Puchero, el que nunca pidió el uniforme pero igual patrulla Neuquén
Tiene unos doce años, duerme en su propio colchón en la Comisaría Primera y cada mañana sale a pedalear la ciudad con los bicipolicías. Nadie lo trajo: apareció, se quedó y la fuerza lo adoptó como un compañero más. Esta es su historia.
A esta altura ya no me imagino la esquina de Ministro González y Mendoza sin esa silueta canina que espera, paciente, la salida del turno. Puchero —porque así lo bautizaron, sin pompa ni protocolo— es un perro de unos doce años que hace más de una década se hizo un lugar en la Comisaría Primera de Neuquén y de ahí no se movió. Duerme en su colchón, tiene las vacunas al día y, cada mañana, cuando los bicipolicías sacan las bicicletas para arrancar el patrullaje, él ya está en la puerta, listo para sumarme a la recorrida, como si el chaleco que lleva sobre el lomo fuera un uniforme más.
Lo conocí de la mano de Marta, vecina de 58 años que pasa por la seccional casi todos los días camino a la verdulería. Ella me lo señaló una tarde de estas, mientras el animal se echaba a la sombra de un árbol: "Mirá, ese es Puchero, el de cuatro patas. Vos no sabés la cantidad de gente que se queda sacándole foto". Y es cierto: cuando uno lo ve caminar al lado de las bicis, con su paso cansino pero atento, entiende rápido por qué se ganó ese mote cariñoso que mezcla cariño y respeto.
Un origen sin pedigree y una rutina de patrullaje
Nadie lo trajo a la dependencia. Eso me lo repiten una y otra vez los uniformados consultados, como para dejar en claro que la historia de Puchero no es la de un perro entregado por una fundación ni adoptado en una campaña. Un día apareció, hace más de diez años, y nunca más se fue. La Comisaría Primera, en la esquina de Ministro González y Mendoza, se volvió su base, pero su radio de movimiento es amplio: cubre la zona del hipermercado Jumbo, el corredor este-oeste, la Comisaría Segunda y, algunos días, se aparece por su cuenta en la División de Policía Motorizada, sobre las calles Petróleo e Intendente Carro. Como toda la fuerza lo reconoce, siempre tiene dónde echarse a dormir la siesta.
Sobre el torso lleva un chaleco impermeable con la leyenda "No me lo robes... yo también tengo frío", cosido por integrantes de la agrupación Patas Unidas Neuquén. Es el detalle que más llama la atención de los transeúntes, que muchas veces se acercan preguntando si el perro está en adopción. No: tiene cama fija, comida asegurada gracias a los aportes del personal y controles veterinarios al día.
Los bicipolicías, sus compañeros de ruta
La modalidad de patrullaje en bicicleta nació en el año 2000, por iniciativa del entonces comisario Mario Barros, junto a un grupo de agentes de Cutral Co que empezaron a cubrir el territorio en dos ruedas. Puchero llegó años después y adoptó la rutina como propia. El agente Nemesio Lagos, con nueve años en la fuerza y conocido del perro desde su primer día de servicio, lo describe así: "Aparte de ser un compañero, es el primero que está listo para salir a hacer las tareas de prevención". Y agrega, con el tono de quien ya sabe dónde poner el freno: "Cuando pedaleamos siempre hacemos una parada fija para no cansarlo demasiado".
La agente Aldana Campos, tres años en la seccional, coincide en que Puchero se da cuenta rápido de lo que pasa alrededor. "Se da cuenta enseguida. Solo se pone a ladrar para dar alerta, pero no pasa de eso", me cuenta. Con otros perros es indiferente; si alguno lo provoca, lo ignora. Ante un procedimiento tenso, ladra para alertar y nada más. Esa mezcla de calma y atención es, quizás, lo que más llama la atención de quienes lo cruzan por la calle.
De adoptarlo, ni hablar: ya es de la casa
Hubo intentos concretos de adopción. Vecinos interesados se acercaron, más de un agente lo consideró, pero el perro nunca aceptó irse. "Lo quisieron adoptar, pero no pasó nada. Se quedó en la jefatura. Ya es de acá", resume Campos, con esa mezcla de ternura y resignación que provoca quien decide por uno. Esa misma sensación la transmiten en la calle: cuando uno lo ve trotando al costado de las bicis, con el chaleco impermeable que le regalaron las voluntarias de Patas Unidas, entiende que la historia de Puchero no es la de un perro callejero adoptado por una fuerza, sino la de una fuerza que terminó adoptada por un perro. Y a esta altura, si uno vuelve a la esquina de Ministro González y Mendoza, lo más probable es que lo siga encontrando ahí, listo para el próximo turno, como cuando lo crucé aquella tarde junto a Marta.
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