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Lunes, 12 de octubre de 2026
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Cuando Lucas le puso el moño final a la galaxia: la corrección exprés del cierre de El Imperio Contraataca con la peli ya en la calle

En 1980, mientras El Imperio Contraataca llenaba las salas en 70 milímetros, George Lucas detectó un problema de continuidad en la última escena y mandó rehacer tres planos en tiempo récord. Una historia de obsesión por el detalle que cambió el final que vimos en el cine, aunque casi nadie se enteró.

Por Aníbal BenítezCultura y espectáculos · · hace 1 h
Cuando Lucas le puso el moño final a la galaxia: la corrección exprés del cierre de El Imperio Contraataca con la peli ya en la calle

Ahí tenés esa fragancia que solo despiden las salas de cine cuando empieza a apagarse la luz y todavía no cae el telón, esa mezcla entre el ruido del proyector, las butacas de pana gastada y esa ilusión que uno se hace de que la pantalla es más grande que el universo entero. Cada vez que alguien me habla de El Imperio Contraataca me vuelve a la memoria la primera vez que la vi, en un cine de mi pueblo, con la garganta seca después de la revelación de Darth Vader y con los ojos todavía rojos cuando Han Solo se pierde en el espacio, y siempre me quedo pensando en cuántas camadas de argentinos y de gente en todo el mundo se sentaron delante de la misma imagen sin saber que, según cuándo hubieran comprado la entrada, habían visto un final levemente distinto al otro. Esa historia, que parece sacada de una mesa de bar entre cinéfilos y que a mí me encanta desempolvar cada vez que puedo, tiene como protagonista nada menos que a George Lucas y una decisión tan insólita como reveladora de su manera de entender el oficio: ordenar la regrabación de tres planos cuando la película ya estaba en cartelera, en pleno estreno, delante del público que pagaba por verla en 70 milímetros, y cruzar los dedos para que nadie se enterara de la diferencia.

Un error que solo Lucas veía

Cuenta el material de base que, cuando El Imperio Contraataca desembarcó en las primeras salas equipadas con el flamante formato de 70 milímetros, Lucas se sentó en una de esas funciones inaugurales y se quedó mirando el desenlace con esa incomodidad que te da cuando sabés que algo está mal pero nadie a tu alrededor lo nota. Lo que le molestaba era el corte entre la cabina del Halcón Milenario, donde están Solo y su compañera Chewbacca, y la sala médica de la fragata rebelde donde se recuperan Luke y Leia después de la batalla de Hoth. Para la mayoría de los espectadores aquello era un raccord resuelto sin esfuerzo, una elipsis más dentro de una saga llena de saltos espaciales, pero para Lucas ese cambio brusco dejaba flotando una duda narrativa que a él lo desvelaba: no quedaba del todo claro si los dos ambientes pertenecían a la misma nave o si eran dos naves distintas, y eso, en una historia donde la continuidad de los escenarios es casi un personaje más, le parecía un agujero imperdonable.

  • Ampliar la panorámica de la flota rebelde para anclar la escena en un lugar reconocible.
  • Acercar la cámara al Halcón Milenario en el momento en que entra en su hangar, dándole más presencia antes del corte.
  • Sumar un plano que vinculara visualmente la cabina del Halcón con la fragata médica donde están Luke y Leia, de modo que ambos espacios quedaran integrados en un mismo recorrido.

Faltaban tres semanas para el estreno amplio del 18 de junio de 1980, en 35 milímetros, y Lucas decidió usar cada una de esas horas. Lo que se conoce de esas jornadas de reconstrucción exprés tiene esa pinta de hazaña de taller que a mí, que vengo de una cultura donde las cosas se arreglan sobre la marcha, me resulta entrañable: Tom Smith, que por entonces era director general de Industrial Light & Magic, atendió el llamado convencido de que era una broma de mal gusto, y tuvo que escuchar de boca del propio Lucas la aclaración de que la película todavía no estaba en todas las salas y que había margen para operar; Ken Ralston, camarógrafo de efectos especiales que estaba descansando en Los Ángeles tras meses de turnos nocturnos, recibió la noticia con la misma cara de incredulidad y terminó encabezando, junto a Joe Johnston, el diseño de las tres tomas queiban a filmarse en San Rafael, cerca de San Francisco, combinando material de archivo con modelos nuevos para reconstruir la transición que faltaba.

Pero el reto no se quedó en lo visual, y eso es lo que a mí más me gusta rescatar de esta anécdota: el equipo de edición tuvo que extender la música para acompañar la secuencia ampliada y, además, ajustar parte del diálogo para que la comunicación entre los personajes sonara como un mensaje transmitido por los sistemas internos de la nave y no como una charla de café entre vecinos, un detalle de sonido que muestra hasta qué punto Lucas quería que el espectador sintiera que seguía adentro de una misma nave, recorriendo sus pasillos y escuchando sus altavoces. Cuando todo quedó listo, la versión en 35 milímetros se estrenó el 18 de junio con los cambios ya incorporados, sin anuncio público de ningún tipo, y así, sin más trámite, quienes habían visto la película en las primeras semanas de 70 milímetros y quienes la vieron después estaban mirando finales distintos sin saberlo, una especie de galaxia paralela para los más curiosos y un mismo recuerdo compartido para casi todos los demás.

“La película ya estaba en cartelera, pero todavía no se había estrenado en todas las salas y había margen para intervenir.”George Lucas, según el relato reconstruido por J.W. Rinzler en The Making of The Empire Strikes Back

Si te toca pasar por una de esas funciones en las que se proyecta la versión original restaurada de El Imperio Contraataca, yo te recomendaría que prestes atención al último tramo, justo cuando la cámara se aleja de la flota rebelde y empieza a recorrer el costado del Halcón Milenario: ahí está la firma de Ralston y de Johnston, la costura casi invisible que Lucas mandó a hacer con la película ya en la calle, y que demuestra que, a veces, las mejores decisiones de un director no son las que se ven en el montaje final sino las que se vuelven a filmar a último momento para que el relato cierre como debe. Es, en definitiva, una de esas historias que a mí me gusta contar cuando alguien me dice que el cine es solo entretenimiento: detrás de cada final que recordamos hubo un equipo peleando contra el reloj para que la ilusión no se rompiera, aunque nadie se los haya agradecido en la marquesina.

AB
Aníbal BenítezCultura y espectáculos

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