Antes de la tos y la fiebre: las señales silenciosas de la neumonía que a veces se confunden con un resfrío común
El cansancio profundo, la respiración agitada y las náuseas pueden anticipar una infección pulmonar. Especialistas que prestarles atención a tiempo marca la diferencia, sobre todo en personas mayores o con defensas comprometidas.
A mí me pasó, y por eso esta nota me toca de cerca. Mi vecina Marta, 62 años, volvió de un fin de semana largo convencida de que se había agarrado un resfrío cualquiera. Andaba con un cansancio que no se le iba ni durmiendo, le costaba terminar las bolsas del super y se quedaba sin aire subiendo dos tramos de escalera. Como no tosía ni tenía fiebre, lo dejó correr. Una semana después terminó internada con neumonía. Me lo contó todavía asustada, sentada en el umbral de su casa del barrio de Belgrano, mientras tomaba unos mates que, como decimos acá, eran más bien un kambuchi —un preparado de yerba con agua tibia, muy de la zona— para no pasar frío. Su historia es la de mucha gente, y por eso vale la pena repasar qué mirar antes de que aparezca el cuadro clásico.
La neumonía es una infección que inflama los alvéolos pulmonares y los puede llenar de líquido o pus, lo que dificulta el paso de oxígeno al resto del cuerpo. La causa puede ser bacteriana —con protagonistas frecuentes como el Streptococcus pneumoniae y el Mycoplasma pneumoniae—, viral —vinculada a virus de la gripe o del covid-19— o fúngica. Cómo evoluciona depende del germen, la edad y el estado de salud previo de cada persona. Esa variabilidad es la que vuelve al cuadro tan traicionero: no siempre arranca como uno espera.
Lo que aparece antes de la tos y la fiebre
Lo que suele pasar inadvertido, y que los especialistas quieren instalar en la conversación cotidiana, es que el cuerpo empieza a dar pistas varios días antes del cuadro típico. El neumonólogo Gerald Weinhouse, de la División de Medicina Pulmonar y Cuidados Críticos de Mass General Brigham, lo resumió con una frase que me quedó dando vueltas: la fatiga y el cansancio pueden aparecer primero y ser profundos. Y agregó algo que a Marta le cambió la lectura de lo que le había pasado: si bien la tos es casi universal, algunas personas no tienen mucha fiebre.
- Fatiga intensa y persistente, que no se explica por el esfuerzo ni se va con el descanso.
- Respiración más rápida de lo normal o sensación de falta de aire ante tareas habituales.
- Latidos acelerados, náuseas, falta de apetito y malestar general difuso.
- En mayores de 65 años o personas con defensas bajas, temperatura corporal por debajo de lo normal, lo que no descarta la enfermedad.
- Confusión repentina, somnolencia excesiva o desorientación, que requieren consulta médica inmediata.
Cuando el cuadro avanza pueden sumarse presión arterial baja, diarrea o cambios en el estado mental. La confusión repentina, la somnolencia excesiva y la desorientación son señales de alarma, sobre todo en los adultos mayores. En ese mismo grupo, y también en personas con defensas comprometidas, la temperatura puede incluso estar por debajo de lo normal. Por eso insisto en algo que parece de manual pero salva vidas: la ausencia de fiebre no descarta la neumonía.
Los grupos con mayor riesgo de complicaciones son los bebés y niños pequeños, los adultos mayores, los fumadores y quienes conviven con enfermedades cardíacas, pulmonares, diabetes, asma o cáncer, o están bajo tratamientos que bajan las defensas. Entre las complicaciones posibles aparecen la acumulación de líquido alrededor de los pulmones, bacterias en sangre, abscesos pulmonares e insuficiencia respiratoria, que puede requerir internación.
Conviene consultar a un médico si la tos persiste varios días y empeora, si aparece dolor en el pecho al respirar, si los síntomas vuelven después de una mejoría inicial, o si se sostiene una fiebre de 39 grados o más. Yo lo resumo así, y se lo repito a Marta cada vez que la veo: no hace falta esperar a tener fiebre para tomarse en serio lo que el cuerpo está diciendo. A veces, la señal más clara es esa molestia sorda que aparece cuando uno sube las escaleras y piensa que es la edad, y no es la edad: es el aire que ya no entra como antes. Atenderla a tiempo es, muchas veces, la diferencia entre un mal día y una internación.
