Cuatro veces quisieron volver a Casablanca y las cuatro veces fracasaron: la historia secreta de las secuelas imposibles
Warner Bros. exploró al menos cuatro proyectos para continuar o rehacer el clásico de 1942, desde una secuela ambientada en la posguerra hasta un remake que François Truffaut rechazó con argumentos demoledores. Ninguno prosperó y el mito, intacto, sigue siendo intocable.
Yo te digo, hermano, que hay historias que parecen escritas con tinta indeleble, y la de Casablanca es una de ellas. Pocas veces un film se vuelve tan parte de la vida de la gente como esta joyita que dirigió Michael Curtiz en 1942, con ese Humphrey Bogart dueño de todos los gestos justos y esa Ingrid Bergman que miraba como si el mundo se le terminara en los ojos. Por eso no extraña que Warner Bros. haya intentado, al menos en cuatro oportunidades a lo largo de décadas, prolongar aquello que ya estaba perfecto. Y tampoco extraña que las cuatro veces se haya quedado con las manos vacías.
Brazzaville, la secuela que se cayó antes de nacer
El primer intento llegó casi en simultáneo con el estreno original, cuando el estudio le encargó a Frederick Stephani un guion titulado Brazzaville. La idea era devolver a Bogart como Rick, a Claude Rains como el capitán Renault y a Sydney Greenstreet como Ferrari, retomando incluso esa conversación final entre los dos protagonistas que es ya un ícono del cine. El plan exploraba el futuro del Rick sin la presencia de Ilsa, pero el proyecto terminó abandonado cuando los responsables consideraron que uno de sus giros centrales, revelar que Rick y Renault habían sido agentes aliados desde el principio, contradecía la evolución del personaje en el film original. Demasiado fácil, demasiado forzado. Se notaba que le querían sacar jugo a un mito que ya estaba cerrado.
El día que Truffaut dijo que no
Salteamos varias décadas y llegamos a 1973, cuando Warner quiso ir por todo con un remake y le ofreció la dirección al mismísimo François Truffaut. El francés, que no le decía que no a casi nada, esta vez contestó con argumentos que dejaban pocas salidas: encontrar actores capaces de reemplazar a Bogart y Bergman era prácticamente imposible, y el cariño del público estadounidense por la película hacía todavía más difícil justificar una nueva versión. El Pulpo, que así le decían al viejo Renault en los pasillos del estudio, seguro festejó en silencio. La negativa del director francés enfrió la iniciativa de manera definitiva y dejó una enseñanza que el estudio iba a pagar varias veces más.
Return to Casablanca, el sueño de Koch
El intento más serio llegó en los años ochenta, de la mano de Howard Koch, uno de los guionistas del film original, que escribió el tratamiento de una secuela titulada Return to Casablanca. La historia se ambientaba dos décadas después del film original y seguía a Richard, el hijo de Rick e Ilsa, quien descubría su origen y viajaba a Oriente Próximo en busca de su padre biológico. Koch contaba con Ingrid Bergman para interpretar a Ilsa de mayor edad, pero la muerte de la actriz en 1982 obligó a modificar el planteamiento. Warner Bros. rechazó el tratamiento original y también una versión revisada presentada en 1989. Dicen las malas lenguas que al Coco, que así llamaban a Koch en los pasillos del estudio, le quedó un sabor amargo: había dedicado años a un guion que jamás vería la luz.
Cass Warner y la última negativa
Años más tarde, Cass Warner, nieta de uno de los cofundadores del estudio, quiso reflotar la idea con una energía que ya era pura terquedad familiar. La respuesta del estudio volvió a ser negativa, aunque dejó la puerta entreabierta: reconsiderarían el proyecto únicamente si aparecía un director dispuesto a llevarlo adelante. Ese director nunca llegó, y uno entiende perfectamente por qué: ¿quién se anima a plantarse delante de una cámara y decir que va a mejorar lo que Curtiz y sus muchachos ya habían dejado perfecto? Yo, si fuera director, antes me dedico a filmar gallinas en un corral.
Por qué Casablanca no admite continuación
La resistencia del clásico a cualquier continuación no responde a falta de iniciativa sino a un problema estructural: el impacto del film descansa en un final que no pide reabrió, en una química entre Bogart y Bergman que es irrepetible y en un contexto histórico, la Segunda Guerra Mundial, que no admite agregado sin perder potencia. La Casablanca que conocemos es, en el fondo, una despedida, y las despedidas, como bien sabe cualquier hijo de vecino que haya tomado un tren en Retiro, no se vuelven a escribir. Por eso Warner seguirá amontonando borradores en un cajón, y por eso nosotros, cada vez que la pongamos en el televisor, vamos a seguir emocionándonos como aquella primera vez.
“Encontrar actores capaces de reemplazar a Bogart y Bergman era prácticamente imposible, y el cariño del público por la película hacía todavía más difícil justificar una nueva versión.”François Truffaut, al rechazar el remake en 1973
