Se fue la abuela que llegaba en colectivo: adiós a Zulema Galperín, la actriz que debutó después de los sesenta
A los 90 años murió la actriz que se hizo conocida en Chiquititas y Gasoleros, brilló como la Abuela cocainómana junto a Sebastián Presta y hasta actuó dentro de un colectivo que recorría Buenos Aires. Había empezado a actuar pasados los sesenta, después de años de trabajo administrativo.
Déjame que te cuente, mientras la radio se va apagando y un chamamé viejo se cuela por la ventana, que se fue una de esas actrices que llegaron tarde al escenario y por eso mismo terminaron quedando para siempre en la memoria de todos nosotros, porque Zulema Galperín murió a los 90 años y lo hizo tal como había vivido: sin estridencias, con la serenidad de quien sabe que cada papel, por pequeño que fuera, era una forma de habitar el mundo con otros, y la Asociación Argentina de Actores y Actrices fue la encargada de comunicar la noticia que entristece a la pantalla chica y grande de este país.
Yo la recuerdo, te soy sincero, antes de conocerla a ella había conocido a miles de abuelas de ficción, esas señoras entrañables que aparecían dos capítulos y se iban dejando un plato de comida sobre la mesa, pero la Galperín tenía algo distinto, algo que se notaba desde el primer fotograma en el que aparecía, y era esa mezcla de dulzura correntina y de pícara desfachatez porteña que muy pocos supieron combinar como ella, y por eso cuando uno repasa su trayectoria no puede menos que asombrarse de la cantidad de ficciones que tocó con su presencia, porque trabajó en Chiquititas y en Gasoleros, sí, pero también en Poliladron, en Verdad consecuencia, en Primicias, en Epitafios, en Viudas e hijos del rock and roll, en Buenos chicos, en la miniserie En París, y hasta en plataformas más nuevas como Nada, Envidiosa, El tiempo de las moscas y Gutiérrez is mai neim, lo cual habla de una actriz que no se quedó congelada en una sola época sino que fue adaptándose a los nuevos formatos y a las nuevas camadas de directores y productores que fueron surgiendo.
El humor como puente entre generaciones
Y acá viene la parte que a mí, te confieso, más me emociona, porque si hay algo que tiene el humor en la Argentina es esa capacidad de transformarse en puente entre generaciones que de otra manera no se hubieran cruzado nunca, y Zulema lo entendió como pocos, y por eso cuando Roberto Pettinato la sumó a Duro de domar para hacer sketches junto a Sebastián Presta, ella no dudó un segundo y se calzó el personaje de la Abuela cocainómana en Préstico con una soltura que descolocó a propios y extraños, porque una señora de más de setenta años haciendo ese papel podría haber sido un chiste fácil, pero ella le puso una humanidad y una ternura que terminaron haciéndola entrañable, y eso es algo que no se improvisa, eso se trae de fábrica o no se trae, y la Galperín lo traía.
Su filmografía, además, recorrió el cine argentino de las últimas décadas con títulos como Puan, La extorsión, Los justos, Eva Perón, Pacto de silencio, Blindado, Los adoptantes y La estrella roja, y en 2021 se sumo a Superhéroes y heroínas urban@s, una miniserie que nació de un taller de la Fundación SAGAI y en la que compartió el capítulo La página en blanco con María del Carmen Simari y Mirta Calza Citín, lo cual demuestra que hasta el final de sus días siguió formándose y compartiendo escenario con colegas de todas las edades, afiliada desde el año 2000 a la Asociación Argentina de Actores y Actrices, entidad que al despedirla destacó su interés permanente por aprender y por participar.
Una obra dentro de un colectivo que recorría Buenos Aires
Pero si hay un capítulo de su historia que a mí me parece digno de contar con tiempo, porque habla mucho de quién era ella y de la clase de teatro que le gustaba hacer, es el de Fango negro, la obra escrita por José Gabriel Núñez y dirigida por César Sambataro, en la que Zulema actuó dentro de un colectivo que circulaba por las calles de Buenos Aires mientras los espectadores la acompañaban como si fueran pasajeros, una propuesta del grupo Clan-Destino que rompía con la lógica del escenario a la italiana y la obligaba a actuar en movimiento, en un espacio reducido, con el ruido de la ciudad metiéndose en la función, algo que muy pocos actores se animarían a hacer y que ella encaró con la misma naturalidad con la que encaraba un camarín o un set de televisión, y que también participó de Motivos para levantarse por la mañana, de Germán Akis y Raúl Baroni, en el Teatro Arlequino.
Y te voy a confesar algo más, porque esta historia tiene un costado que a mí, como chaqueño criado al ritmo de los chamamés, me toca especialmente: Zulema había nacido el 18 de abril de 1936, pasó años dedicada a tareas administrativas, y recién en la década de 1990, ya pasados los sesenta, se acercó a la actuación, primero en 1997 cuando asistió al taller de Entrenamiento Teatral del Teatro Regio, y después en otros talleres y seminarios, o sea que su carrera artística empezó cuando para muchos otros artistas ya estaba terminando, y sin embargo construyó un recorrido que muchos jóvenes envidiarían, con casi cien papeles entre televisión, cine, teatro y publicidad, lo cual nos deja una enseñanza que a mí me parece enorme y que quiero compartir con vos antes de despedirme.
“Nunca es tarde para empezar a hacer lo que uno siente que tiene que hacer, y la Galperín nos lo demostró con creces porque a los sesenta y pico se calzó el tutú de la actuación como si tuviera veinte y no paró hasta que el cuerpo le dijo basta, y eso es una lección de vida que no deberíamos olvidar.”Aníbal Benítez
- Chiquititas y Gasoleros, las ficciones que la popularizaron en la pantalla de Telefe.
- El personaje de la Abuela cocainómana en los sketches de Préstico, junto a Sebastián Presta, en Duro de domar.
- La obra Fango negro, interpretada dentro de un colectivo que circulaba por las calles de Buenos Aires con el grupo Clan-Destino.
- Participaciones en cine como Puan, La extorsión, Los justos, Eva Perón, Blindado y La estrella roja.
- Su llegada tardía a la actuación, recién en la década de 1990, después de años de trabajo administrativo.
Si me preguntan a mí, te digo que me quedo con la imagen de la Galperín subiendo a ese colectivo de Fango negro, acomodándose en un asiento, mirando por la ventanilla como si fuera una pasajera más de la ciudad, y transformándose en personaje sin que nadie le pidiera permiso, porque eso es lo que hacían los grandes de nuestra escena, los que entendían que actuar no es un trabajo sino una forma de mirar el mundo, y a esa altura, querido lector, ya no me queda más que recomendarte que esta noche, antes de dormir, te sirva un mate, pongas un chamamé de Ramona Galarza o de Los Alonsitos, y le dediques un minuto a esta mujer correntina de ley que eligió Buenos Aires para debutar y que se fue dejando una huella que el tiempo no va a borrar.
