Cuando el cuerpo pide freno: cómo reconocer que el cansancio dejó de ser una mala semana
Olvidar lo que ibamos a decir, despertarnos a las tres de la mañana sin motivo o estallar por cualquier cosa pueden ser señales de un estado de alerta que ya se volvió crónico. Especialistas y estudios recientes ayudan a distinguir entre una etapa exigente y un desgaste que empieza a pasar factura.
A Clara, vecina mía de 52 años, la conozco desde hace más de una década, y siempre la recuerdo como esa mujer que organizaba las ventas de ropa del barrio, llevaba a los chicos al colegio y todavía encontraba tiempo para sentarse en la vereda a charlar un rato. Por eso me llamó la atención cuando, hace unas semanas, me la crucé en el kiosco y le pregunté cómo estaba, y se quedó mirándome con la frase a medio terminar, como si la palabra se le hubiera escapado de la boca antes de llegar. No era la primera vez que le pasaba, me dijo, y tampoco era la primera vez que se dormía a las tres de la mañana sin explicación y se levantaba a las seis como si no hubiera pegado un ojo. Ahí entendí que lo de Clara no era una semana difícil: era el cansancio crónico disfrazado de rutina, ese estado al que en algunos espacios de bienestar se llama, con una expresión que se repite mucho últimamente, modo supervivencia, y que en nuestro idioma podríamos traducir como ese andar por la vida en estado de alerta permanente, como si el cuerpo estuviera siempre preparado para correr aunque no haya nada de qué escapar.
La semana difícil y el desgaste que no se va
Hay una diferencia enorme entre pasar una semana exigente y vivir pendiente del timbre aunque nadie toque. La segunda situación es más difícil de detectar, y ahí está el problema, porque la rutina puede seguir perfectamente en pie mientras el cuerpo y la mente ya están operando al límite. Uno sigue llegando a tiempo, respondiendo mensajes, cumpliendo compromisos, pero por dentro carga con un sueño fragmentado y una tolerancia cada vez menor a la frustración. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, conocidos por su sigla CDC, vienen advirtendo hace tiempo que el estrés sostenido en el tiempo puede provocar dificultades para dormir, problemas para concentrarse, cambios de humor y una menor capacidad para tomar decisiones, que es justamente lo que le venía pasando a Clara.
“El problema surge cuando la respuesta de estrés no logra apagarse. En ese punto, el cerebro deja de administrar bien recursos básicos: organizar, recordar, priorizar y responder con calma se vuelven tareas que consumen más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University
Lo que cuenta Doane, que es investigadora y docente en esa universidad estadounidense, ayuda a entender por qué a veces uno se siente más torpe de lo habitual, por qué se pierde el hilo de una conversación o por qué un contratiempo menor, como un colectivo que no llega o un mensaje sin responder, nos hace explotar como si fuera una tragedia. No es que seamos blandos, como suele decirse con esa crueldad innecesaria que a veces circula en las sobremesas familiares: es que el sistema de alarma del cuerpo lleva tanto tiempo encendido que ya no distingue entre una emergencia real y una molestia cualquiera del día.
Lo que dicen los estudios más recientes
Una revisión publicada en 2025 en la revista científica Frontiers in Psychology analizó 45 revisiones y más de 2.000 estudios, y encontró que las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos, sobre todo en lo que hace a la atención, la memoria y las llamadas funciones ejecutivas, aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés crónico. Es decir, no se trata de sensaciones vagas: hay evidencia acumulada que muestra que cuando el estrés se prolonga, al cerebro le cuesta más sostener una tarea, filtrar lo importante de lo accesorio y adaptarse a los cambios. Otro estudio, publicado en 2024 en la revista Neurobiology of Stress, llegó a conclusiones en la misma línea y señaló que la exposición prolongada puede afectar la memoria de trabajo, esa que usamos para retener un número de teléfono mientras lo marcamos, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta.
Insisto con esto porque me parece clave: no hace falta que todos estos síntomas aparezcan juntos para que el cuadro esté instalado. La mayoría de las veces se presentan dispersos, como piezas sueltas que no siempre conectamos entre sí, y por eso el modo supervivencia puede pasar inadvertido durante meses, incluso años. El concepto no es un diagnóstico clínico, y eso conviene aclararlo para no asustar a nadie ni reemplazar la consulta con un profesional, pero sí puede servir como una manera de ordenar señales que, tomadas por separado, parecen insignificantes. Lo que importa no es tanto la etiqueta como el patrón, y ahí reaparece Clara, mi vecina de 52, a quien después de aquella charla en el kiosco le recomendé que hablara con su médica, porque cuando el cuerpo lleva tanto tiempo pidiendo freno, ignorarlo no es fortaleza: es un riesgo que no vale la pena correr.
