Jueves, 27 de agosto de 2026
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Cuando despedir a alguien es también una manera de abrazar la vida

Recorrer cinco tradiciones funerarias en distintos rincones del mundo para entender por qué cantar, bailar o pintar el duelo puede ayudar a transitarl

Por Paola MezaSociedad y vida · 27 de agosto de 2026 · hace 1 h

Me lo contaba Graciela, mi vecina de toda la vida, mientras tomábamos mate en la vereda de su casa en Morón. Tiene 58 años y perdió a su padre en marzo. Graciela me dijo algo que me quedó dando vueltas: "Yo lloré todo lo que tenía que llorar, pero después me dieron ganas de poner la música que le gustaba a mi viejo y bailar con mis hermanas". Ahí, mientras la escuchaba, entendí que la nota que tenía que escribir no era sobre la muerte, sino sobre las mil formas que inventamos los humanos para atravesar el duelo en compañía. Porque llorar, claro que sí, pero también cantar, comer, pintar y hasta surfear pueden ser modos legítimos de despedir a alguien.

El duelo tiene muchas formas. En algunas culturas, la despedida de un ser querido convoca música en las calles, altares con comida y flores, baile colectivo o incluso humor. Lejos de negar el dolor, estas tradiciones lo procesan de manera activa y compartida. Y esa procesión, me parece a mí, es tan importante como el dolor mismo, porque sin marco el sufrimiento se vuelve un callejón sin salida.

De Nueva Orleans al Caribe del sur: cinco rituales que cambian la mirada

  • En Nueva Orleans, una banda acompaña el cortejo fúnebre desde la iglesia hasta el cementerio. La música empieza lenta y se vuelve festiva con el avance del recorrido. Familia, amigos y vecinos bailan junto al féretro. No es irreverencia: es una manera de honrar la vida que se fue y de acompañar a quienes quedan.
  • En México, el Día de Muertos -reconocido por la UNESCO como patrimonio cultural intangible- parte de la idea de que las almas regresan transitoriamente al mundo de los vivos. Las familias arman altares con las comidas favoritas del difunto, flores, velas y objetos personales. Los cementerios se llenan de colores y de gente que pasa la noche junto a las tumbas. La muerte no se vive como ausencia sino como presencia, aunque sea breve.
  • En Bolivia, cada 8 de noviembre se celebra la festividad de las Ñatitas, en la que los creyentes llevan cráneos humanos al Cementerio General de La Paz para recibir bendiciones. Los cráneos son agasajados con flores, coca, cigarrillos y velas. La tradición sostiene que estas reliquias cuidan el hogar y pueden interceder por quienes los veneran.
  • En Ghana, la creatividad aparece en el ataúd. Es frecuente que la familia encargue un féretro con la forma del oficio o la pasión del difunto: un pescado para un pescador, un avión para un piloto. La ceremonia puede durar tres días e incluye coreografías durante el traslado del féretro.
  • Entre los surfistas del Pacífico, la despedida ocurre en el agua. Los deudos forman un círculo sobre sus tablas en el mar, arrojan flores al centro y cada uno dice algo sobre el fallecido. Si hubo cremación, las cenizas se dispersan en ese mismo lugar.

Como me dijo Graciela, mientras servía otro mate y se le quebraba un poquito la voz: "La música me devolvió a mi viejo vivo un rato, y eso no se lo quita nadie". En esa frase, me parece, se resume todo: el rito no borra la ausencia, pero le da un lugar, un tiempo y una comunidad. Sirve para llorar en conjunto, para reírse de los recuerdos alegres y para entender que mientras uno siga homenajeando al otro, de alguna manera sigue ahí. En guaraní, la palabra jajói significa 'alma' o 'espíritu del difunto', y quizás esa sea la mejor síntesis: cuando despedimos, en realidad estamos dejando que esa alma se acomode entre nosotros, transformada en música, en comida compartida, en flores sobre el agua o en un altar que nos espera cada año.

Porque al final, como me lo hizo notar mi vecina antes de que me fuera, lo importante no es la forma del ritual, sino el hecho de no atravesar la pérdida en soledad. Y esa, me animo a decir, es una verdad que vale tanto en Morón como en Nueva Orleans, en México, en Bolivia, en Ghana o en cualquier playa del mundo donde un puñado de surfistas todavía se junta en el mar para despedir a alguien con flores, con la voz entrecortada y con la promesa, siempre, de volverse a ver.

PM
Paola MezaSociedad y vida

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