Cuando un agujero tapado no es suficiente: la charla con el que sabe de roedores en serio
Un responsable técnico de una empresa de control de plagas explica por qué la espuma de poliuretano sola no alcanza, qué costumbres de la casa abren la puerta a una infestación y cómo limpiar los rastros sin levantar polvo contaminado.
Te cuento cómo arrancó todo. La semana pasada, Margarita, mi vecina de 52 años que vive en el segundo piso, bajó al palier con un gesto de hartazgo que ya le conozco. Me dijo casi en susurros que hacía meses escuchaba ruidos en el entretecho y que había encontrado unos granitos oscuros detrás de la heladera. Había probado con trampas, con un frasco de menta que le recomendó una sobrina y, lo más reciente, con un aparatito ultrasónico enchufado que, según ella, «no le movió ni la cola a una rata». Le prometí llamar a alguien que supiera de verdad de qué se trata el problema y eso me llevó a conversar con un responsable técnico de una empresa de control de plagas, que me recibió con la franqueza de quien ya escuchó demasiados consejos caseros y demasiados selladores mal puestos en cualquier pared. Lo que sigue es lo que me quedó de esa charla y lo que cambió la mirada de Margarita, y seguramente la de más de uno, sobre lo que implica convivir con estos visitantes que nadie convocó a la casa.
Por qué tapar no alcanza y qué es lo que hay que poner antes
Para cualquiera que haya agarrado una pistola aplicadora y haya rellenado una rajadura con espuma de poliuretano, la respuesta del técnico fue una pequeña bofetada técnica. La espuma, explicó, es el sellador más popular para cerrar agujeros en paredes y zócalos, pero los roedores pueden roerla sin demasiado esfuerzo. Por eso el trabajo se hace en dos tiempos: primero una barrera física, ya sea malla metálica o lana de acero, y arriba la masilla. Sin esa base firme, la espuma queda librada al diente del animal, que tarde o temprano vuelve a abrirse paso. La lógica, me dijo, es la misma que la de poner un alambrado antes de empilar ladrillos, y la frase, con el tono campeador que el hombre tenía, sonó casi a refrán.
Lo que muchas veces se ignora es que la rata o el ratón no entran solamente por el hueco evidente que uno ve al agacharse. Hay accesos que parecen secundarios y terminan siendo los primeros. El técnico me los fue enumerando con paciencia: los burletes deteriorados bajo las puertas, la vegetación pegada a la fachada del departamento o de la casa, las cajas de cartón apiladas durante semanas en un depósito o en el altillo, y hasta una pequeña pérdida de agua que humedece una zona del contrapiso. La comida de la mascota que queda en el plato durante la noche, agregó, es para los roedores una invitación con nombre y apellido. Acá aparece una palabra en guaraní que usamos mucho en la zona y que viene al caso como anillo al dedo: «kambuchi», algo así como «descuido cotidiano que parece tonto pero abre la puerta grande». Una casa limpia y ordenada puede tener una infestación si alguno de esos accesos queda abierto, justamente por kambuchi.
Los remedios caseros que no resuelven, y las trampas que tampoco
Le pregunté directamente por los tres o cuatro artilugios que uno ve circular en redes y en cadenas de WhatsApp. La menta, el vinagre, los aparatos ultrasónicos. El hombre fue categórico: la menta y el vinagre no repelen de forma sostenida, el aroma se disipa y el animal vuelve. Los ultrasonidos, siguió, no atraviesan paredes ni muebles y con el tiempo los roedores se acostumbran al estímulo sonoro, así que dejan de escucharlo como molestia. Las trampas de resorte pueden capturar un ejemplar aislado, advirtió, pero no controlan una infestación porque la colonia sigue ahí y aparecen reemplazos. Y las trampas adhesivas, agregó con un gesto de incomodidad visible, generan sufrimiento innecesario sin resolver el foco. Ninguna de estas alternativas reemplaza, insistió, el paso previo y fundamental que es localizar y cerrar los puntos de entrada.
Cómo limpiar los rastros sin levantar polvo contaminado
Cuando ya hay excrementos a la vista, la limpieza no es lo que la mayoría hacemos en casa. Lo primero, según el protocolo que me describió, es ventilar el ambiente durante al menos treinta minutos antes de entrar al sector. Recién después de esa aireación uno se coloca guantes gruesos y protección para las vías respiratorias, se humedecen los restos con un desinfectante apropiado, se deja actuar y se retiran con papel, sin tocarlos directamente con la piel. Lo que no debe hacerse bajo ningún concepto, me dijo con firmeza, es barrer en seco ni usar aspiradora. Las dos acciones levantan polvo con partículas potencialmente infecciosas que se inhalan sin notarlo, y ese es un riesgo que muchísimas personas desconocen al limpiar un altillo o un placard después de una infestación.
Cuándo conviene llamar a un profesional
Como en casi todo, saber hasta dónde llega el hacelo-usted-mismo es parte del problema. El técnico fue claro: los roedores pueden transmitir enfermedades a través de la orina, los excrementos y las mordeduras, y también introducen parásitos como pulgas, garrapatas y ácaros. Si los rastros se repiten o se sospecha que el foco está en la red de alcantarillado, lo recomendable es recurrir a un servicio profesional de control de plagas. Volví al edificio y se lo conté a Margarita, que ya tenía el anotador abierto con los puntos clave. Me miró y me dijo, con esa mezcla de alivio y bronca que se trae cuando uno descubre que estuvo perdiendo el tiempo, que a la noche empezaba por el burlete de la puerta de servicio. Kambuchi, le contesté sonriendo, pero ahora al revés.
