Por qué el celular nos llama aunque no suene: lo que explica la ciencia argentina sobre la atención
Dos investigadores del CONICET describen los mecanismos que nos mantienen pendientes del teléfono aun cuando lo dejamos a un lado, y cómo el miedo a quedar afuera puede pasar factura a la memoria y a la convivencia en casa.
A Marcela le pasó ayer, mientras lavaba los platos en su casa de Temperley. Sintió una vibración en el bolsillo del pantalón, se secó las manos rápido y sacó el teléfono. Nada. Ni un mensaje, ni una llamada. Lo volvió a guardar con una sonrisa incómoda, como admitiéndose una pequeña caída. Tiene 52 años y dos hijos adolescentes, y cuenta que esa escena se repite varias veces por día desde hace un tiempo. Lo que le ocurre tiene nombre y, sobre todo, tiene una explicación que la neurociencia y el lingüística vienen desentrañando en los últimos años.
Fabricio Ballarini, neurocientífico, y Juan E. Bonnin, lingüista, ambos investigadores del CONICET, se juntaron para escribir (Des)Conectados, un libro donde se proponen mirar de frente una pregunta muy concreta: cuánto espacio ocupa el teléfono en nuestra atención, incluso cuando lo dejamos apoyado sobre la mesa o guardado en un cajón. La respuesta corta es mucho. La respuesta larga recorre mecanismos cerebrales, hábitos sociales y palabras como FOMO, la sigla en inglés para el miedo a perderse algo, que ya se coló en el vocabulario cotidiano sin que la mayoría sepa bien de dónde viene.
La notificación que nunca llega
Ballarini y Bonnin describen un fenómeno tan sencillo como elocuente: cuando el cerebro está entrenado en esperar avisos del celular, empieza a interpretar cualquier roce de la ropa, cualquier crujido del sillón o cualquier movimiento mínimo del bolsillo como una posible notificación. No es un capricho ni una exageración: es un mecanismo de anticipación. Como el aparato ya está asociado a novedades, conversaciones, risas o problemas, el cuerpo se mantiene en alerta, listo para reaccionar ante una señal que, la mayoría de las veces, no existe.
Ese estado de vigilia permanente tiene un costo. Los investigadores lo relacionan con un menor rendimiento de la memoria y de la atención en otras tareas, porque los recursos cognitivos no son infinitos: lo que se gasta en estar pendiente de la pantalla no queda disponible para leer, conversar, estudiar o simplemente mirar lo que pasa alrededor. En criollo, mientras el cerebro espera un mensaje, le presta menos atención al mundo de verdad.
FOMO: cuando quedar afuera duele
El miedo a perderse algo, lo que en inglés se conoce como FOMO, aparece en el libro como una de las llaves para entender por qué cuesta tanto soltar el teléfono. Para los adolescentes, señalan los investigadores, perder el acceso a las conversaciones digitales puede sentirse como una exclusión del grupo de pares, con todo lo que eso implica en una etapa donde la pertenencia pesa muchísimo. Pero no es un tema solo de los más jóvenes: también los adultos sienten esa punzada cuando ven en una aplicación que hubo una salida, un asado o un comentario del que no participaron.
Mirar el celular con ojos de familia
Ballarini y Bonnin insisten en que el punto de partida es tomar conciencia. No se trata de demonizar al teléfono ni de proponer una vida digital cero, sino de advertir cuándo la atención está siendo capturada sin que lo notemos. En la vida familiar, esto se traduce en escenas repetidas: la cena donde todos miran su pantalla, el paseo por el parque donde los chicos van detrás de un filtro y los grandes detrás del mail de trabajo, la sobremesa donde la conversación se fragmenta en mil ventanas abiertas.
Para Marcela, leer estas explicaciones fue casi un alivio. Decía, mientras terminaba de secar el último plato, que siempre pensó que lo suyo era una manía o un defecto de carácter. Saber que hay un mecanismo cerebral detrás, y que no es culpa de ella sino de cómo está diseñado el vínculo con el aparato, le sirvió para empezar a mirarlo de otro modo. También le sirvió para hablarlo con sus hijos, a los que ahora les dice, con la misma sonrisa cómplice de ayer, que presten atención a las vibraciones que no existen. Que a veces la señal más importante es la de la vida que pasa mientras tanto.
