Valle Salvaje ya pasa los cuatrocientos cincuenta capítulos y todavía tiene hambre de historia
La ficción española de época que Netflix repone día por día suma una cuarta temporada con Adriana Salcedo de la Cruz como protagonista absoluta entre amores impuestos, secretos de familia y un crimen que no se cierra
Yo le había hecho caso al Pirata Pereyra una vez, en un fogón de Corrientes, cuando me dijo que las historias grandes no se apuran: se dejan crecer, como los buenos árboles del Pago Largo. Y esa máxima de chamamé viejo me volvió a la cabeza mientras revisaba el calendario de Netflix y me encontraba con que Valle Salvaje, esa novela española de época que muchos descubrieron casi de paso, ya lleva cuatro temporadas en el aire, más de cuatrocientos cincuenta capítulos emitidos y, sobre todo, un público que la sigue tomando como quien se sienta a tomar unos amargos con la familia un domingo a la tarde. La serie, que arrancó en 2022 por la señal abierta de España, acaba de estrenar su cuarta temporada en la plataforma de streaming, donde los episodios se cargan de lunes a viernes después de su paso por la televisión tradicional, y mantiene intacta una pregunta que todavía no tiene respuesta oficial: si habrá una quinta entrega.
Una heroína que no eligió el viaje
Porque el corazón de Valle Salvaje es, desde el primer capítulo, una mujer que no eligió nada de lo que le está pasando. Adriana Salcedo de la Cruz tiene veinte años, acaba de perder a su padre y, en medio del duelo, se entera de que la vida ya le tenía armado un casamiento que ella ni siquiera sabía que existía. El compromiso fue pactado antes de que ella pudiera opinar, con la lógica dura de los matrimonios por conveniencia que todavía regían en buena parte del mundo de habla hispana a mediados del siglo XVIII, y lo que le queda es un destino bien claro: dejar Madrid, empacar lo poco que tiene y marcharse a Asturias, en el norte de España, a conocer a un marido al que nunca vio. Esa Mudanza Forzada, que en otras ficciones sería apenas el arranque, en Valle Salvaje es la mecha que enciende todo lo demás, porque es justamente ese desarraigo el que le permite a la protagonista cruzarse con una nueva familia, descubrir lealtades que no imaginaba y, sobre todo, empezar a desconfiar de la versión oficial sobre la muerte de su viejo.
Una casa grande, una tía dura y un misterio que no se cierra
Cuando Adriana llega a Asturias, la espera la familia Gálvez de Aguirre, encabezada por una tía que es el verdadero eje de poder de la casa: doña Victoria Salcedo, que la serie construyó con mano firme para que sea la clase de personaje que se banca cualquier escena sin perder autoridad. A su alrededor orbitan Pilara y José Luis Gálvez de Aguirre, más Rafael, el hijo que en definitiva será el marido impuesto, y cada uno de ellos viene con su propio cargamento de intereses, alianzas y heridas sin cerrar. La protagonista, interpretada por Rocío Suárez de Puga con una mezcla muy precisa de fragilidad y terquedad, va a tener que aprender a moverse en ese tablero mientras empieza, casi sin querer, a enamorarse de verdad, y mientras la búsqueda de la verdad sobre la muerte de su padre la va metiendo en zonas cada vez más oscuras. La trama, hay que subrayarlo, está plantada en 1763, en una España todavía muy rural y muy jerárquica, y eso se nota en cada plano: en la ropa, en los silencios, en la forma en que las mujeres miran para abajo y los hombres para adelante.
- Rocío Suárez de Puga es Adriana Salcedo de la Cruz, la joven madrileña que llega a Asturias sin saberlo.
- Manuela Velasco compone a Pilara Gálvez de Aguirre, uno de los polos de poder femenino de la casa.
- José Manuel Seda interpreta a José Luis Gálvez de Aguirre, el patriarca de la familia que recibe a Adriana.
- Marco Pernas es Rafael Gálvez de Aguirre, el marido arreglado con el que la protagonista empieza a compartir vida.
- Sabela Arán se pone en la piel de Victoria Salcedo, la tía que sabe más de lo que dice.
- Miguel Conde firma la dirección general de la serie y sostiene el ritmo diario de la entrega.
Una máquina de contar historia que todavía no se apagó
Lo que más me impresiona, si me dejan ser honesto como me dejan ser honesto en esta sección, es que Valle Salvaje no es un experimento ni un capricho de autor: es una máquina de contar historia bien aceitada, con un ritmo de lunes a viernes que en la Argentina de hoy nos suena casi de otra época, cuando uno se sentaba a la mesa y se enganchaba con la novela de la tarde como quien se engancha con un buen partido de la selección. Esa cadencia diaria, que en España todavía funciona en la televisión abierta, le da a la serie una respiración muy particular: los conflictos se estiran, los personajes respiran, las traiciones se cocinan a fuego lento y los amores tardan en estallar, algo que para el público de entre cuarenta y sesenta años, acostumbrado a las telenovelas largas y a los radioteatros de la tarde, tiene una familiarity casi entrañable. Los propios guionistas reconocen, según lo que se difundió con el lanzamiento, que todavía les queda hilo en el carretel, aunque eso no equivale a una confirmación oficial de quinta temporada, y la diferencia es importante: que haya historia por contar no significa que la cadena ya haya puesto la plata sobre la mesa, y eso es algo que el espectador tiene que saber antes de ilusionarse.
A mí, que vengo siguiendo la serie desde que unos amigos del barrio me la recomendaron en un asado, lo que más me atrapa es esa combinación tan concreta de tres cosas que a veces cuesta encontrar juntas: el amor verdadero que nace en el lugar equivocado, la traición que siempre vive adentro de la familia que uno eligió y el misterio de un crimen que el poder se empecina en tapar. Adriana busca la verdad sobre su padre, pero esa búsqueda la pone en riesgo, y en ese juego de querer saber y querer sobrevivir la serie encuentra su pulso más genuino. Si todavía no la vieron y tienen ganas de empezar, les recomiendo, como siempre hago en esta columna, que arranquen por el primer capítulo de la primera temporada y le den al menos una semana entera: la serie no se entiende mirando un fin de semana completo, se entiende dejándola entrar de a poco, como se deja entrar a un buen chamamé, que si uno lo apura no lo disfruta y si uno lo escucha con paciencia termina pidiéndolo de nuevo.
