Puma concolor en la meseta blanca: la otra postal de Perito Moreno más allá del glaciar
A tres horas del famoso glaciar, la localidad santacruceña se ofrece como base de safaris de tres jornadas para rastrear al felino más grande de la Patagonia austral. Entre huellas en la nieve, guanacos alertas y cóndores que delatan la carroña, el viaje se convierte en una lección de campo sobre la fauna y la geografía que ningún mirador ofrece.
El Puma concolor, conocido en estas latitudes simplemente como puma o león americano, es la pieza central de una experiencia turística que ganó espacio en los últimos años en el noroeste de Santa Cruz: los safaris de rastreo que parten desde Perito Moreno, la ciudad chubutense-santacruceña ubicada en el cruce de la ruta nacional 40 y la provincial 43, en el departamento Lago Buenos Aires. La propuesta, organizada por guías locales, propone tres jornadas de caminatas con partida de madrugada, antes del amanecer, por campos privados y zonas adyacentes al Parque Patagonia Argentina, con el objetivo de cruzar la estepa siguiendo las señales que deja el felino más grande del cono sur.
La logística es austera y la naturaleza marca el ritmo. Las salidas arrancan de madrugada y recorren sectores de meseta, quebradas y cañadones en vehículos adaptados hasta cierto punto, porque más allá el avance es a pie. El avistaje, aclaran los operadores, no está garantizado: depende de la lectura del terreno y de la suerte. Lo que sí está garantizado es el marco: en invierno, la estepa se cubre de nieve hasta las rodillas, el asfalto se vuelve una placa de hielo y el termómetro se desploma bajo cero. Ese mismo rigor climático, paradoja que aprovechan los guías, transforma la planicie en un pizarrón perfecto para leer huellas.
¿Qué señales permiten seguir al puma cuando todavía no se lo ve?
- La agitación de los guanacos y los choiques, que se inquietan cuando perciben al depredador cercano.
- Las huellas marcadas en la nieve: redondeadas, con almohadilla en forma de pentágono y sin marcas de uñas, porque el puma las retrae al caminar; la pata delantera es más grande que la trasera.
- El vuelo de caranchos o cóndores que convergen sobre un punto, lo que suele delatar los restos de una presa.
- Los restos mismos, generalmente de guanacos o liebres, parcialmente cubiertos con tierra o vegetación por el propio felino.
Cuando alguna de esas señales aparece, el grupo se detiene y se instala en posiciones elevadas para trabajar con binoculares, una rutina que se repite a lo largo del día y que convierte la búsqueda en una clase permanente de comportamiento animal sobre el terreno. La espera vale por lo que enseña tanto como por lo que puede llegar a mostrar.
¿Qué hace al puma el regulador silencioso de la estepa?
El macho adulto pesa entre 55 y 80 kilogramos y la hembra entre 30 y 60, dimensiones que lo vuelven el depredador tope de la región y, por lo tanto, la pieza que regula las poblaciones de herbívoros. A diferencia de los grandes felinos tropicales, no ruge: se comunica con ronroneos, gruñidos y silbidos. Puede saltar hasta cinco metros en vertical y superar los diez en horizontal, una capacidad que en terreno quebrado le permite moverse con un sigilo pocas veces igualado por otro mamífero del lugar. Sus hábitos son principalmente crepusculares y nocturnos, solitarios y territoriales, y en la Patagonia su menú se concentra en guanacos, choiques y liebres, los mismos animales que los guías utilizan como pista indirecta cuando la huella se pierde.
El recorrido, mientras tanto, ofrece mucho más que un posible encuentro con el felino. La estepa que rodea a Perito Moreno concentra más de 120 especies de aves, entre ellas cóndores andinos, choiques y flamencos que sobrevuelan los cañadones, y mamíferos como guanacos, zorros colorado y gris, piche patagónico y zorrino, una variedad que convierte cada jornada en un inventario ambulante de la fauna austral. Los guías aprovechan cada parada para explicar el rol de cada especie en la cadena trófica y para insistir en un punto que parece obvio pero se olvida en la conversación urbana: sin el puma, la estapa patagónica sería otra.
¿Qué se pone en juego cuando se recorre la estepa con ojos de safari?
La experiencia, más allá del avistaje que pueda o no concretarse, pone en juego una forma de mirar el territorio que la Argentina urbanizada perdió. El productor ganadero de la zona, que suele ver al puma como una amenaza directa para sus majadas, y el conservacionista que lo presenta como pieza clave del equilibrio, conviven en el mismo paisaje y se cruzan en los mismos caminos que recorren los visitantes. Entender esa tensión, medir las huellas en la nieve y aprender a distinguir un rastro de otro es, en definitiva, lo que está en juego: decidir si la Patagonia se defiende protegiendo a su depredador tope o combatiéndolo, y asumir que esa definición se toma con información o se sufre con pérdidas. Por eso, aun cuando el puma no aparezca, la excursión deja algo más durable que una foto: una idea más precisa de lo que significa habitar este sur.
