Una silla de ruedas, un amigo encima y la vuelta al mundo como forma de sanar
Fletcher Crowley se fracturó dos vértebras a los 17 años en un accidente de mountain bike. Décadas después, junto a Lachie Bennett, atravesó cuatro continentes en tres meses y convirtió cada escalón imposible en una pequeña victoria.
Lo conocí a Fletcher Crowley de la manera más casual, casi como se conocen en mi barrio de toda la vida: alguien te cuenta una historia y vos te quedás pensando en ella el resto de la semana. Me la contó Irma, una vecina de 58 años que me cruzo cada mañana en la verdulería, mientras me alcanzaba el cambio de los tomates. Fue ella la que me dijo, con esa seguridad que solo da alguien que vio los videos en Instagram, que había un tipo en silla de ruedas que había subido 268 escalones en la espalda de su amigo para llegar hasta el Gran Buda en Hong Kong. Lo dijo así nomás, como se dice acá cualquier cosa que te parece admirable, y yo me fui pensando en eso. Porque la historia de Fletcher no empieza en Hong Kong ni termina en un selfie arriba de una montaña. Empieza mucho antes, cuando él todavía era un pibe de 17 años que salía a andar en bicicleta de montaña y se fracturó dos vértebras en una de esas caídas que nadie imagina que le van a cambiar la vida. A partir de ahí, caminar se volvió una tarea que lo agota en pocos pasos. Aunque puede ponerse de pie, la silla de ruedas es su modo cotidiano de moverse por el mundo. Lo que sigue no es la crónica de un accidente, sino la decisión de no dejar que el accidente sea lo único que lo defina.
Después vino el encuentro que desató todo, porque las amistades profundas casi nunca se planean. Lachie Bennett, que hoy trabaja como terapeuta en un centro de rehabilitación para personas con lesiones medulares, terminó recalando en el mismo hospital donde Fletcher se estaba recuperando. Habían ido juntos al colegio de chicos, se habían perdido el rastro durante años y se reencontraron una noche de turno en ese centro. Compartían mesa, café y un silencio cómplice que los dos conocían bien: los dos habían lidiado con ansiedad y habían aprendido a manejarla. Ahí empezó una amistad que se sostiene en cosas concretas: la música, la moda, las ganas de conocer gente distinta y, sobre todo, una forma de entender el cuerpo y sus límites. Irma, mi vecina, lo hubiera resumido con una palabra que en mi casa se entiende sola: ñeheñói, que en guaraní se usa para nombrar la fuerza interior que aparece cuando uno se lo propone, sin alarde y sin show. Esa clase de fuerza paciente.
Una vuelta al mundo comprada casi sin pensar
El viaje grande arrancó sin la pompa de los proyectos épicos. Estaban planeando una escapada corta, de unas dos semanas, y se cruzaron con una oferta de tickets con múltiples tramos. La compraron sin darle muchas vueltas, casi como quien compra una heladera a doce cuotas. El itinerario terminó siendo este: Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica, todo comprimido en tres meses y en cuatro continentes. En el medio se les fueron sumando cosas que no entraban en ningún manual: una noche en una capilla del siglo X cerca de Niza, una estadía en la granja de ovejas de un conocido en Francia, una familia suiza que los seguía en redes y los invitó a quedarse en su casa. Lo que parecía una locura logística se fue acomodando solo, con la ayuda de desconocidos que aparecen cuando menos uno lo espera.
- En Hong Kong, Lachie cargó a Fletcher en la espalda para subir los 268 escalones que llevan al Gran Buda. Ellos mismos lo describieron como un momento surrealista.
- En Brasil recorrieron la selva en cuatriciclo, con las ruedas del cuatri haciendo el trabajo que las de la silla no podían.
- En África del Sur hicieron safari, bucearon con tiburones y se tiraron en parapente. La lista parece inventada, pero está documentada en sus propios videos.
- En varios países el alojamiento se resolvió con familias locales que los recibieron como parte de un trueque moderno: techo a cambio de historias.
Obvio que no todo fue color de rosa. Algunos lugares directamente no eran accesibles y no había forma de forzarlos. En esos casos, Lachie terminó siendo los brazos y las piernas de Fletcher, cargándolo a cuestas para salvar tramos que no estaban pensados para nadie, menos todavía para una silla. La frase que ellos repiten resume una filosofía de vida más que una estrategia: puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione. Al principio lo financiaron con ahorros propios. Cuando empezaron a subir videos a las redes, la respuesta fue tan grande que montaron una campaña de micromecenazgo y se liberaron de la rigidez de un presupuesto rígido. Así pudieron ser más espontáneos, que es la manera elegante de decir que dejaron de pensar en plata para empezar a pensar en experiencias. El alojamiento se facilitó, como dije recién, con redes de gente que los recibía.
“El mundo no es accesible, nosotros lo somos.”Fletcher Crowley y Lachie Bennett
Vuelvo entonces a la verdulería, a Irma y a los tomates. Le pregunté después qué le había quedado dando vueltas de la historia de Fletcher, y me dijo algo que me parece la mejor definición posible de esta nota: que la silla de ruedas no le ganó nunca al deseo de irse. Que mientras haya un Lachie que te cargue encima para subir un monasterio, o una familia que te abra la puerta al otro lado del mundo, no hay accidente que tenga la última palabra. Fletcher Crowley y Lachie Bennett todavía no colgaron los botines: planean más viajes, más videos, más cenas con desconocidos que terminan siendo amigos. Mientras tanto, en un portal de noticias de Buenos Aires, queda esta crónica escrita por alguien que un lunes a la mañana estaba eligiendo tomates y se fue a casa con la certeza de que la mejor manera de honrar a los amigos es contar lo que hacen, porque lo que hacen, miren, no tiene desperdicio.
