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Jueves, 8 de octubre de 2026
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Shinrin-yoku, el arte de caminar entre árboles y dejar que el cuerpo se calme solo

Una práctica japonesa nacida en los ochenta propone recuperar el contacto con la naturaleza para reducir el cortisol, bajar el ritmo cardíaco y despejar la cabeza. No hace falta internarse en un bosque remoto: alcanza con una plaza arbolada y media hora sin pantallas.

Por Paola MezaSociedad y vida · · hace 22 d
Shinrin-yoku, el arte de caminar entre árboles y dejar que el cuerpo se calme solo

Me lo contó Marta, mi vecina de toda la vida, 58 años, mientras tomábamos mate en el banco de la plaza del barrio. Me dijo que desde que empezó a caminar entre los jacarandás de su cuadra, sin celular y sin apuro, se duerme mejor y discute menos. Yo la miré con esa cara de periodista incrédulo que tengo a veces, pero la escuché. Porque detrás de lo que Marta siente hay algo que en Japón vienen estudiando desde hace más de cuarenta años, y los números empiezan a ser bastante elocuentes.

Cómo nació la idea de bañarse en un bosque

Corría el año 1982 y Japón atravesaba una de sus transformaciones industriales y urbanas más intensas. El estrés laboral crónico se había transformado en un problema de salud pública, y el gobierno buscaba fórmulas para que la gente volviera a tener contacto con los espacios naturales del país. De ahí salió el shinrin-yoku, un término que se traduce, más o menos, como baño de bosque. La propuesta no tenía nada de complicada: caminar despacio por un entorno arbolado, sin cronómetro ni meta deportiva, prestando atención a lo que se ve, se escucha, se huele y se respira. Nada más.

Lo que midió la ciencia hasta ahora

En las décadas siguientes, distintos equipos de investigación se pusieron a estudiar qué pasaba en el organismo durante esas caminatas. Los resultados más consistentes muestran descensos en indicadores fisiológicos del estrés, sobre todo el cortisol, y cambios favorables en la frecuencia cardíaca y en la actividad del sistema nervioso simpático, esa parte del sistema nervioso que se activa cuando estamos en alerta. También se exploró la posible influencia de los fitoncidas, que son compuestos volátiles que liberan los árboles, sobre el sistema inmunológico, aunque esa línea todavía no permite sacar conclusiones definitivas.

  • Baja el cortisol, la hormona del estrés, después de una caminata de varias horas por el bosque.
  • Mejora la frecuencia cardíaca y se modera la actividad del sistema nervioso simpático.
  • Hay indicios, todavía no concluyentes, de que los fitoncidas que liberan los árboles podrían estimular células del sistema inmunológico.
  • Aumenta la sensación de calma y de claridad mental que muchas personas reportan al volver.

Una de las hipótesis más interesantes que manejan los investigadores tiene que ver con la sobrecarga de atención que padecemos a diario. Notificaciones, pantallas, decisiones pendientes, estímulos que piden respuesta permanente: el cerebro urbano vive exigiendo vigilancia constante. El entorno forestal no impone esa exigencia. Al sacar la presión, la atención pasa de un modo reactivo a uno más sereno, y eso podría explicar por qué tantos caminantes sienten que la cabeza se les ordena después de un rato entre árboles.

Ahora bien, hay que ser honestos: la mayoría de los estudios compara el bosque con ambientes urbanos, así que todavía no se puede separar con precisión cuánto del efecto viene de los árboles en sí y cuánto de cosas que los acompañan, como el silencio relativo, la luz natural, el aire libre o simplemente alejarse unas horas de las obligaciones cotidianas. Lo que sí parece firme es una idea más de fondo, y a mí me parece la más poderosa: el sistema nervioso responde al ambiente en el que funciona, no solo a las técnicas o decisiones conscientes. Y durante la mayor parte de la historia humana, ese ambiente fue natural. La vida urbana, en cambio, es bastante reciente.

Por eso me gusta lo que me decía ella, Marta, la del mate: que no necesita irse a una selva a hacerla. Le alcanza con la plaza del colegio, con los tilos de la vereda de su casa, con sentarse un rato bajo la sombra y mirar las hojas moverse. Yo, que paso los días persiguiendo notas y plazos, empiezo a pensar que a lo mejor la receta más útil que nos dejó el Japón de los ochenta cabe en una sola idea, y la resumo como me la traduzco en criollo: dejar que el cuerpo se acuerde de que vino de un lugar más verde. Si hasta mi vecina Marta, que no sabe qué es el cortisol ni le importa, lo entendió sin que nadie se lo explique, algo debe estar pasando. Y la ciencia, aunque todavía con cautela, parece estar empezando a darle la razón.

PM
Paola MezaSociedad y vida

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