Tocar un instrumento y rendir mejor en la escuela: lo que dice un nuevo estudio y lo que todavía no se puede afirmar
Una investigación de la Universidad Northeastern comparó a 76 chicos de entre 7 y 9 años y encontró que quienes practicaban música obtuvieron mejores resultados en memoria, razonamiento y evaluaciones escolares. Los autores aclaran que el hallazgo no prueba una relación de causa y efecto.
Lo vi esta semana en la puerta del conservatorio de mi barrio, en ese horario de las cinco de la tarde en que los padres llegan apurados, sacan un banquito de la mochila y esperan con la paciencia que pueden. Marta, que tiene 53 años y lleva a su nieto Lautaro a clases de violín hace dos, me lo dijo sin pensarlo demasiado, mientras le acomodaba el estuche: "Yo no sé si es por la música o por la rutina, pero en la escuela rinda mejor". Esa intuición de Marta es, en buena medida, la misma pregunta que se hizo un equipo de la Universidad Northeastern en Boston, y la respuesta que encontraron es alentadora, aunque con varios asteriscos que vale la pena revisar antes de sacar conclusiones.
El estudio reunió a 76 chicos de entre 7 y 9 años, repartidos en dos grupos comparables por edad, sexo y nivel socioeconómico. La mitad tocaba un instrumento, con al menos 30 minutos semanales de práctica, y la otra mitad no tenía formación musical. Entre los instrumentos predominaban el piano y los de cuerda. Cuando los investigadores les tomaron pruebas de cognición y de rendimiento escolar, los que practicaban música mostraron mejores puntajes en memoria de trabajo, razonamiento, vocabulario y aprendizaje visual y auditivo. En las evaluaciones propiamente escolares, las diferencias aparecieron en lectura, escritura y matemáticas: comprensión lectora, ortografía y reconocimiento de palabras.
Qué se pone en juego cuando un chico toca
La investigadora Psyche Loui, profesora de música en Northeastern, vinculó esas ventajas con lo que en psicología se conoce como funciones ejecutivas: la capacidad de planificar, sostener la atención, controlar los impulsos y adaptarse a lo inesperado. Tocar un instrumento exige, en pocos segundos, leer una partitura, mantener un ritmo, coordinar ambas manos y escuchar lo que hacen los demás. Esa gimnasia mental, repetida semana tras semana, sería el entrenamiento que después se traslada al aula.
La educadora musical Anita Collins, citada por el mismo equipo, suele resumirlo con una idea que a mí me gusta repetir: aprender un instrumento no es solo aprender notas, es aprender a escuchar, a organizar el tiempo y a regularse uno mismo. La memoria de trabajo, una de las piezas centrales de las funciones ejecutivas, es justamente la que nos permite retener una consigna mientras la resolvemos, algo que cualquier docente reconoce como clave en los primeros años de la escolaridad.
Lo que el estudio mide y lo que no puede probar
Ahora bien, y acá viene el llamado de atención que los propios investigadores se encargan de hacer: los chicos no fueron asignados al azar a tomar clases de música. Las familias que llevan a sus hijos a un conservatorio suelen ser las mismas que promueven la lectura en casa, acompañan las tareas, pueden pagar las cuotas y, en muchos casos, tienen ellos mismos algún recorrido artístico. Aunque el estudio emparejó a los grupos por nivel socioeconómico, eso no borra todas las demás diferencias que pueden existir entre un hogar y otro. En otras palabras, el trabajo muestra una asociación, no una causa.
“Los participantes que practicaban un instrumento no fueron distribuidos al azar, por lo que no se puede afirmar que la música haya producido esas diferencias. Las familias que eligen esa actividad también pueden ofrecer otras experiencias educativas.”Equipo de la Universidad Northeastern
El cerebro también dijo presente
A 50 de los 76 chicos les hicieron además resonancias magnéticas funcionales. Allí apareció una diferencia en una vía cerebral que conecta regiones vinculadas con la audición, el lenguaje y el movimiento, aunque el texto difundido por la universidad queda trunco en ese punto y no se detallan más hallazgos en el material al que tuve acceso. De todos modos, la pista neuroanatómica suma un dato interesante: el entrenamiento musical parece dejar huella en circuitos que también se usan para hablar, leer y escribir.
Qué tener en cuenta antes de anotarlo en el conservatorio
Para una familia que está evaluando anotarlo, la lectura razonable del estudio no es "la música te hace mejor alumno", sino algo más humilde y a la vez más útil: los chicos que ya tocan un instrumento tienden a mostrar mejores rendimientos en pruebas cognitivas y escolares, y eso es consistente con lo que se sabe sobre cómo se entrenan las funciones ejecutivas. Al mismo tiempo, los propios autores remarcan un punto que acá, en la Argentina, duele especialmente: el costo de la formación musical puede ser una barrera de acceso enorme. No es lo mismo pensar en clases particulares con un profesor particular en un barrio con oferta, que en la posibilidad real de acceder a un instrumento y a un espacio donde aprenderlo. La pregunta, entonces, no es solo si la música ayuda al aprendizaje, sino cómo hacemos para que esa oportunidad no quede otra vez atada a la billetera.
Me despido como empecé, en la puerta del conservatorio. Lautaro salió con el violín colgando, algo despeinado, y le dijo a su abuela que había aprendido una canción entera. Marta le revolvió el pelo, guardó el banquito en la mochila y me miró con esa sonrisa de quien ya sabe que algo está pasando, aunque todavía no tenga el paper en la mano. Tal vez, mientras la ciencia termina de aclarar cuánto de esa ventaja es de la música y cuánto del entorno, lo más concreto siga siendo esto: un chico, un instrumento, y una abuela que llega a tiempo para acompañarlo.
