Cuando la leche deja de sentar bien: la intolerancia a la lactosa que llega de grande
Lo que durante años fue un alimento cotidiano empieza a provocar hinchazón, gases y dolor abdominal. Qué la provoca, cómo distinguirla de una alergia y de qué manera adaptarse sin resignar nutrientes.
Me lo contó Gladys, 52 años, vecina del barrio de Belgrano, mientras esperaba el colectivo en la esquina de Cabildo y Juramento. Llevaba un tapado gris y un termo en la mano, y se reía con una mezcla de fastidio y resignación: de chica tomaba un vaso de leche antes de dormir sin problema, hace unos años empezó a sentir la panza hinchada después del desayuno y terminó por dejar el café con leche porque ya no sabía si el malestar venía del café, de la leche o de las ganas de sentarse un rato. Como Gladys, muchísimas personas descubren en la adultez que su cuerpo dejó de tolerar la lactosa, el azúcar natural de la leche, y se preguntan de golpe qué cambió.
La explicación, en pocas palabras, la tiene una enzima que fabrica el intestino delgado y que se llama lactasa. Mientras somos chicos su producción suele ser alta, porque la leche es el alimento principal, pero con el paso de los años puede ir bajando. Cuando esa enzima falta o se reduce, la lactosa pasa sin descomponerse al intestino grueso, donde las bacterias la fermentan y la convierten en gases, y además arrastra agua hacia la luz intestinal. De ahí vienen los cólicos, la hinchazón y la diarrea que tantos adultos describen sin entender bien por qué.
Por qué aparece y a quién le toca
Las molestias suelen hacerse visibles entre los veinte y los treinta años, aunque también hay quien las descubre pasados los cuarenta e incluso después. No es una capricho del cuerpo: la herencia cumple un papel central. La intolerancia a la lactosa es más frecuente en personas de ascendencia asiática oriental, nativa americana y africana occidental, y bastante menos común en poblaciones del norte de Europa, justamente porque allí la cría de animales lecheros y el consumo de derivados lácteos se extendió hace miles de años y, con el tiempo, la selección natural favoreció que esa población mantuviera activa la producción de lactasa en la adultez.
Antes de seguir, vale aclarar algo que a más de uno le cambia la cabeza cuando lo escucha: en guaraní, la palabra mbya se usa para nombrar a alguien que envejece o que cambia con el paso del tiempo. La intolerancia tiene algo de mbya: el cuerpo se va modificando y deja de hacer cosas que antes hacía en silencio, sin que uno lo note.
Síntomas, confusión con la alergia y cómo se confirma
Los signos más habituales son hinchazón, dolor abdominal, gases, heces blandas y diarrea, y por lo general aparecen entre treinta minutos y dos horas después de tomar un vaso de leche, comer un helado o sumar un cremoso a un plato de pastas. Cada organismo tiene su propio umbral: hay quien se infla con un solo café con leche y hay quien tolera una porción chica de queso y recién se complica cuando se pasa con el postre. También pesan los demás alimentos de la comida y arrastrar problemas como el colon irritable, que puede sumar ruido de fondo a un cuadro ya de por sí molesto.
Una confusión muy común es mezclar intolerancia con alergia. La alergia a la leche, sobre todo en chicos, es una reacción del sistema inmunitario contra las proteínas lácteas y puede dar urticaria, vómitos, eccema o sensación de falta de aire, algo que ninguna otra suele provocar. La intolerancia, en cambio, es una cuestión digestiva: la lactosa no se termina de procesar y se descompone en el colon. No compromete las defensas, pero incomoda y, si se sostiene en el tiempo, puede derivar en una dieta pobre en calcio y vitamina D si uno no busca reemplazo.
Cómo se llega al diagnóstico
Para confirmarlo, muchos médicos piden la prueba de hidrógeno en aire espirado: la persona toma una dosis de lactosa y sopla una especie de boquilla varias veces durante unas cuatro horas. Si el hidrógeno sube bastante, es porque las bacterias del colon fermentaron lactosa que el intestino no alcanzó a absorber. Otras veces no hace falta llegar a ese estudio: alcanzar con sacar los lácteos de la mesa por dos o tres semanas y ver si las molestias se van. Yo siempre recomiendo, igual, no automedicarse ni armar una dieta restrictiva sin hablar antes con un profesional, sobre todo cuando ya se tienen antecedentes digestivos.
Qué hacer cuando la leche deja de ser amiga
La buena noticia es que casi nunca hay que decir chau para siempre. Hoy el mercado ofrece leches deslactosadas, yogures con cultivos que digieren parte de la lactosa y quesos duros como el parmesano o el gruyere, que tienen muy poca y suelen tolerarse mejor. También existen comprimidos o gotas de lactasa que se toman justo antes de comer un lácteo y que a mucha gente le cambian la vida. Gladys ya probó y, según me contaba mientras el 29 por fin asomaba por Cabildo, aprendió a leer las etiquetas, a fraccionar su consumo y a descubrir que un quesito en la pasta no era lo mismo que un tupper de helado a la madrugada. Como me dijo al despedirse, con esa franqueza que solo tiene la gente que ya pasó los cincuenta, yo no dejé de comer rico: dejé de comer a ciegas. Y esa diferencia, en la adultez, vale oro.
