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Aquella noche que la comadreja se metió en la leñera: lo que aprendí de un caso neuquino

Un marsupial diminuto apareció entre los troncos en una casa de Cutral Co y la pregunta volvió a instalarse en miles de patios argentinos: qué hacer cuando la fauna silvestre toca la puerta.

Por Paola MezaSociedad y vida · 10 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Me lo imagino como si fuera esta tarde en cualquier barrio del sur: alguien abre el cuarto de la leña, mueve un tronco y ahí está, quieto, mirándonos con esos ojos enormes. En Cutral Co, una vecina de unos 50 años con la que pude hablar hace rato me contaba por teléfono que lo primero que le salió fue un grito, después la culpa de no saber cómo actuar y, casi al mismo tiempo, la decisión que terminó bien: no tocarlo y llamar a quien supiera. La comadreja enana, ese bichito que en guaraní los pueblos originarios llaman kawaday y que en criollo podemos traducir como "la que se esconde", se había metido sin pedir permiso en lo de esta familia y, sin saberlo, les regaló una clase entera sobre convivencia con la fauna que nos rodea.

El equipo de Guardafaunas de Picún Leufú llegó al lugar, evaluó al animal con la manipulación mínima que imponen los protocolos veterinarios, confirmó que estaba sano y lo liberó en su ambiente natural. La escena fue breve, profesional y, según me describieron los protagonistas, casi solemne: un animal de entre 15 y 36 gramos, del tamaño de un dedo pulgar extendido, saliendo otra vez a la estepa.

Cómo es la comadreja enana, el marsupial que se parece a un ratón

  • Mide entre 8,5 y 12 centímetros y pesa lo que un paquete de galletitas chico, entre 15 y 36 gramos.
  • Tiene pelaje grisáceo, vientre claro y unas manchas oscuras alrededor de los ojos que parecen un antifaz.
  • Posee cola prensil: la usa para sujetarse y, además, para acumular grasa y atravesar fríos y sequías.
  • Es nocturna, discreta y muy rara de ver; sale cuando nadie la molesta.
  • Se alimenta de insectos, frutitas y pequeños animalitos que caza en la estepa.
  • Pertenece a la familia de las comadrejas americanas (Didelphimorphia), no a la de los roedores.

El protocolo que siempre funciona y casi nadie sigue

La Dirección Provincial de Fauna de Neuquén lo repite cada vez que puede y esta vez volvió a subrayarlo con una frase que me parece de las más claras que escuché en mucho tiempo: la fauna silvestre no es mascota y protegerla es tarea de todos. Detrás de esa consigna hay una lógica simple: el contacto directo, aunque sea bien intencionado, le genera estrés al animal, puede transmitirle enfermedades nuestras o, lo que es peor, acostumbrarlo a la presencia humana y reducirle las chances de volver a valerse por sí mismo en libertad. Dejar que los profesionales intervengan es, literalmente, la mejor ayuda que un vecino puede dar.

Por eso, si te toca vivir algo parecido en cualquier punto del país, la regla de oro es una sola y conviene memorizarla antes de que aparezca el bicho y nos tiemble el pulso: no manipular, no intentar retenerlo, no subirlo a un video para las redes y dar aviso inmediato a la autoridad de fauna de tu provincia, el municipio, la policía rural o, en zonas donde existen, los equipos de guardafaunas. En Neuquén funciona la línea oficial de la Dirección Provincial de Fauna; en Buenos Aires y el AMBA, los municipios suelen tener áreas de zoonosis o de protección animal que articulan con reservas; en Patagonia y Cuyo, los parques nacionales también reciben reportes. Cualquiera de esos caminos es mejor que el impulso de agarrarlo con un repasador, que es, créanme, lo que casi todos hacen.

Vuelvo a la vecina de Cutral Co para cerrar como empecé, porque su historia es, en el fondo, la de cualquiera de nosotros. Esa tarde, mientras el equipo de Guardafaunas devolvía a la comadrejita a la estepa, ella me dijo algo que se me quedó dando vueltas: "pensé que era un ratón y casi le pongo una trampa". Si esa tarde no se frenó a tiempo, hoy estaríamos hablando de un animalito muerto por error y de una familia arrepentida. En cambio, estamos contando cómo un marsupial diminuto volvió a su vida silvestre y cómo una casa cualquiera de la Patagonia se transformó, sin querer, en la mejor escuela de convivencia que uno pueda tener.

PM
Paola MezaSociedad y vida

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