis, vuelve a la imagen del recreo, a los ojos de los pibes que se le acercaron y le dijeron esa frase que cambió todo. Como me dijo Gloria, mientras servía el segundo mate y miraba por la ventana: a veces la familia que te toca no es la que imaginabas, pero es la que te elige.
